Cosas que hacemos y decimos la gente |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Es que es siempre el mismo. Javi y Victor se han liado. Los de Fama, sí, qué le voy a hacer si en este momento mi contacto con la realidad tiene lugar en parte a través de según qué parcela de la programación de según qué cadena. Se han liado, y ese hecho, lejos de no haber originado reacción alguna en la academia, así lo ha hecho. Muchas. Pero la que más me interesa es la de Juan, porque Juan opina que es muy fuerte que se hayan liado para tener más puntos de quedarse en la escuela, caso de ser nominados, porque todo el mundo sabe que esas cosas, al público, le encantan. Y esa reacción me interesa, sobre todo, porque ha tenido, a su vez, otra: Javi y Victor opinan de Juan que quiere separarlos, porque inventarse semejante burrada, para qué va a ser, si no. Es gracioso. Tanto Juan como Victor, y por supuesto también Javi, opinan que involucrar de alguna manera una relación sentimental en una mentira para no ser expulsado de la escuela es un acto deplorable. Y por tanto ninguno de los tres cree estarlo haciendo, claro está. Ni se les pasa por la cabeza. Juan opina que es deplorable, y por tanto, no puede habérsele ocurrido a él, al menos no de la nada. No ha podido concebir algo que considera ruin él solo; bueno, igual sí hubiera podido concebirlo, pero inmediatamente después se habría dado cuenta de la ruindad de tal concepción y simplemente no hubiera dejado que saliera de su cabeza. Siguiendo ese razonamiento, Juan piensa que si ha visto indicios de tal degeneración, es que la hay. Él no ha creado la idea. Victor y Javi, por su parte, opinan que ha tenido que ser Juan el que haya creado la idea atroz de que tal mentira sea posible, porque, desde luego, no se reconocen en su historia. Tantas veces son así, las cosas, tantas veces opinamos unos y otros que lo mismo, la misma cosa, está mal hecha, y tantas de esas veces les imputamos la acción objeto de juicio a esos otros, o a esos unos. Y viceversa. Y todas esas veces nos olvidamos, todos los involucrados, de a quién se le ocurrió la posibilidad misma de la existencia de esa maldad. Y no es que yo diga que tendríamos entonces que buscar al verdadero inventor de la idea, porque casi nunca existe del todo, al menos no como lo imaginamos. Pero sí habríamos de dedicar más tiempo a investigar si realmente alguien ha llegado a actuar mal, y cómo, en caso de que la respuesta sea negativa, se ha llegado a pensar todo lo que se ha llegado a pensar. Porque, fijémonos, existe un momento en que Victor y Javi ya ni siquiera van a por Juan por haber tenido semejante idea; van a por él porque quiere separarlos, según su propia indignación. Nadie repara ni por un segundo en que nadie ha mentido a propósito. Pero lo más raro de todo no es el hecho de que muchas veces olvidemos demasiado pronto cómo nacen determinadas acusaciones mutuas: lo más raro es que, la mayoría de estas veces, la razón por la cual resulta tan fácil olvidarse de ellas es que nuestras acusaciones no vienen causadas directamente por la acusación previa y en sentido opuesto. Me explico: si lo que molestara a Juan, de alguna manera, fuera realmente que Victor y Javi se enrollaran, y quisiera influir en cambiar esa realidad, les acusaría premeditadamente, y entonces recordaría haberse inventado él la acusación. Si Victor y Javi, al escucharla, tuvieran el objetivo de rebatirla, de convencer al resto de que es falsa, recordarían claramente que es Juan el que se la ha inventado -o, en el caso de sentirse ofendidos por opinar que es verdadera, recordarían perfectamente ser ellos los culpables de que exista tal acusación-. Pero como ni Juan reacciona únicamente a los besos, ni Victor y Javi a la acusación de Juan, nadie se puede acordar del origen de la última, o primera, según se mire. El uno simplemente se siente amenazado como concursante de Fama. Los otros, como amantes. Resumo ya. Al final resulta que los hechos han tenido lugar en el orden siguiente, aparentemente causados por el inmediatamente anterior: J. y V: se enrollan >J. Les acusa de fingir para no ser expulsados >J. y V. acusan a J. de querer separarlos. Sin embargo, las causas últimas de cada hecho son: Javi y Victor se enrollan porque se atraen. Juan opina que lo hacen para no irse porque no piensa en otra cosa. Javi y Victor opinan que les quieren separar porque así crean una brecha entre ellos y el mundo que haga de su recién estrenada intimidad una que merezca la pena defender. Esto es, el hecho inmediatamente anterior a cada uno es un gatillo, eso sí, pero no la verdadera causa de cada reacción. Las verdaderas causas están tan alejadas, tienen tan poco que ver con la persona que tienen enfrente, que no es que ninguno de ellos esté pensando en entenderse, sino que no lo están haciendo ni siquiera en pelearse. Así cómo queremos claridad. Así no se puede. Estoy sentada en el segundo banco del ex-andén con dirección a Congosto de la estación de Pacífico en la linea uno. Un grupo de chicas de entre quince y dieciocho años -y no quiero decir que entre ellas hubiera quinceañeras y diecisieteañeras, valga de ejemplo, sino que, teniendo todas exactamene la misma edad, ésta no me resultó obvia a primera vista- se dedica, por intervalos cortos, bien a gritar con fuerza sin decir nada en concreto, bien a poner a parir a la componente que les falta para ser, por fin, el grupo completo que pasará el día en el parque de atracciones, tal y como está planeado. A parir porque llega tarde: Siempre hace lo mismo, es que le da todo igual, pero entonces, ¿en qué línea viene ella...? Yo, como ellas, miro a la derecha casi todo el tiempo que tarda en venir mi tren. Quiero ver si llega, cómo es, cómo reaccionarán las demás cuando por fin aparezca... Sin embargo, fracaso en detectarla por mi cuenta. Mi plan de mirar a la derecha no era malo, pero me falta atención. Ellas estaban mucho más atentas y me avisan con gritos-saludo, gritos-"qué guapa" y uno solo al respecto de la hora , muy concreto: "¡pero qué record, más poco tarde que nunca!" La que faltaba, la que ya llega, avanza desde muy lejos hacia nosotras con cara de indiferencia, aún no nos ha visto -sí, yo también pensé lo mismo, ¿es que sólo ellos son inmunes a su propio volumen? Qué guay-. Bueno, el caso. Pasa junto a un chico. El chico la saluda con la cabeza, aunque poco. Se conocen, pero tipo hijo de amigo de los padres de uno. Por cómo la saluda con la cabeza, digo. Ella mueve igual de poco la suya como respuesta, pero no hace ningún ademán de irse a parar para saludarle. Entonces, nos ve. A sus amigas, digo, aunque verme, a mí también me ve. Sabe que llega tarde. Sabe que todas la miran, que le están hablando a ella y que las dos que no le hablan a ella, hablan de ella. Como todavía no ha sobrepasado suficientemente la altura del andén en la que se encuentra el único chico de esta historia -al menos no como para que resulte demasiado raro para él, aunque sí un poco- de pronto se da la vuelta y decide saludarle con grandes aspavientos. Sus amigas la miran, y eso hace que su interés por el hijo del amigo de sus padres se haya incrementado enormemente en un santiamén.Se alegra tanto de verle,le interesa tanto qué hace con su vida, porque el caso es que mi madre,sí, me cuenta, pero no demasiado... Tienen un tipo de conversación que no merece la pena transcribir,pero que yo escucho atentamente, por si acaso.Después, ya puede reunirse con sus amigas. Yo tengo envidia de cuando nos importaba más lo que pensaran nuestras amigas que los hijos de los amigos de nuestros padres. Léase gente que nos quiere/gente que nos mira. Eran las cinco de la tarde, y era una tienda de artículos de broma. Bueno, antes fue la puerta, luego la tienda. Y no hago esta puntualización por puro capricho, sino porque la sucesión de impresiones que es relevante relatar para poner al lector en situación tuvo lugar en un orden que está marcado por la de estos dos escenarios. Desde la puerta, y a través del cristal, la tienda se antojaba la fiesta misma que se supone se puede organizar una vez uno compra los productos que ofrece: se antojaba colores, caramelos, piñatas. Una vez dentro, sin embargo, la celebración más bien infantil se convertía en una bastante más decadente: el fluorescente no acababa de encender bien, las cajeras no parecían disfrutar especialmente de su situación laboral, las estanterías hacía cierto tiempo que no se limpiaban como es debido. A punto estaba de dar marcha atrás y volver allí donde la perspectiva era tan más acogedora, cuando llegaron a mí los primeros gritos de una pandilla de críos que corría por el interior del local. Los primeros que yo estaba en posición de escuchar, claro está; dudo mucho que se tratara de los primeros que les daba por proferir. Eran gritos de auténtico júbilo. Emitidos a un volumen de hooligan, eso sí: debía quedar patente lo asocial de su alegría. Sin embargo, era evidentemente alegría. Alegría porque habían dado, en la zona en la que vendían artículos de broma, con el apartado titulado “bombas fétidas”. Os haréis cargo: a ver a qué huele eso, ojalá apeste, pero qué guarro eres, pero qué guay todo...frases, estas u otras de similar naturaleza, siempre acompañadas de carreras exageradamente rápidas por entre los pasillos de aquel almacén, carreras a su vez necesarias para huir de los olores que ellos y/o los artefactos, no sé quién era más responsable, iban provocando una y otra vez. Los iban provocando,los iban disfrutando y los iban rehuyendo, y es que toda la diversión que disfrutaban se basaba enteramente en contradecirse a sí mismos: Cada uno de ellos -de los chavales, doceañeros y varones todos ellos- quería, cada vez que seleccionaba un artículo, que oliera mal, porque entonces seríatodotangracioso. Deseaba fervientemente que apestara, pero mientras lo deseaba corría despavorido para no sufrirlo en sus carnes. Quería que las cosas olieran mal, pero no olerlas. Cada uno deseaba, además del simple hecho de que el objeto seleccionado oliera o no, poder percibir su efecto el tiempo suficiente -décimas de segundo bastaban- como para distinguir exactamente cuán asqueroso era en realidad, y disfrutar así la verdadera dimensión de la diversión. A la vez no querían olerlo tanto, claro está, como para que lo asqueroso finalmente produjera la sensación que da sentido a su existencia y de la derivación de cuyo nombre resulta merecedor: el asco. Esto es, querían ser conscientes de cada olor el tiempo suficiente, pero nunca demasiado. Cada uno quería ser, por si fuera poco, el primero en percibir el mal olor de aquello que tocara oler, para convertirse en portador de la buena nueva -¡Este sí que da ganas de vomitar!