Cosas que hacemos y decimos la gente |
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Esta mañana, como cada mañana, en realidad, Ana estaba muerta de nervios. Cada vez que tiene que pasar por cualquier tipo de prueba, y por supuesto entonces cada vez que va a examinarse, los nervios se la comen. Le va bien, tiene unas notas muy aceptables, pero es que se la comen. David, sin embargo, también como cada vez que va a examinarse, se gusta. Se lo sabe todo, intenta recitarme la frase más recóndita de sus apuntes para demostrármeyselo... Son amigos desde primaria. Se sientan juntos, en primera fila. Llegan los primeros a clase, van juntos al patio, se sacan el sandwich a la vez. Esta mañana, y vuelvo así al hilo, David estaba intentando contarme la biografía de Rasputín. (Esto último no es ningún recurso estilístico; es un hecho). Ana, que se ha puesto más nerviosa si cabe ante no sé qué dato que David exponía, ha espetado en bajito "Joder, no empieces con tus...". Nada más. David la ha mirado, ha puesto cara de intensa desaprobación y ha contestado "Es que no he empezado ni a hablar y ya estás..." La situación era tan clara, la hemos vivido tantas veces, somos tan más mayores que ellos. Ana, antes de acabar de decir lo poco que ha dicho, ya estaba arrepentida. De hecho, ha mirado al suelo y no ha seguido hablando. Pero no iba a admitirlo, y, además, tampoco importaba que fuera a hacerlo, porque David tenía que contestar y ya nada tendría remedio. Pero claro, estaba yo allí mirando, y me han enternecido: "Vosotros sois amigos desde muy pequeños, ¿no? Se os nota".Ya está. Fin de la sensación de culpa. Se han sentido afortunados y han sonreído. Qué guay es saber que sólo hay que comentar lo que está pasando para que deje de pasar. Qué rollo que no nos apliquemos casi nunca. Hace ya cosa de un par de semanas, una funcionaria interina de inglés que ronda los cuarenta y aún no conoce bien a sus nuevos compañeros de trabajo -acaba de llegar al centro para llevar a cabo su última sustitución del año-, llegó al bar donde cada día el resto de los profesores tomamos el café. Muy en contra de lo esperable de un recién llegado a un grupo social -discreción, pongamos por titular- la mujer se marcó un speech, desde el mismo momento en que entró por la puerta, de nunca menos de diez minutos de duración. Las frases que lo componían eran sueltas. Lo que se conoce por "frases sueltas", quiero decir. Tenían, o así lo parecía desde la posición personal del público asistente -gente, insisto, que apenas la conocíamos- bien poco que ver entre sí. En realidad no resultaba excesivamente difícil adivinar por dónde iban los tiros -los de conectar las frases, digo, tipo "a esta tía lo que le pasa es que..."-, pero la cuestión es que, bien mirado, esos tiros no tienen el menor interés. Lo que quiero rescatar aquí son las cuatro ideas inconexas que resumen todo lo que allí se dijo y cuyo desarrollo, no mucho menos esquemático, compuso la totalidad del monólogo: 1-Me gustaría enamorarme de alguien, para poder hacer locuras, como hace la gente. 2-Quiero dejar este trabajo, pero no la lista de interinos, porque no quiero haber perdido el tiempo que ya le he dedicado. 3-He echado un CV en el Corte Inglés de Lisboa, porque de pronto se me ha iluminado la bombilla cuando he pasado por delante del de Nuevos Ministerios: si es el Corte Inglés, pues tendrán un único proceso de selección... 4-Con este señor que os contaba el otro día pues es que no sé si quiero estar, porque es que cuando estoy con él lo único que me apetece es beber whiskey, así que yo creo que me voy a ir a Estados Unidos. Hay tantas versiones de no saber de qué va la vida de uno como personas en el mundo. Éste no entenderlo en concreto, el de esta señora, no es ni mejor ni peor que el mío ni que el de nadie, claro, pero ya me gustaría a mí poder expresar el mío, algún día tonto, con ese arte. |
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