Cosas que hacemos y decimos la gente |
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Esta mañana me encontraba en la parada del 37, en la Castellana, por razones que en cualquier caso no vienen al mismo. La cuestión es que esta parada también lo es del 10, del 14, así como de otros tantos que no intervienen en la anécdota que voy a contar hoy. Pues bien: Una señora -oficinista y de avanzada edad, es todo cuanto puedo decir de ella- ha llegado corriendo. -Andrés, no te subas al 10 que viene ya el 37. De verdad que sí. Como aclaración explicaré que ambos autobuses siguen recorridos parecidos, si bien lo suficientemente dispares como para, según dónde viva uno, tener uno de los dos como objeto de clara preferencia. -Que lo he visto en Internet, que hay un sistema estupendo, que metes el número del autobús y el de la parada y te dice ya todo todo. Y me acaba de salir que el 37 llega en dos minutos, por eso corro. Literalmente. Total, que Andrés no se sube al 10. Ni yo tampoco, que a mí me viene mejor el 37 y tengo absoluta fe en Internet y el sistema de avisos del ayuntamiento. Esa es exactamente la cuestión: tanto Andrés como yo teníamos fe en el sistema. En el sistema. No contábamos con la adhesión de datos a la situación que había supuesto el hecho de que la oficinista de avanzada edad había sido quien lo había consultado. Y el hecho que prueba la existencia del filtro/oficinista en la situación es el siguiente: Pasan cuatro autobuses, y ninguno de ellos es el 37. Seguimos esperando. A los diez minutos, pasan más cosas: llega un 14. Andrés insinúa que si se suben. Nuestra protagonista duda de sí misma. Si no ha aparecido el dichoso autobús… La mujer de avanzada edad ya no creía que el autobús fuera a venir: -Se habrá escapado antes de que llegara. Se suben. La mujer se fía de la situación, de la prueba irrefutable de que estaba equivocada que le parece el hecho de que el autobús no haya venido. Pero no se da cuenta de que, de nuevo, existe un filtro que no le deja leer bien lo que pasa o expresar bien lo que cree: su necesidad de relacionarse con Andrés de un modo socialmente aceptable. No le puede exigir que siga esperando. No le conoce tanto. La prueba de que este nuevo filtro-situación de tensión social la ha confundido es, de nuevo, lo que ocurre a continuación: Llega el 37, a los veinte segundos de desaparecer ellos. Me subo. Pienso todo esto. Me ha gustado que nos equivocáramos todos, por turnos y a la vez, y que nos equivocáramos además por las razones equivocadas. Por eso lo he pensado y por eso lo cuento. Pero no va más allá. Ahora bien; sin duda, querréis conocer este dato: una vez en el 37, dos paradas más tarde, ella ha subido al autobús. Él, no. Se abren las apuestas sobre la última conversación entre ambos, a bordo del 14.
Fecha: 14/10/2008 23:55.
Fecha: 20/10/2008 16:33.
Fecha: 31/10/2008 15:02. |
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