- y poder representar, por derecho natural y unos segundos, el papel de héroe. Por ello mismo, si era otro el que lo conseguía -lo de detectar una nueva fuente de repugnancia-, su actitud consistiría en negar, durante un rato, que el olor descubierto fuera comparable -en asco- al inmediatamente anterior. ¿Este nuevo? Bah, mucho más rollo. Ahora bien: lo negaría sólo unos segundos, porque algunas de estas fracciones de minuto después, si lo continuaba negando, se convertiría irremediablemente en el pringado que se había quedado para oler lo que finalmente resultaba ser apestoso. Así, este último subcomportamiento -de los tres que componían en aquel momento y lugar el comportamiento global “probar bombas fétidas”- se basaba en tener una actitud y la contraria de manera consecutiva, y sucederlas, además, a una velocidad pasmosa: no querían ser los últimos en certificar el mal olor, pero tampoco celebrar la victoria del primero demasiado pronto. Los tres subcomportamientos se fundamentaban, entonces, en el placer encontrado en experimentar voluntades contradictorias. Me gustan tanto las sensaciones que disfrutamos gracias a las voluntades contradictorias de todos los días: tener agujetas y no dejártelas de provocar, que te guste siempre aquel/la que no se fija en ti, beber zumo de tomate, en fin: el morbo, en todos y cada uno de sus infinitos grados de concreción en nosotros. Que todo lo que nos produzca impresión de verdad nos la produzca, irremediablemente, en las dos direcciones. Que no podamos dejar de sentir fascinación por todo lo que nos repugna más visceralmente. Y hala, ya acabo, que me estoy poniendo pesada y ya sabemos todos de lo que estoy hablando sin que haga falta más explicación: ¿veis? si es que hasta dejar de hablar de ello nos cuesta. Cuando nos sonrió, decidimos devolverle la sonrisa. Éramos cómplices. Nos entendíamos, al menos, a mí no me cabía la menor duda. En realidad no me cabía desde justo antes de que sonriera, porque a mi entender tales imágenes sólo podían despertar un tipo muy concreto de reacción, de manera que sólo podía ocurrir que ésta fuera compartida por todos los espectadores. Pero es que, además, ella había tomado la determinación de confirmar mis sospechas al respecto de que la compartíamos, la reacción. Nos había sonreído, y ya estaba todo claro. Las imágenes mostraban extirpaciones quirúrgicas de pechos a pacientes con cáncer. Todo muy de cerca y con mucha sangre. La emisión tenía lugar en las pantallas de televisión que se encuentran repartidas a lo largo del andén del metro. Ella era la única otra espectadora del minirreportaje. Se sentaba en el mismo banco que nosotros, aunque algo más cerca de la pantalla que mirábamos los tres. Nosotros éramos dos. Mi reacción fue la de tratar de hacer explícito, por medio sobre todo de en principio exageradas caras de sorpresa, mi estado de incredulidad .Incredulidad porque uno va en metro y va pensando en sus cosas y no espera encontrarse una realidad tan dura tan de repente, por un lado, con lo que no consigue reaccionar con el nivel de congoja que tal realidad requeriría, pero es que por el otro tampoco puede esperar encontrarse una tan de vísceras y sangre, y siente rechazo, y no se acaba de creer que a alguien le haya parecido que sin duda ésa era la emisión apropiada para ese momento y lugar. Incredulidad. Caras de sorpresa. Y ella nos sonrió, y éramos cómplices y nos entendíamos y yo tenía razón sobre que la mía era la única reacción posible. Y es que una sonrisa en aquella circunstancias significa eso, complicidad. ¿Qué si no? Podía habernos transmitido su asco, su preocupación, su indiferencia, su sorpresa. Pero se limitó a sonreírnos, a subrayar el acuerdo, y no la sensación concreta que ella pensaba objeto del acuerdo. Una sonrisa se la juega al error, desea que exista la idea de que se comparten sentimientos incluso arriesgándose a que no sea cierto. -”No hace gracia,en realidad no sé si os habéis fijado pero se trata de un tema bastante dramático”. Así, tan de pronto. Habló, y dijo que no hacía gracia y que en realidad no sabia si nos habíamos fijado pero que se trataba de un tema bastante dramático. Si para ella nuestra sonrisa, la última, la que le devolvíamos, reflejaba la inexistente gracia del vídeo; si la suya, ahora lo sabíamos, nunca pretendió expresar entendimiento ni acuerdo; si tenía su origen causal en cualquier otra característica de la situación que, además, se nos escapaba... entonces yo no había entendido ni entendía nada de lo que había estado pasando allí. Fue justo en el momento en que ella hizo explícito que no nos entendía en el que nosotros nos dimos cuenta de que nunca la habíamos comprendido a ella. Pues eso. Que la incomprensión nunca se da únicamente en una dirección. Al menos no del todo. Se habían encontrado por casualidad. Hacía mucho que no se veían, y hay que ver cómo son estas cosas: en el mismo vagón de metro en el que él viajaba tranquilamente -y justo a mi lado- rumbo a su casa un martes hacia la hora de comer, en ése entraba ella ese mismo martes y exactamente a la hora en que él viajaba, aunque ninguno supiéramos exactamente cual era esa hora. Él volvía de un curso, ella de una entrevista de trabajo, no pasaban de los veinte y su relación era del tipo que quiera que sean las que existen entre la exnovia de un amigo y el amigo de un exnovio. Que no pasaban de los veinte, eso lo digo yo. El resto lo decían ellos, y lo decían prácticamente a gritos. No tenían demasiada confianza -esto también lo digo yo-, factor que hacía aún más explícita la tensión que dominaba la conversación en la que ella le explicaba a él que no, que su amigo y ella ya no salían juntos, y que las razones eran muchas. Justo después, los ejemplos ilustrativos de esas razones. Que estaban siempre discutiendo, que a él le gustaba más el fútbol que su propia novia, que no había manera de ponerse de acuerdo para hacer nada. La tensión crecía. Yo no podía atender a nada más que a los que la originaban y vivían en primera persona. O eso pensaba yo. De pronto, en un momento de especial espectacularidad de la conversación, en un -Si además, le gusta a mi mejor amiga, mira, así mejor para todos sentí la necesidad de levantar la vista de quienes hablaban y fijarla en quienes por fuerza tenían que estar escuchando: el resto de mis compañeros de vagón. Busqué durante unos segundos una cara que me dijera algo, y de pronto allí estaba ella, donde siempre había estado: justo enfrente de mí, una chica de unos treinta miraba a los chicos en cuestión muy fijamente y con la boca abierta. Estaba tan absorta que, desde ese mismo momento, yo no pude dejar de mirarla a ella. Se fijaba en cada detalle, les buscaba cada prenda, cada gesto, con la mirada. Intentaba retomar su lectura, pero no había manera de que se concentrara. En unos segundos, volvía a dedicarles toda su atención. Era incapaz de cerrar la boca. Nunca se reía, ni parecía escandalizarse. Únicamente podía no dar crédito a lo que oía. Y allí nos encontrábamos todos: ella sólo miraba a los chicos, yo sólo la miraba a ella. Aunque sí mucho, el hecho de que a mí no me llamara tanto la atención todo lo que estaba diciéndose a mi lado la convertía a ella en mucho más interesante para mí: por la pasión que ponía en escucharles, por no poder llegar a comprenderla del todo. En ese momento, decidí sacar la libreta, para tomar alguna nota y poder acordarme más tarde de todo aquello. Mientras la sacaba, me di cuenta de que seguramente a alguien de entre todas las personas que estábamos en el vagón le parecería raro que una chica de pronto sacara lo que parecía una libreta y se pusiera a tomar lo que parecían algunas notas. Y me pregunté si esa persona pensaría que podría tener algo que ver con la divertida conversación de mi lado. O más bonito aún: si se habría dado cuenta de que también estaba relacionado, en última instancia, con la chica de enfrente, ralación no del todo imposible de percibir dado que seguramente mi manera de mirarla incluía, como a su vez lo incluía la suya, tener la boca bien abierta durante un considerable espacio de tiempo. Y pensé que, si esa persona existía, ya éramos cuatro, interesándonos las unas a las otras en espiral. Y que cuántas habrá cada mañana en una ciudad como Barcelona. Sin que falte un eslabón, digo. Algo no era normal. Ni siquiera sé decir si, en aquel primer momento, lo que parecía no cuadrar con el resto de características de la situación parecía no hacerlo para bien o para mal. Algo pasaba, simplemente. Y no cualquier algo, que al fin y al cabo siempre está pasando, sino un algo que no formaba parte del tipo de eventos que suelen tener lugar en el Burger King -en un Burger King- a las diez de la noche, pongamos que eran, de un sábado de junio. Se oía, se veía, se rozaba incluso a muchos de aquellos que sí actuaban de manera coherente con el momento y lugar en que nos encontrábamos: a nuestro alrededor se pedían hamburguesas, se dudaba sobre el menú a solicitar, se daban besos de tornillo a novios y amantes, se trataba insistentemente de entablar conversación con los camareros en idiomas totalmente incomprensibles para éstos, se cantaban canciones sobre equipos de fútbol y otras cosas de semejante interés cultural, se era inglés. Sin embargo, por encima de todos estos estímulos sensoriales -o por debajo, eso era lo complicado de percibir- tenía lugar otro, de no se sabe qué naturaleza o intensidad. Que algo no era normal, vaya. Si ya lo he dicho. Sin embargo, el misterio no duraría mucho. Aquella amalgama de sensaciones formada por muchas identificables y ¿alguna? desconcertante se fue trasformando, según aumentaba el volumen de ésta última -cosa que ocurría a la vez que se revelaba como fundamentalmente auditiva, claro está-, en dos conjuntos perfectamente diferenciados y, por tanto, mucho más fácilmente descifrables: por un lado, todo ocurría como siempre lo hace. Por el otro ese día, además, una señora gritaba mucho. Gritaba mucho y cada vez eso, pues que lo hacía con más ganas. Cada vez lo hacía con más ganas, cada vez se la oía mejor, cada vez despertaba más inevitablemente la natural curiosidad de todos los que allí estábamos, cada vez éramos más los que no nos conformábamos con oírla y la buscábamos con la mirada. Cada vez era menos una situación conocida a la que se sumaban unos cuantos gritos inesperados, cada vez era más una guiri entrada en años y con poca ropa que gritaba agresiva y sollozaba indefensa sucesiva pero ininterrumpidamente, y con mucha pasión. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, supimos que la habían robado. Supimos que se había dirigido al encargado del restaurante y que éste, en opinión de nuestra inglesa, no se había mostrado en absoluto afligido al conocer la situación. Supimos que ella le contaba todo esto a uno de los trabajadores del restaurante, ya en la puerta y frente a la policía, que llegaba a ayudarla, y que a su interlocutor le parecía que si ya llegaba la autoridad en la materia, que qué podía hacer él. Supimos que a ella no le importaba demasiado si se podía hacer algo, si total, el bolso casi nunca se recupera, una vez robado. Esto último ya lo sabíamos antes de que pasara todo esto. Que los bolsos casi nunca se recuperan, digo. Pero sí supimos todavía algo más: que a ella lo que le había herido era la falta de interés que el encargado había mostrado hacia su desgraciada situación. Su falta de interés y de lástima, que la ocasión bien lo merecía. Y es que, en la vida, estamos dispuestos a pasar por situaciones más o menos duras. Lo estamos porque “la vida es así”, porque sabemos cómo funciona la suerte, porque sabemos que muchas veces no estará de nuestro lado. Nos hacemos a la idea de cómo es la situación: esta vez me aguanto, que ya vendrán tiempos mejores. Ahora bien: si precisamente aguantamos porque sentimos que comprendemos lo que pasa -a nivel abstracto, digo, a nivel reparto de suerte-, lo aguantamos en consecuencia también sólo SI ocurre como comprendemos que ha de ocurrir: y es que nos han enseñado que nosotros sufrimos,que los demás se compadecen, que esa compasión se traduce en una cierta cantidad de mérito que nos conceden por aguantar con una cierta dignidad, que ese reconocimiento ajeno hace que aquello a aguantar se haga un poco más llevadero. Como una especie de ingreso menor que tiene lugar precisamente cuando nos sobreviene un enorme gasto imprevisible. Y claro, si de pronto falla ese reconocimiento, la pérdida es más grande. Es más grande porque no tenemos el pequeño ingreso, claro está, pero sobre todo porque no entendemos la situación. No es la que esperábamos, la que estábamos dispuestos a aguantar. Y es que Igual la nueva no nos compensa. Eran tres chicas, o quizá cuatro. Es posible, incluso, que fueran cinco. El número de ellas que realmente había es uno de esos datos que, debido a la peculiar naturaleza de mi relación con el grupo de personas del que quiero hablaros, sería incapaz de comprometerme a asegurar, aunque haya resultado parecerme lo suficientemente significativo en la descripción de los hechos como para decidir comenzar el párrafo con él. No es tan extraño, en realidad. Aunque no sepáis cuántas eran es relevante que os imaginéis, a partir de ahora, un grupo de chicas de unas características concretas en cuanto a dimensión -el grupo, digo-. No una chica ni dos, sino “un grupo”, que ya lo dice el término. Tampoco diez ni veinte, sino “un grupo” que, además de serlo, lo sea de un tamaño que posibilite una amistad de carácter multilateral y entre todos sus miembros. ¿Se entiende el concepto, no? Pues eso. Pero os daré más datos, para que concretéis un poco más la imagen de nuestras chicas. Datos que, a pesar de mi peculiar relación con ellas, sí sería capaz de comprometerme a asegurar: Que rondaban la treintena; Que se conocían desde hacía tiempo -y es que los roles, dentro del grupo, estaban suficientemente desarrollados-; Que habían decidido hacer juntas un viaje de cuatro días a Palermo, en Sicilia, con un saco de dormir y una mochila pequeña cada una, a modo de equipaje; Que el mencionado viaje tenía el objeto de visitar a dos miembros más del grupo, que pasaban en Palermo una temporada, como mínimo, superior a los cuatro días que el resto permaneció allí, y en el suelo de cuya casa serían utilizados los sacos que las visitantes habían trasladado desde Barcelona. Y ya. Creo. Decía que conozco todos estos datos a pesar de nuestra relación, pero también gracias a ella. A pesar de, porque nunca nos dirigimos la palabra. Es más: porque nunca emitimos, ni ellas ni nosotros -yo también viajaba acompañada, y al mismo destino, claro- la más mínima muestra comportamental -un saludo, una sonrisa, un cambio de la expresión del rostro- de habernos percatado de la presencia de “los otros”. Gracias a, porque esta actitud de demostración de ignorancia mutua fue insistentemente asumida a lo largo de todo el viaje, y digo insistentemente porque las oportunidades de deponerla -en las que todos los protagonistas de la historia coincidíamos en espacio y tiempo- fueron más numerosas de las que pareciera normal en un viaje de estas características. Las enumero: El tren de ida al aeropuerto de Barcelona. Trayecto: Passeig de Gràcia/Aeroport. 20 minutos. El avión de ida. Trayecto: Barcelona/Palermo. 1 hora y media largas. El tren que lleva al centro de Palermo desde el aeropuerto. Trayecto obvio. 55 minutos. Una multitud frente al Teatro Massimo de la ciudad. Pasaba el Giro de Italia. 5 minutos. El restaurante donde comimos el segundo día. Ellas llegan más tarde, y pasan dentro. Nosotros habíamos preferido la terraza. 20 segundos. Un concierto, nocturno y gratuito, en una plaza de cuyo nombre me sería imposible acordarme. 10 minutos. La cola de facturación para coger el avión de vuelta. 15 minutos. El avión, claro. Ya sabéis cuánto tiempo. Esas fueron las oportunidades. Fueron varias y diversas. Y en ninguna nadie movió una ceja. Durante el citado vuelo de vuelta, y a tiempo por tanto de cambiar la historia y no poder explicarla, con toda probabilidad, en los términos en que lo estoy haciendo, me dio por pensar en las razones de tan testaruda actitud por parte de unos y de otros. Y, más que sus razones, en realidad me llamaba la atención la coincidencia de pareceres, en el momento de decidir asumir tales actitudes. Y es que a todos nos había parecido, y nos seguía pareciendo mientras sobrevolábamos vete a saber qué, la manera más cómoda de llevar la situación. Sin embargo, según seguía pensando sobre ello, más que la coincidencia de pareceres me empezó a llamar la atención, sobre todo -aunque sólo cuando caí en la cuenta de que era así-, la existencia de una situación diametralmente opuesta pero igual de familiar para todos nosotros: Te presentan a alguien, le ves durante apenas minuto y poco, te lo encuentras en el metro, te sientes violento si no hablas con él. Y ya no digamos si te da por no fingir que no le conoces. Cuánto tiempo veamos a una persona no es el criterio que hace que nos sea menos pesado hablar con pseudodesconocidos que fingir ignorarlos. El rito iniciático de la presentación parece que sí lo sea. ¿Las causas? Pues a ver: Está lo de que con el presentado tienes, al menos, un tema en común del que poder hablar -esa persona que tuvo la gran idea de llevar a cabo la susodicha presentación-. Pero no, no es eso. El tema en común hace la conversación menos incómoda, pero no la genera, porque nadie siente inquietud verdadera por explotar el tema en cuestión. De hecho encuentro que, si la razón para sentirnos forzados a hablar con alguien fuera verdaderamente lo que tenemos en común, qué mayor coincidencia de intereses conversacionales se puede tener con alguien que con aquel con quien compartes experiencias paralelas de un mismo viaje, digo yo. Está lo de que el del metro sabe cosas sobre nosotros -quiénes son nuestros amigos, por lo menos-. Pero no. Las treintañeras saben mucho más de mí que muchas personas que me han sido presentadas a lo largo de mi vida. Y lo digo en serio. Está lo que yo creo. Yo creo que la violencia real de no cambiar el gesto ante la presencia del del minuto y poco radica en que existe la posibilidad de que esa decisión que hemos tomado, esa escena que hemos decidido representar, vuelva a nosotros. Que alguien nos cuente, en algún momento del futuro, cómo decidimos no inmutarnos, y que qué gracia, no, ya de paso. Y claro, a nosotros mismos sí que nos conocemos bastante. Y vernos haciendo el paripé sí nos molesta. No es ver haciendo lo propio ni a las treintañeras ni al presentado de minuto y medio en el metro. Es a nosotros. A mí me parecía que estaban de acuerdo en todo, aunque no porque en algún momento tuvieran la misma opinión sobre alguno de los temas que tocaban. En ninguno la tuvieron, como ahora os contaré. Me lo parecía, sin embargo, por su interés en temas relativos -todos ellos- al dolor o la muerte. Por la pasión con que los sacaban, la profundidad con que los trataban, el esfuerzo con que fingían no hacer ni una cosa ni la otra. Ya, eran ancianas, estaban en un centro de salud, de qué otra cosa podían haber estado hablando, supongo. Es que nunca he creído demasiado en los estereotipos, y cuando se me aparecen, pues eso, que me cogen con el pie cambiado. El caso es que a ellas les parecía que el desacuerdo era total. Al fin y al cabo, mientras la del moño cuidadosamente sujeto pensaba que al dolor se acaba acostumbrando uno, la que no se había acicalado demasiado aquella mañana opinaba que, a eso, no se acostumbra uno nunca. Si la una hubiera estado dispuesta, de ser posible hacerlo, a sufrir cualquier enfermedad si así conseguía liberar de ella a sus hijos, la otra sin embargo no lo tenía tan claro. Y al respecto de si hay que intentar dormir cuando el dolor no nos deja, la opinión de cada una incluía un no dar crédito a la de la otra, dada la disparidad existente entre ambas. Total; que igual tenían razón. En realidad no parecía que fueran a ponerse de acuerdo sobre ningún aspecto concreto, a pesar de parecerse tanto. Y, de pronto, lo que no parecía ocurrió. Las dos pensaban que al destino uno no puede escapar. Que lo que está escrito que nos pasará nos pasará, y que qué importancia puede tener, dado que es ése el caso, marear la perdiz con elucubraciones. Según se hace evidente su acuerdo, se quedan mirando fijamente. Sonríen tímidamente, y yo, desde mi banco adjunto al suyo, supongo que han recordado lo pequeñas que son. Entonces una decide romper la intimidad del momento explicitando lo que se convertirá en el segundo gran acuerdo entre ellas: -Claro. Como del destino no se puede escapar, cómo vamos a opinar lo contrario. La otra señora, la que fuera que no enunció la frase, asintió con la cabeza. Eso también era obvio. Era obvio que, si el destino está escrito, no se puede opinar con verdadera libertad sobre ello, o al menos no se puede opinar lo contrario. Y no les parecía una consecuencia obvia en el sentido de que sus opiniones, una vez habían sido aquélla -y por tanto cualesquiera que hubieran sido- también estuvieran escritas de antemano, no. No es eso lo que se decían allí calladas. Ellas creían que no podían haber sido otras. Lo inevitable, pensaban -o al menos pensaron-, no se puede tampoco evitar opinarlo. Esto es:que las verdades a priori, las verdades sobre el sentido de la vida humana*, no se pueden negar. Es como si, de alguna manera, fuéramos clarividentes ante las verdades de tan alto rango normativo: es verdad en el mundo, es verdad, de antemano, en nuestra cabeza, que forma parte del mundo. Ojalá funcionara así todo. Digo yo. * que no digo que las haya, pero sí que lo sería el enunciado sobre el destino en cuestión, de ser cierto. La miro fijamente. Ella se da cuenta, y se pone nerviosa. Tendrá unos treinta y tantos, bastante fondo de armario y una hija insoportable que no para de subirse a una barra de las que se encuentran en los vagones de metro, ya sabéis, una de esas que sirve para agarrarse subiendo el brazo pero que luego descienden brusca e inesperadamente para acabar sirviendo para agarrarse bajándolo, o bueno, igual no sabéis de qué estoy hablando porque barras en el metro hay muchas, pero en cualquier caso es igual, porque no es vuestro reconocimiento mental lo que nos interesa de aquella barra en concreto, sino más bien el hecho de que, fuera cual fuere, las instrucciones que se le habían dado al respecto a la niña que a ella se encaramaba insistentemente era QUE NO LO HICIERA, y que por favor. Pero lo hacía, y su madre cada vez le rogaba que no con menos convicción en la voz, y la niña lo sabía e ignoraba sus súplicas con total impunidad, y entonces empieza el párrafo anterior y yo la miro fijamente, a la que ya sabemos que es la madre y de quién, y ella se pone nerviosa. La miro fijamente porque sí, quiero que se ponga nerviosa, pero sobre todo porque quiero que se ponga firme. Ella sube algo el tono; riñe con algo más de firmeza; me mira de reojo. Ya lo sabemos, claro, que muchas veces nos aceptamos cosas que en realidad nos parecen inaceptables, y es porque si nadie nos ve es como si no ocurrieran. Pero eso no es todo, creo yo. Hay en esta historia otro señor, que un día en cualquier caso diferente del primero se encontraba en el mismo autobús que yo, y que parecía que dejaría escapar la oportunidad de recoger un papelito que se le había caído al suelo, y que parecía, además, que lo haría sobre todo debido a la seguridad que había conseguido adquirir de que nadie le había visto: se le había caído el papel, había mirado a su alrededor, había creído apreciar que nadie la miraba, había dejado el objeto de la duda en el suelo. Sin embargo, sólo parecía que todo iba a acabar así. De pronto, como se ha dado cuenta de que ha mirado a su alrededor, resulta que se da cuenta de la razón por la que ha decidido no moverse, y muy rápidamente decide decidir lo contrario, y se agacha a recoger lo que se le ha caído. Lo que creo yo que sí es todo es que nos aceptamos cosas que en realidad nos parecen inaceptables no sólo porque sin testigos es como si no hubieran ocurrido nunca, sino también porque creemos que esa no es la razón. Por la que nos las aceptamos, digo. Sin más preámbulos, paso a transcribir la conversación que tuve ocasión de escuchar un día cualquiera en una estación de tren concreta -el día también sería uno concreto, lo sé. La oposición “cualquiera”/”concreta” es, claro está, simplemente una metáfora poco apañada de “que no recuerdo en absoluto”/”de esto sí me acuerdo, fijaos,aunque claro, es más fácil, hay más días que estaciones de tren”-. Vaya, y yo que hoy aspiraba a saltarme lo de los preámbulos. Pues no ha sido posible. Ahí va, la conversación, ahora sí que sí: Estación de tren de Passeig de Gràcia. En el andén dos, por el que pasan los trenes con dirección Sant Celoni / Aeropuerto, se encuentra un establecimiento pequeño y bastante caro de venta de sandwiches y zumos naturales. Dentro, dos chicas con delantal verde (1 y 2), empleadas del local , hablan animadamente: 1- (...) absolutamente deslumbrada. Es que es un doctor con unos títulos buenísimos, unos títulos que no todos los médicos tienen, no te vayas a pensar. Además, es que ingresa como 5000 euros al mes, y eso sin contar lo que no declara, que dice que no tiene claro cuánto más debe ser. 2- Hija, pues sí, sí que es un buen partido, parece que está forrado. 1- Ya ves. Y es que encima es buena persona, eh. Yo no he visto una persona igual. Me ha dicho que si queremos hacernos alguna cosa, que él mirará en la medida de lo posible cómo cuadrarnos en un mes que no tenga mucho trabajo y que nos lo hace. Y un poco más barato, eh, como a los clientes importantes. 2- Pues a ver si aprovechamos... 1- Si es que hasta él lo dice, que es muy buena persona, que dentro de los médicos de su status no hay personas tan buenas como él, que se sorprende cuando analiza las cosas que hace porque se da cuenta de que son cosas auténticamente de buena persona... Sí, ya. Menudo partido. Pero intentemos obviar por un momento que no declara lo que gana, que probablemente sea cirujano plástico y que se ofrece a cobrarles a sus amigos por sus servicios lo mismo que a sus clientes importantes. Quedémonos con la última declaración de 1: Si es que hasta él lo dice, que es muy buena persona (...) Quedémonos con esta declaración, porque lo que me apetece preguntarme hoy es por qué ciertas impresiones, más concretamente las que corresponden a impresiones positivas sobre uno mismo, no proporcionan la misma información sobre el sujeto -”uno mismo”- que cualquier otro tipo de sensación. Me explico: Si una persona afirma “tener una impresión” sobre algo, es cierto que tal afirmación no aporta nada sobre la veracidad de su contenido, pero en principio lo normal es que, de ser la única información que tenemos sobre algo, se convierta en un argumento a favor de tal veracidad: Si yo declaro creer que Juan es guapo, y nadie más le ha visto, en general se entenderá que hay más posibilidades de que lo sea que de que no, ya que es la única información que tenemos al respecto. Entonces, ¿por qué con las afirmaciones sobre las virtudes del que habla no funciona igual? Si una persona afirma “ser buena persona”, tendemos a pensar inmediatamente que no debe serlo. Curioso. Una cosa está clara: pensar que uno tiene una cualidad que no todo el mundo posee,y en un grado suficiente como para ser calificado como tal, es un defecto. Es un defecto cuando menos relacionado con la soberbia, eso seguro, dada la improbabilidad de la constancia de una cualidad en todos nuestros comportamientos -y es que cuando decía “y en un grado suficiente...” no me refería a “suficiente” en el sentido de que siempre se pueda ser mejor en algo, que también, sino en el de que calificar con un adjetivo virtuoso no una acción propia, esporádica, sino a uno mismo en general, implica que uno cree serlo todo lo que lo puede ser, que uno es lo que significa la palabra que nombra esa cualidad de manera permanente-. Entonces vale, es un defecto, y por tanto te restará puntos en general. Pero la cuestión es que este defecto no tendría que interferir con el adjetivo concreto que te hayas adjudicado. Es decir, si afirmas ser buena persona, por un lado proporcionas información sobre el tipo de persona que eres -buena/mala- y por otro sobre tu soberbia, de manera que el juicio apropiado posterior a tal afirmación parece que fuera “Pues debe ser buena persona, si él lo dice. Ahora, qué prepotente, no, irlo diciendo por ahí”. Y sin embargo, no es eso lo que pensamos. Pensamos, muy al contrario, que “seguro que no es buena persona”. ¿Es porque es incompatible ser soberbio y buena persona? ¿ Es porque es de hecho incompatible ser soberbio y casi todas las demás cualidades que consideramos virtudes? Claro que no, pero la verdad es que lo parece, y si no que alguien me lo explique. Hace un par de días, mientras paseaba con Manolo por Ciudadela, encontrándonos en un callejón que parecía peatonal por un lado y silencioso por el mismo, apareció, en un momento dado, un coche detrás de nosotros. Paró en lo que parecía la puerta de atrás de algún negocio, y en lo que indudablemente era, a la vez, el espacio en el mundo inmediatamente contiguo al ocupado por nosotros dos. Que se puede decir que nos llegó a rozar, vaya. Entonces tocó el claxon. Lo tocó durante un tiempo desde cualquier punto de vista excesivo y a un volumen que desde el nuestro lo resultaba también, dada la distancia a la que nos encontrábamos. No pasó nada más. Nadie que pueda ser considerado gente dijo ni hizo nada más en esta historia que quería yo hoy contar aquí. Precisamente por eso, porque lo único que sabemos de aquel desconsiderado caballero es que no tuvo demasiado tacto en su manera de hacer sonar su bocina –y porque nos sobresaltó lo suficiente como para que el incidente adquiriera el rango de anécdota, y su protagonista, así, de personaje del viaje-, el señor del claxon fue a partir de entonces y para nosotros sólo eso, el señor del claxon. Y ahora lo es para vosotros también. Yo siempre he pensado que, de las maneras en que quedamos inmortalizados en el mundo –en los demás, por definición-, la que está constituida por millones de recuerdos de personas por nosotros desconocidas, cada uno de los recuerdos comprendido a su vez por un único aspecto, momento o actividad de nuestras vidas, es de las maneras más bonitas que hay. Ser la chica de ayer del autobús, la que entrenaba en el IBM, la que compraba naranjas de las baratas, a la que asusté con el claxon. De las más bonitas y con un grado de correspondencia con la realidad –la de cómo es nuestra vida- que creo puede llegar a superar el de la manera de dejar huella que tenemos más presente, la de los recuerdos complejos que guardan de nosotros los que tenemos más cerca, demasiado distorsionados a veces por factores ajenos a los hechos, ya sean sentimentales, de proyección propia en el recuerdo, de vaya usted a saber. La que compraba las naranjas baratas, esa lo soy. Seguro. Una buena amiga –espero que alguien lo piense de mí, claro-, eso está por demostrar. Sin embargo, yo ya he distorsionado mi recuerdo del señor del claxon. El mío y el de todos, porque ahora le recuerda más gente de la que le oyó, y porque, por supuesto, el incidente ha sido ligeramente novelado. De modo que, ahora que la correspondencia con la realidad de esta forma de inmortalidad que me gusta tanto ha dejado de ser importante en el caso del señor del claxon y yo, he pensado que voy a atreverme a proponer que vayamos más allá en la distorsión del recuerdo, y nos inventemos su historia. Una vez le he negado el recuerdo efímero e intrascendental al que me debería haber limitado, si nos inventamos su historia quedará al menos inmortalizado de la manera más antigua y divertida de todas: la de las cosas que se cuentan y nunca ocurrieron. Mis propuestas –y espero, ansiosa, las vuestras-: -Llegaba algo tarde a por su hija a la tienda. Algo tarde o no, porque con estas cosas nunca se sabe. Iba a nacer su primer nieto. Ella ya había roto aguas, le había llamado histérica –el padre de la criatura se encontraba fuera de la ciudad- y él había llegado lo antes posible, que no estaba seguro de que fuera lo antes suficiente. Con los nervios del primerizo, del que no sabe si tendrán tiempo, del que no quiere fallar a su hija… con esos nervios toca el claxon para que ella sepa que ya está allí. -Llegaba algo tarde a por su hija a la tienda. Algo tarde o no, porque con estas cosas nunca se sabe. Iba a nacer su quinto nieto –quién lo hubiera dicho, él, que había tenido una única hija-. Ella ya había roto aguas, le había llamado histérica –el padre de la criatura había estrellado su coche una semana antes, quedando inutilizado el automóvil y lastimado el padre- y él había llegado lo antes posible, bastante seguro de que llegaba a tiempo. Era un abuelo experimentado. Llegaba a la tienda relativamente calmado, pero inquieto, claro está. Relativamente calmado porque controlaba la situación: sabía que aún quedaban horas, sabía que tenía que llegar, tocar el claxon muy fuerte para que ella le oyera desde el salón, esperar a que la ayudaran a salir. Sabía que no había demasiada prisa. -Por fin un día de vacaciones.Y soleado, además. Por fin un día en que la mujer de Sebas le había dado permiso para salir a pescar con nuestro protagonista. Habían quedado en que éste pasaría a buscar a aquel a eso de las cuatro, cuando su mujer acostumbra a echarse a dormir un rato de siesta, rato en el cual, por tanto, no echaría tanto de menos a Sebas y sus cuidados. Han quedado en que le recogería en la tienda. En que llegaría, haría sonar el claxon muy sutilmente –para no despertar a la que querían que volviera a dejar a Sebas salir a pescar-. El claxon, y bajito. Nunca el timbre; el timbre la despertaría seguro. Pero nuestro hombre, que nunca utiliza el claxon porque es de temperamento tranquilo y porque vive en Menorca, había olvidado que llevaba un año estropeado. Que no podía si quiera rozarlo sin que se disparase. Se había olvidado, y, en cuanto lo tocara, la despertaría. Y ahora está por ver que Sebas pueda volver a ir de pesca alguna vez. Hace ya días, y como todos, tuve la oportunidad, las ganas y no más remedio que escuchar un fragmento de una conversación ajena que tenía lugar a mi lado en el tren de cercanías. Ocurre cada día, lo de escuchar fragmentos de conversaciones o fragmentos de otro tipo de formas de comunicación o conversaciones enteras; eso decía al principio. Ocurre cada día, y esa es la razón de que habitualmente uno comience a escuchar cualquier muestra de cualquiera de estos tipos con una sensación que se parece bastante, en el mejor de los casos, a la desidia más absoluta. Sin embargo, a veces tiene uno la oportunidad de no tener más remedio (esta vez no ambas cosas, sino la primera de la segunda) que escuchar absorto la información que le llega desde los demás. Y no porque exista siempre la posibilidad de sacar punta a todo como me dedico a hacer yo, por norma, en el blog que estáis leyendo, sino debido al abismo que le separa del sujeto emisor en lo que a experiencias vividas se refiere. Pero además, algunas veces de ésas resulta que lo que más le impacta a uno no es el contenido en sí de aquello que escucha, no es cuán alejados están los hechos por otro relatados de poder ser contados alguna vez en primera persona; a veces es precisamente lo contrario lo que más conmueve al pasivo espectador: cómo las vidas de personas cuyas experiencias diarias son de hecho tan dispares pueden vivirse de manera tan parecida. Hace ya días, y no como todos, resultó que era una de estas veces de veces. Para confirmar que el fragmento que escuché podía haber pertenecido a una conversación mantenida por cualquiera de nosotros ante cualquier evento mínimamente excepcional de nuestras vidas -un examen, un problema de horarios y niños, un me voy a vivir a otro país-, me he permitido omitir las palabras clave, las que explican lo qué pasaba, y dejar las importantes, las que explican cómo lo pasaba el que las decía. VOZ MASCULINA: -Estoy bastante nervioso, a ver qué me dicen en -----------. Yo me temo lo peor, pero por ser pesimista. He dado por hecho que será---------------------. VOZ FEMENINA: -Bueno,no creo que sea para tanto VM: -Sobre todo, sea lo que sea, si ----------- vosotros me hacéis el favor de encargaros de la ---------, ¿no? VF: -Que sí, que no te preocupes, que para eso están los amigos, si es que haces un mundo de todo. Todos tenemos problemillas, y lo que hay que hacer cuando se tienen es pedir ayuda a los colegas y ya está. Lo que no puedes hacer es ponerte en plan fin del mundo, que entonces sí se te viene todo encima VM: -Ya, si tienes razón. A mí me preocupa que os hagáis cargo de eso, de pagar --------------, lo demás ya me apaño yo solo. VF: -Además, ya verás como ------------ al final no es para tanto. Me han dicho que se va a un montón de excursiones, y tendrás un curro y todo. VM: -Y si hago amigos, pues mejor. Espero que haya buena gente, porque cuando estás así pachucho tener a alguien a quien contarle tus movidas, pues es mejor. Es que estoy nervioso, eh, tengo la tripa haciéndome cosas. VF: -Es que eres un exagerado. Se pasa chulo, y aquí todo va a estar bien. Mira, nos bajamos en esta. Me pareció reveladora la manera de sentir las cosas, de uno y otra. Pase lo que pase en la vida, se ve que la vida se parece mucho a sí misma. El chico se temía prisión preventiva hasta el juicio, y quería que pagaran la pensión de su hija para poder volverla a ver alguna vez. Pero allí se ve que se pasa bien, que al final sí te da el aire. Un día de la semana que hoy acaba, sería incapaz de decir cual pero uno, en cualquier caso, en el que tenía una guardia en el segundo piso, conocí a Dani -si estuviera segura, o tuviera ganas de inventármelo, de que el día de la semana al que me refiero era un miércoles, se podría haber creado un bonito paralelismo con la entrada anterior, comenzando la de hoy con la misma frase que aquélla pero acabando la misma primera frase con un nombre diferente y más adecuado a la ocasión: el de Dani, claro-. Dani tiene doce años, cursa primero de ESO y pasa más horas en el pasillo que en ninguna otra estancia del instituto en el que compartimos rutina, hecho del que puedo dar fe. Le expulsan, le expulsan y le expulsan, y yo me lo encuentro, me lo encuentro e insisto en encontrármelo cada vez que hago una guardia cerca de la puerta de su clase. Me lo encuentro y me quedo con él, por obligación -la de que no se divierta mucho, es, mi obligación, que ya se sabe, que lo de lograr que identifiquen la expulsión de clase con un castigo es una tarea más ardua de lo que puede parecer a primera vista-, pero también por gusto: me encanta hablar con él. Le gusta bailar Doraemon en clase y participar en otras actividades de similar capacidad de tocar los huevos al profesorado, pero es buena gente. Parece buena gente desde el primer momento, parece de los regularmente expulsados que tienen potencial para dejar de serlo, y claro, uno tiene la tentación, desde ese primer momento, de indagar un poco en su visión de la situación, que puede resumirse un poco como sigue: -Me castigan haga lo que haga. Es así, y la verdad es que si me van a castigar es más justo que sea porque me he portado mal, así que me porto mal. ¿Es más justo? Por supuesto que no. Que si te van a castigar es mejor, céteris páribus, pasárselo bien por el camino, eso está claro. Pero no es eso lo que argumentaba Dani. A él le parecía más justo*. A él le parece que si comete la infracción, es automáticamente más justo que le castiguen sin razón alguna, como harían de todas maneras. Esto podría ser cierto si, bajo la lógica de la justicia, sucediera que es cierto el orden inverso de sucesión mal comportamiento/castigo al que estamos acostumbrados, esto es: si fuera justo portarse mal a raíz de un castigo sin razón aparente. A Dani le podría parecer que, así como la respuesta que hemos acordado justa para el mal comportamiento es el castigo, el castigo del castigo puede ser, a su vez, el mal comportamiento. Si fuera esto lo que a Dani le pareciera, entonces sí habría elegido libremente portarse mal: él comienza un círculo que conoce de antemano, lo pone en marcha teniendo muy claro lo que ocurrirá (portarse mal-castigo sin razón alguna es el proceso que conoce; elige portarse mal como respuesta justa al susodicho castigo y el castigo de la segunda derivada mental ya es justificado -ojo, en realidad sólo hay un mal comportamiento y un castigo, en el proceso mental hay más-). Ahora bien: lo que a mí no me parece es que a Dani le parezca nada de eso. No creo que él encuentre justa su respuesta al mal comportamiento de la profesora. Lo que sí creo es que para él, la justicia actúa también de manera retroactiva: una vez te can a castigar, si no te has ganado el castigo no habrá manera de que sea justo, no se la podrás devolver con nada que hagas después (o antes, en realidad, pero anticipándote a su comportamiento injusto, que para el razonamiento de arriba era como hacerlo después). Lo único que puedes hacer es portarte mal antes, porque sus actos entonces serán justificados, se habrá hecho justicia aunque las “protorazones” del castigo, lo que sea que se encuentra en la mente de la profesora y que le habrían hecho imponerlo hubiera lo que hubiera pasado, no tengan nada que ver con lo que en última instancia lo acaba justificando. Por eso digo retroactiva: el castigo ocurre, resulta -al azar, puesto que hubiera ocurrido igual- que existía una causa justificada, es justo. Si es esto lo que siente Dani, no es justo. No puede elegir. Se tiene que portar mal, porque si no no hay manera de salvar la situación, sobre todo la de la profesora. No es libre. *Es importante señalar que el análisis se basa obviando completamente la posibilidad de que la profesora NO le castigue, en realidad, haga lo que haga. Carecería por completo de interés. El miércoles, a eso de por la mañana, conocí a José Antonio. José Antonio es uno de los jefes de estudios del instituto donde acabo de empezar a dar clase; el otro jefe de estudios, el que no es José Antonio sino Robert, se ausentará una temporada y por razones personales de su cargo en el centro, lo cual convierte a nuestro recién conocido -para vosotros aún más recién y aún menos conocido que para mí- en una persona con bastante poder de decisión en lo que a la gestión del citado centro se refiere. Con un poder, de hecho, que será casi absoluto mientras se prolongue la ausencia de nuestra esta vez sí que del todo desconocido personaje, Robert. Ahora bien: aunque a priori pueda parecer un tema interesante, la cuestión que aquí nos ocupa no es lo que José Antonio hace, o deja de hacer, con ese poder. No lo es siquiera si desea en absoluto poseerlo, o más aún, ejercerlo -aunque bien podría ser que sí lo fuera,en realidad, la cuestión, y es que de hecho no parece hacerle la más mínima gracia-. Sí lo es, sin embargo, cómo lo ejerce. La manera en que se desenvuelve en el cargo. Ése es el intríngulis de esta historia: intentar transmitiros el estado de terror permanente en que vive José Antonio mientras ocupa su puesto de trabajo. José Antonio vive en un estado de terror permanente mientras ocupa su puesto de trabajo provocado por la existencia, en última instancia, y por la cercanía, en primera, de su compañero Robert. ¿Cómo lo sé? Lo sé porque ocurre que se me ocurrió, a lo largo de mi primera conversación con nuestro conocido temeroso y debido a que sustituyo a nuestro no-conocido temido, sugerir al primero que tal vez fuera buena idea llamar al segundo con el objeto de resolver algunas de mis dudas al respecto de las asignaturas en las que había de sustituirle. La respuesta que obtuve fue: -Bueno, igual sí, no creo que se enfade. No creo que haga falta decir que cualquier respuesta que no fuera llamar inmediatamente al sujeto resultaba, por sí misma ,sospechosa, por mucho que se ofreciera disfrazada de lo contrario -¿enfadarse? ¿por qué tendría que enfadarse?-* . De todas formas, no hacía falta tanta sutileza de entendimiento para percibir la ansiedad que mi propuesta había despertado en nuestro jefe, y es que el resto de la mañana, resto durante el cual yo opté discretamente por no volver a sacar a colación teléfono alguno, transcurrió en consecuencia entre la ausencia total del tema en la conversación y los momentos estelares en los que él sí decidía sacarlo. Estos momentos, muy alejados entre sí en el tiempo y no entre sí pero sí alejados de venir en absoluto al caso -de verdad, nadie más que él sacaba el tema-, tuvieron en su contenido una progresión de naturaleza parecida a la de los que aquí reproduzco: -O sea, que igual no hace falta llamar en absoluto a Robert. -Ah, pues mira qué bien, ya no llamamos a nadie. -Si ya sabía yo que no hacía falta molestarle. O sea, que sí. Que tenía mucho miedo de que se me ocurriera coger el teléfono, desde el momento en que la idea comenzó a existir. No quería que lo hiciera y así me lo dio a entender. Sin embargo, tampoco se atrevió a dejarlo tan claro, con aquella primera frase. Si tan horrible le parecía la posible conversión de la idea en acción, podría haber enunciado una más parecida a “Bueno, igual no, llamar a las personas a su casa es motivo suficiente para que se enfaden”.Pero claro, las personas o tienen miedo de las demás personas o no lo tienen, es decir, es muy difícil que alguien le tenga miedo a su compañero de despacho y que no resulte que tiende, en general, a tener miedo de la gente mientras no se demuestre que no es digna de su terror. José Antonio tenía miedo de mí, también. Menos que de Robert, eso está claro: lo importante era mostrar sus reticencias a llevar a cabo la idea de la llamada, cosa que hizo con bastante solvencia. Pero más que ninguno, eso también está claro: a la hora de mostrarlas, sólo se atrevió a “creer que no se enfadaría”. Eso sí: si tengo razón y el enunciado de la frase que da sentido a esta entrada responde a la existencia de dos miedos de intereses contrapuestos e importancia diferente, entonces he de admitir que cómo se desarrollaron el resto de sus frases sobre el tema a lo largo de la mañana no muestra sino que su miedo más débil, el que pudiera tenerme a mí,se fue diluyendo. A las dos ya estaba siendo incluso borde, diría yo. Qué manera de no imponer a nadie, la mía. * Por si así a priori la sospecha no os parece del todo obvia, os diré que la susodicha llamada es la manera estándar de empezar una sustitución en el marco de la enseñanza pública: en este tipo de centros, al no existir los jefes en el sentido clásico de la palabra nadie sabe lo que hace el resto de nadie durante el desarrollo de sus clases, de modo que el día que un nadie-interino comienza en un centro a sustituir a otra persona a los nadie-directores les falta tiempo para meterle el teléfono en la boca, y quitarse así todo el marrón que puedan de encima Era lunes -en realidad no sé si era lunes. Al principio, apenas un instante después de escribirlo, me ha parecido que sí lo sabía, que si me había salido “lunes” es porque en realidad lo era. Ahora, unos instantes todavía después, lo que me parece es que me ha pasado que me ha parecido, sin siquiera darme cuenta de que me pasaba, que la historia es digna de transcurrir en lunes: esas lágrimas, esa música, en fin. No adelantemos acontecimientos. El caso es que con esas lágrimas y esa música, tenía que ser lunes. Sí, sí. Lunes, era-. Era lunes y yo acababa de llegar al aula de informática de la facultad donde acostumbro a pasar mis mañanas últimamente, sin que venga la explicación de tal costumbre al caso, razón por la que no me detendré en ofrecerla. Acababa de llegar. Era, además de lunes, relativamente pronto, así que aún quedaban ordenadores libres al final de alguna hilera, donde a mí me gusta situarme. Es que está uno más solo, para lo bueno y para lo malo. En fin. La hilera que escogí me ofrecía el penúltimo ordenador, es decir, el inmediatamente anterior al que se encuentra pegado a la pared, ése que definitivamente te permite un grado de intimidad que, si bien nunca llega a ser del todo satisfactorio para intentar según qué cosas en una sala al fin y al cabo pública, sí resulta al menos bastante aceptable para según qué otras. O, al menos, eso le debió parecer a la que era su ocupante en el momento en que yo llegué: allí, en el último ordenador de la hilera, el que está contra la pared y te permite según qué cosas, un lunes, relativamente pronto, una chica lloraba sin demasiada discreción. Yo, que vivo para esto, no pude evitar intentar ver qué hacía en aquel ordenador, qué le había puesto tan triste: trataba de escribir un e-mail, cosa que no acababa siquiera de comenzar a hacer. Primero supuse, aunque sin demasiada confianza en semejante suposición, que la mala noticia había llegado en un e-mail anterior, el cual trataba de contestar. Después, me puse a lo mío. Poco rato después, y sin haber finalmente escrito ni una sola letra de la supuesta contestación -sí, existe una diferencia entre “lo mío” y lo suyo, aunque no quede demasiado claro, aquí-, decidió que lo que haría el resto de la mañana sería, por un lado, tragarse un video musical tras otro, con un cierto toque de romanticismo del de las tiendas como único denominador común. Por el otro, dejaría de molestarse lo más mínimo en tratar de ser discreta: a partir de ese momento, lloraría desconsoladamente, sin apenas poder respirar. Lo que buscaba, claramente, era conseguir experimentar el sentimiento que requerían esas circunstancias inevitables que se habían dado aquella mañana, fuesen las que fuesen. O, si queréis, experimentarlo a gusto,al menos: en todo su esplendor. Al día siguiente, cuando llegué al aula de informática, el último sitio de la misma hilera, el que está contra la pared, se encontraba ocupado. Esta vez no era lunes, supongo, o sí, si total, nunca estaré segura. Decidí, empujada por una cierta melancolía de la intensidad vivida el día anterior, sentarme justo al lado de su nueva inquilina. La nueva, a decir verdad, tampoco prometía demasiada normalidad:mayor, original en el vestir, respiración bastante sonora, lamentos constantes y entrecortados en voz considerablemente alta. Pues bien: lo que hizo, a lo largo de absolutamente toda la mañana, fue visionar capítulo tras capítulo de Pasión de Gavilanes, de cabo a rabo y no con poca pasión, esta vez con minúscula: los lamentos que de por sí la caracterizaban -y es que no cesaban ni en sus paseos al servicio ni en el espacio de tiempo que transcurría entre capítulo y capítulo, con que- se veían considerablemente reforzados según se iban sucediendo los acontecimientos en pantalla: cómo gritaba, cómo sufría. Qué bien le venía, para dar sentido a sus lamentos, aquella sucesión de desgracias tan bien planificada. Lo que buscaba, creo yo, eran una serie de circunstancias que justificaran el sentimiento inevitable que la invadía per se. Cómo se hubieran podido ayudar, las ocupantes del último asiento de aquella hilera, si se hubieran encontrado. Lástima que no ocurriese todo en lunes, que no pudieran regalarse experimentación de sentimientos y circunstancias la una a la otra, que tuviesen que recurrir a la misma página web de videos que me niego a nombrar. Imaginaos la importancia que le hubiera dado la segunda inquilina ala historia de la primera: cómo la hubiera vivido, teniendo una historia real que sentir. Y la primera, retroalimentada por nuestra sentidora profesional, cómo hubiera podido desatar todo lo que hubiese querido sentir: tan a gusto. Pues eso. Un día de aquellos en que aún frecuentaba las líneas de grandes distancias de Renfe y que tantos contactos sociales pintorescos me proporcionaban, fue efectivamente uno de aquellos al proporcionarme uno de los otros, uno bastante entretenido, además. Durante todo el trayecto, una pareja de chicas que se juraba a voz en grito y cada par de minutos amistad eterna -pero cuya relación más bien parecía hacer aguas- se dedicaron, además de a lo de gritarse, a la más vieja de las distracciones: ingerir cantidades totalmente desmesuradas de alcohol en sus diferentes versiones consumibles. Podéis imaginaros entonces, con estos datos en vuestro poder, en qué se basó el entretenimiento que comentaba que nos proporcionaron al resto de los pasajeros de aquella parte del vagón. Sin embargo, sobre lo que quería escribir hoy no está relacionado con el desarrollo del viaje de estas dos señoritas, sino más bien con el inicio del mismo. Y es que la razón de que se sentaran juntas no es, como sin duda puede parecer, que les vendieran los correspondientes billetes, no. La mala suerte y supongo que el dejar tal compra para el último momento habían conducido a que les vendieran dos billetes de pasillo, uno de los cuales se encontraba justo a mi lado. En consecuencia, les cambié el sitio. Sólo a una de las dos, claro está. La conversación que tuvo lugar entre la una de ellas que nos interesa y yo misma desde que se dieron cuenta, recién llegadas al tren, de que no estaban juntas hasta se realizó el cambio de asientos con éxito, sólo tuvo tres frases, que fueron las siguientes: Yo misma: -si queréis os cambio el asiento, a mí me es igual La una de las dos que nos interesa: -Ah, pues vale LUDLDQNI, (al rato) : - Qué simpática es la gente. Desde luego, yo no le cambiaría el sitio a nadie aunque me lo pidiera. Aunque sólo fuera por joder. Y me sorprendió, por qué no decirlo. Y después de sorprenderme, al preguntarme de hecho el porqué de mi sorpresa, decidí pensar un poco en ello. La respuesta más inmediata que tiene la pregunta de por qué sorprende oír semejante frase parece obvia: será probablemente cierta, por un lado, pero es que entonces: ¿ por qué reconocerlo, si nadie te ha preguntado? Y claro, aquí es cuando se lía la cosa: ¿por qué nos sorprende que se pronuncien según qué enunciados ciertos? (existen otras preguntas más retorcidas y menos que ver con la gente, por lo que las obviaré aquí: ¿es probablemente cierto el enunciado? ) Pero yo a lo que iba: ¿Por qué nos pilla por sorpresa, lo de que se diga según qué verdad? Porque no me diréis que lo que sorprende de tal afirmación no es la verdad de su contenido, sino el hecho mismo de que se pronuncie. Y si el contenido no nos resulta demasiado revelador, ¿por qué sí lo hace el pequeño añadido, en el peor de los casos, que debería suponer la sinceridad? A simple vista puede parecer que nos molesta que otro nos recuerde que nosotros no sabemos si cederíamos realmente nuestro sitio -vale, ya sé que la mayoría sí lo haríamos, pero lo que busco es charlar sobre el mecanismo que hay detrás de nuestra reacción ante este tipo de enunciados, ante cualquiera de ellos, y cualquier cosa no sabemos si la haríamos-, y que, no contentos con ignorar si estaríamos dispuestos a hacerlo o no, decidimos cubrirnos las espaldas mintiendo. Porque parece que la única razón para acusarse a uno mismo es la de conseguir a la vez, con ello, acusar en mayor grado a los demás: ¡ellos también, y además lo niegan! Es decir: caemos en nuestra propia trampa otra vez: como nos escandaliza que alguien no quiera mantener una imagen, buscamos otra manera de que en realidad sí lo esté haciendo. Por eso yo creo que no es eso. Yo creo que realmente la mayoría de acusaciones a uno mismo se derivan de una total indiferencia a lo que los demás opinen sobre el acto del que se acusa el sujeto, o incluso de una esperanza, diría yo, a que opinen que, efectivamente, tal acto es inadmisible. A esta chica en concreto, creo yo, le daba bastante igual lo que pensáramos los demás. Y me atrevería a decir es que es precisamente eso lo que nos molesta. Que diga la verdad vale, que nos intente insultar también, pero que le dé igual lo que pensemos... eso sí que es humillante. Y es que a nosotros no nos daba igual. Ayer caminaba Diagonal abajo cuando una señora , que paseaba con sus amigas en sentido opuesto al mío, lo hacía invadiendo completamente el carril bici, que en ese caso –el de Diagonal- comparte espacio con el de los peatones. No puedo estar segura de ello, pero cuando aún las tenía lejos –ya me había fijado en la que nos interesa, porque a veces uso el citado carril y creedme, se les coge manía a los peatones que insisten en invadirlo- me pareció ver cómo una de las amigas de la protagonista le hacía ver su intromisión empujándola suavemente para invitarla a abandonar el carril, invitación que ella se limitó a ignorar. De todas maneras, como ya he dicho, no puedo estar segura de que tal secuencia invitación-ignorancia realmente tuviera lugar, de modo que sería injusto analizar el caso dando por hecho que así fue. Nos quedaremos con que, en cualuqier caso, la señora sabía que caminaba por el carril bici, aunque no lo hiciera con actitud desafiante. Y lo sabemos porque, mientras se cruzaban conmigo ya y por tanto estaba a punto de perderlas para siempre,una bici pasaba rozándola a la vez que yo, pero por su otro lado, hecho que empujó a nuestra señora a afirmar, en voz bien alta: “no m’agraden, a mi, aquestes bicis”. Con esa frase ya había quedado dicho todo, con esas palabras ya teníamos todos los matices necesarios para que mereciera la pena comentar su visión sobre el tema. Sin embargo, su amiga le preguntó que cuáles –¿“aquestes”?- y ella respondió que las que iban por ese carril “així, tan ràpid”. Aunque la aclaración no modifica en nada el análisis que quiero yo hacer aquí ,la cito porque en realidad sí que aporta información sobre la veracidad de la suposición de partida que habíamos hecho: la señora era, efectivamente, consciente de por dónde caminaba. La cuestión es: Esta señora afirma que odia “estas bicis”. Tal afirmación tiene un significado muy claro en las dos lenguas que estamos manejando aquí: que odia un grupo concreto de bicis, pero no todas. Ahora bien: la afirmación no la hace un espectador del grupo de bicis en cuestión, que no tenga contacto con ellas. La hace una señora que ha decidido, previamente a su declaración, caminar por el carril bici. Es decir: primero ha decidido dejar de ser espectadora y comenzar a convivir –o, al menos, copasear- con un grupo de bicis concreto y a continuación ha afirmado detestar precisamente ese conjunto. Estaréis conmigo en que la coartada lingüística es impecable: la señora no ha mentido (NOTA: me refiero a que no ha mentido cuando afirma odiar únicamente unas bicis, que es lo que ha querido decir, no al hecho de que si odia todas también odia algunas). No ha mentido y, sin embargo, no ha quedado tan mal como si hubiera afirmado detestar TODAS las bicis. ¿Cómo lo ha hecho? Es sencillo: odiar, odia todas del mundo, pero eso no lo quiere compartir con sus acompañantes. De modo que lo que hace es reducir el “mundo”: caminando por el tan mencionado carril, todas las bicis pertenecerán al grupo que ella odia, y no estará mintiendo cuando afirma que odia sólo las que pasan por allí. Lo que pasa es que serán todas, y no estará mintiendo. Sí, ya lo sé, en ese momento las bicis que no pasen por el carril la delatan, pero yo me quedo no con que no miente atendiendo a todas las experiencias de su vida con bicis, sino con que no miente durante ese paseo, a lo largo del cual todas esas experiencias sí tendrán lugar en el carril. Reduce el mundo, y aún va más allá. Una vez reducido, juega con el lenguaje y, aunque siente desde dentro de ese “pequeño” mundo detestando todas y cada una de las bicis que ve, habla desde fuera, desde el mundo “ampliado”, el que valía antes de que ella lo transformara: “no m’agraden, a mi, aquestes bicis”. En la fila de detrás de nosotros, en un avión de vuelta, les habían dado asiento a tres señoras. Dos de ellas eran tirando a entrañables, dada sobre todo su inocultable -o, en cualquier caso, inocultada- emoción relacionada con todo, absolutamente todo, lo que sucedía: se asomaron a la cabina del piloto cuando subieron al avión, dificultando el avance de la cola durante casi un minuto; durante el despegue, se agarraron con pasión al asiento de delante -que era, claro, el nuestro-; planearon cuidadosamente qué bebida y qué aperitivo pedirían cuando pasara la azafata, para no equivocarse bajo la presión del momento; comentaron al segundo cada detalle del normalísimo aterrizaje... bueno, comentar comentaron eso y todo lo que habían ido haciendo durante todo el trayecto, ellas y todos los demás pasajeros. En fin, que eran monas. La tercera señora, algo más joven, me desconcertaba. Hacía gala de un nivel de inocencia parecido al de sus compañeras, pero no estaba dispuesta a que lo pareciera. Estaba claro que se consideraba mucho más experimentada que sus colegas de viaje, y quizá lo fuera, pero el hecho de que se hubiera declarado a sí misma guía del grupo hacía que yo no pudiera decidir fácilmente cómo me caía -que es el sentido, al fin y al cabo, en el que “me desconcertaba”-. Y en un momento dado, justo después de aterrizar y justo antes de que yo me decidiera finalmente a sentir algo concreto hacia ella, tuvo lugar la siguiente conversación: PERSONAJES: Señora Maja número 1 (SM1) Señora Maja número 2 (SM2) Señora de simpatía ambigua (SSA) SSA: ... y fíjate, qué cosas, que haya habido dos señores que han perdido el avión SM1: ya, qué raro, que en el último momento no hayan llegado, qué lástima SSA: y claro, han tenido que buscar las maletas y todo SM2: ya, eh, figúrate tú hasta que las hayan encontrado SM1: porque claro, no van a dejar a los hombres sin la maleta SM2: ¿cómo? A ver, que no me entero. Son los hombres los que no aparecían, ¿no? No las maletas SSA: bueno, es por seguridad, más que nada SM1: claro, los señores no aparecían SSA: pero ya habían facturado y todo, por eso SM2: ah, vale, entonces como los señores ya habían dejado el equipaje, lo que no querían era dejarles sin maletas SSA: (con el mismo tono que cuando pronunció la frase por primera vez): bueno, es por seguridad, más que nada SM1: ay pobres, ellos allí y sus maletas en el otro lado... SSA: es el procedimiento, así se hace, por seguridad SM1: bueno claro,además vete tú a saber qué pueden llevar ahí dentro de las maletas SM2: (que es mucho de “figúrate”): ¡uhhhhh! Es verdad. Y si encima no se han subido luego al avión, figúrate qué peligro SM1: o también puede ser que hayan perdido el avión y no lleven nada, pero claro SSA: claro, y como eso no hay forma de que lo sepan tampoco ellos, pues es el procedimiento. SM1: pues yo eso lo veo bien,creo ... y ya está, ya lo sabía y ya lo sé: me cae mal. Por ese típico comportamiento de sacar un tema cuyos fundamentos sabes de antemano que tú conoces y los demás no en vez de explicar directamente el quid de la cuestión, andar mareando la perdiz lanzando frases para poner sobre la pista, porque es tan obvio que cómo-te-lo-voy-a-explicar (acto especialmente feo cuando se comete detrás del anterior) una vez conseguido tu objetivo de que quede claro que tú conoces el secreto y de que te parecía algo obvio de saber, no explicarlo del todo en ningún momento. Y no digo que fuera mala, eh. Pero es que qué pereza. El otro día, haciendo la cola del banco para no sé qué, una señora bastante mayor empezó a contarme cosas. Bueno, en realidad se las contaba a Manolo, eso por un lado -que vale, que sí, que es más sociable que yo-; por el otro, es que además ni siquiera estoy segura de si las empezó a contar así, sin introducción alguna. Ahora que lo pienso, igual sí hubo introducción y lo que no hubo fue atención por mi parte hasta cierto momento, más concretamente en el que la cosa empezó a ponerse interesante. En cualquier caso, la cosa que contó entre las otras cosas y que a mi vez me apetece a mí contaros, es la que sigue: A esta señora en cuestión la operaron hará poco más de un año de cataratas -creo, porque decir decir dijo de la vista, y Manolo le preguntó que si de cataratas, y ella ni se inmutó. Que esa es otra, que de su sordera no comentaré nada más, pero ahí estaba, ahí estaba su sordera o sus pocas ganas de hacer caso a nadie, acompañada/s de sus muchas de hablar, de las que tampoco haré mención y a las que tampoco trataré de buscar causas rocambolescas, como acostumbro a hacer en este blog-. O sea, que lo dejamos en cataratas, si os parece bien. En fin, que operarla la operaron, y que eso conllevó que la pobre se pasara los siguientes meses -los siguientes muchos, no he sido capaz de recordar los siguientes cuántos- con los ojos vendados. Vendados pero vendados del todo, como los minutos de reloj. Vendados como para no poder mirar nada de lo que tenía alrededor, ni, por descontado, a sí misma en espejo alguno. La cuestión es que cuando le retiraron la venda lo primero que hizo fue correr a comprobar qué aspecto tenía, ella misma, digo. Bueno, en realidad esa no es la cuestión del todo. La del todo es que, cuando consiguió verse, quedó espantada. Se encontraba fea, muy fea, no podía creerse que hubiera pasado tanto tiempo con ese aspecto. ¿Y sabéis qué dos cosas fueron, de las que vio en aquel espejo,las que más le horrorizaron? Su boca, que la vio más arrugada que nunca, y sus gafas de sol nuevas, que alguien había elegido por ella para esta segunda fase de la rehabilitación y que, al parecer, ya había comenzado a utilizar con anterioridad. Digo lo de que debía haber empezado a llevar las gafas antes porque su gran preocupación, más que la fealdad en sí misma, era el hecho de haber tenido ese aspecto todo aquel tiempo sin siquiera haberse dado cuenta de ello. Día tras día, la gente la había mirado y había visto nada más y nada menos que aquella boca y aquellas gafas. Qué disgusto más tremendo. Mientras la señora intentaba describirnos la sensación a la que acabo de referirme arriba -y durante bastante rato después, en realidad-, a mí me dio por pensar que debe ser acojonante tener la oportunidad de ver, de golpe y sin haber podido apreciarla progresivamente, la huella que sobre uno mismo ha dejado el paso de tan poco tiempo. Ver lo mucho tiempo que sobre nuestra cara resulta ser “poco tiempo”, comprender que sólo nos reconocemos porque no dejamos de vernos ni un sólo día. Sin embargo, también pensaba que lo más acojonante que puede pasarte es descubrir todo eso con muchos años, porque así de paso compruebas que, tal y como te parecía -evidentemente, dada mi edad, la asunción de que “te lo parecía” es una hipótesis, sin más-, la vida es prácticamente igual que siempre. Igual que siempre en lo tangible, en lo rápido o despacio que nos afecta el proceso de envejecimiento. Porque, por muy viejo que se encuentre uno, se ve que el paso de unos meses es suficientemente relevante sobre nuestra boca; el tiempo sigue pasando igual de rápido hasta el final. A mí me parece una noticia genial, que seguiremos estando igual de vivos, según se mire. Pero, además, igual que siempre en lo intangible: ¿las gafas? Eso sí que me parece una noticia genial, saber que lo divertidos que resultamos ejerciendo nuestra absurdidad -que así es como se dice, os lo juro-, eso tampoco cambia. Qué menos, no, que no arrepentirse de nada. Los hechos se sucedieron muy rápido: La cola del súper. Esperé a que llegara mi turno, vacié el carrito, lo dejé en el lugar apropiado para que me fueran devueltos los dos euros que había invertido en su uso, volví a la caja; mi compra ya estaba siendo registrada. Mi compra se había empezado a entremezclar con la de la chica anterior, la chica anterior se dio prisa en acabar de meterla en bolsas con el objeto de evitarlo, lo consiguió, se disponía a marcharse, vi que de una de ellas sobresalía un paquete de pasta como el que yo había comprado, le pregunté si no era mío, se tensó, me dijo que no, comprendí que el mío simplemente aún no había sido cobrado, la chica se fue. La chica se fue, el supuesto segundo paquete no apareció, el primero resultó ser mío, pensé “qué le vamos a hacer”. Total, que me habían robado un paquete de pasta tricolor, de marca blanca. Y de una marca blanca especialmente económica, además. Lo digo porque creo que el dato demuestra por sí mismo que se puede descartar de todo punto el hurto premeditado, y dejar únicamente espacio a la posibilidad de la equivocación. Ahora bien, ¿qué puede llevar a alguien a correr el riesgo de convertir a tanta gente como allí había en testigos de no haber pagado un paquete de pasta a cambio de, precisamente, un paquete de pasta? Porque, de hecho, nuestra protagonista se arriesgó. Se arriesgó al ni por un momento echar un vistazo a sus otras bolsas; se arriesgó al ni por un momento mostrar un atisbo de duda. Y, como se había equivocado con la pasta -de igual manera, por un lado, y debido a, por otro-, se equivocó con la decisión de no comprobarlo. Se equivocó dos veces, y creo que no fue pura casualidad o tendencia natural a la equivocación por parte de la equivocada. Creo que hubo ciertos factores, relacionados con el estado de ánimo en que se hicieron las cosas, que facilitaron tanto error, y creo que fueron, de hecho, los siguientes: -ESTRÉS: La señora anterior a la chica anterior aún no os la he presentado. Se trataba de una señora elegante, vestida intencionadamente con aspecto de progre, que quería que todos nos diésemos cuenta de que estaba allí. Se olvidaba cosas encima de cosas, hablaba muy alto, lo hacía todo muy despacio y con mucho aire de superioridad. Lo del aire hacía que nos resultase especialmente desagradable lo de despacio, sobre todo porque la cajera que nos estaba atendiendo lo hacía ya fuera de tiempo en lo que a su horario laboral se refería. Así se explica el primer rasgo de las condiciones bajo las que actuó nuestra protagonista, el estrés, el de no retrasar aún más la labor de aquella cajera por otra parte tan simpática. -INDIGNACIÓN: Además de propiciar, en el resto de los componentes de la cola, la aparición de un cierto deseo de hacerlo todo rápido, la señora anterior a la chica anterior también consiguió crear un cierto grado de indignación en su sucesora, indignación que tradujo, según me pareció, en seguir actuando con rapidez una vez efectuado el pago de sus compras: en ese momento, aunque la cajera hubiera quedado liberada y por tanto el estrés en este sentido dejara de estar vigente, era importante seguir siendo rápida, porque, si conseguía llenar las bolsas antes que su adversaria, habría tenido la oportunidad de darle una lección moral sobre cómo no alterar demasiado la vida de sus congéneres. -ORGULLO: El momento en que yo, ajena a todo, volví de dejar mi carrito y le pregunté si no se estaba llevando mi pasta por equivocación, no era un momento cualquiera, ahora lo entiendo. Era el momento, precisamente, de la culminación de su actuación aleccionadora: había conseguido terminar antes que la señora anterior a ella, la chica anterior. Le había demostrado cuan eficiente y solidario se puede ser en la cola de la compra, se lo había demostrado. No podía dudar de ella misma en aquel momento, es que no es que si me planteo ahora si lo he hecho todo bien o no tiro todo el trabajo por tierra sobre todo si acabo tardando más tiempo en cargar por comprobar las bolsas tiro todo el trabajo por tierra -VERGÜENZA: En realidad, el orgullo le rogó que actuara con determinación en el momento de dejar atrás la caja. Dudar, tuvo que dudar, porque lo había hecho todo muy rápido, porque todos dudamos como forma de vida, porque,al fin y al cabo, tenía razones para dudar. Pero el momento era demasiado importante para plantearse, siquiera, tener esa duda en cuenta. Ahora bien: una vez fuera del súper, esto es, una vez había resuelto con éxito la situación -cuya importancia en realidad no residía sino en terminar rápido- , la comprobación de errores, o incuso la enmienda de los mismos, hubiera podido parecerle a nuestra chica anterior un final perfecto de actuación, un tener la posibilidad de ampliar el horizonte pedagógico de la misma. Pero esas cosas, volver sobre las situaciones una vez acabadas las situaciones, dan mucha vergüenza. Parada del 28 de Plaza de Cataluña. Origen de línea. Llego corriendo porque creo que se me va, pero no se me va; llega. Dadas las circunstancias, puedo dedicarme a plegar tranquilamente la bici, y, una vez hecho, incluso a sentarme un rato a mirar la plaza. Una vez hecho, llega una señora. En ese momento se abre la puerta del autobús, y el conductor baja. Para los que ya tenemos experiencia en el funcionamiento del origen de la línea 28, hecho que es el caso en ese momento para las dos personas que nos encontramos mirando cómo baja, este descenso es absolutamente familiar. Sabemos que el sujeto en cuestión se alejará unos metros, durante unos minutos, de su puesto de trabajo, con el sano objetivo, según se mire, de fumarse un cigarrito antes de retomar su labor. Sin embargo, nuestro conocimiento de la situación es imperfecto. O lo es, al menos, el de una de nosotras, porque discrepamos en un matiz: cuando el conductor desciende, nos sonríe, nos comenta que en cinco minutos nos vamos y deja tras de sí las puertas completamente abiertas, yo interpreto que podemos subir. La señora, no. Ahora bien: el origen de los acontecimientos que paso a contaros no es este malentendido inicial, o al menos no únicamente, sino otro que se deriva directamente de éste: el hecho de que yo, aun entendiendo que podíamos subir, prefiriera quedarme abajo esperando la vuelta de nuestro conductor, tomando el aire. Y es que es esta preferencia, en parte, la que supongo da alas a la interpretación de nuestra señora -llamémosla V, que al fin y al cabo si por algo destacaba era por su voluminosidad- : en su cabeza, todo indica que hemos de permanecer en la parada. Dos minutos más tarde, aparece en escena la señora F -por flaca, no os vayáis a pensar, que mona sí que era- . Esta señora resulta que carece de lagunas en su know-how en lo que al 28 se refiere, de modo que automáticamente intenta subir al autobús. En ese momento, la señora V le indica, no con demasiada amabilidad -y es que las palabras “es que qué morro” fueron literalmente pronunciadas-, que el conductor nos ha dicho que esperemos y que, en todo caso, si alguien sube seré yo -yo, la que os habla, porque se ve que, al estar primero, pues eso-; en segundo lugar, ella misma -V, que qué lío de frase, jo- y, sólo en último, su interlocutora -sí, F, esto era fácil-. En este primer momento, mientras yo estoy comprendiendo la errónea interpretación de V de las palabras del conductor, F prefiere no discutir, y se limita a permanecer de pie en el lugar exacto en que ha sido sorprendida por la indicación. Ahora bien: esta limitación dura poco, porque F va muy cargada y se ve que, al pensárselo dos veces, le parece una chorrada seguir sufriendo con el único objetivo de evitar un conflicto que, de momento, no parece gran cosa. De modo que, tras anunciar que a ella le parece que cuando la puerta está abierta es que se puede subir y que allá V si no lo hace, levanta sus bolsas del suelo y se dirige enérgicamente hacia la puerta. En este momento, la señora V hace lo contrario en lo que a bolsas se refiere y se lanza, y digo “se lanza” sin eufemismos, a interponerse entre la señora F y el autobús, mientras señala, a un elevado volumen, la falta de valores de F y su evidente intención de humillarnos al intentar sentarse dentro antes que cualquiera de nosotras dos. Yo me decido a intervenir, y le pregunto a V si le parece bien que subamos todos y que ya esté: No. No se lo parece, le parece en cambio que el conductor nos ha indicado que esperemos y que si yo intento ponerme de parte de F sólo estoy evidenciando mi debilidad y doblegación ante la agresión que se está intentando cometer contra mí. F, asustada por la violencia de la actuación de V, deja el lugar. V se queja amargamente de que la facilidad que tiene la gente para ponerse de parte de su propio agresor y de abandonar, a la vez y como consecuencia, a sus valientes defensores a su suerte. Llega el conductor. Imprudentemente, indica que podíamos haber subido al autobús, que para eso ha dejado las puertas abiertas. Ha debido oír algo, si bien no ha debido ver nada, porque su tono es afable. En este momento, siento una enorme curiosidad por conocer la reacción de V. Hasta ahora no se ha mostrado nada conciliadora, pero su cruzada contra F siempre había tenido un criterio, por erróneo que éste que fuera. Siento curiosidad por el efecto que tendrá el conocimiento de ese error. Pues bien: a V le parece fatal que el conductor, además de haber supuesto el origen del conflicto con la prohibición explícita por su parte de subir al autobús, ahora lo niegue, y lo niegue, además,con el único objetivo de poner en duda, públicamente, la siempre buena intención de V. Y yo pensaba: Cómo no va a haber dictadores, entre nosotros, de vez en cuando. Con lo que nos gusta abrazar doctrinas hasta el extremo de caer en dos errores evidentes: el de creernos con derecho -o con verdad suficiente, supongo- para imponérselas al resto de los que nos rodean, por un lado, y el de ser incapaces de interpretar correctamente las evidencias que contradicen la lógica interna de las mismas, por el otro. Hace ya días, uno que llovía un montón, me encontraba yo realizando un trayecto de vuelta hacia casa, en autobús. No recuerdo bien desde dónde, pero desde luego era hacia casa, y era en autobús. Dadas las adversas condiciones climatológicas, difícilmente podrían haberse introducido más usuarios en aquel habitáculo. Esto lo digo para defender que mi intromisión, siempre espectadora, en la conversación ajena que paso a relatar hoy es, en cierta medida, un poco menos impresentable de lo normal. A mi lado, tan a mi lado como se puede llegar a estar, se encontraban dos niñas de unos once años de edad. Las dos era rubias y delgadas. Vosotros os preguntaréis qué diantres os importa eso, pero es que esto va hoy de roles sociales, de agrupaciones de roles sociales y de relaciones entre agrupaciones de roles sociales. Y claro, pues eso. Que sí os importa. Entonces, pues eso de nuevo: que la conversación se desarrolló como sigue¹. (1) Léase, en su totalidad, intentando recrear un cierto tono de enemistad onceañera, enemistad de la cual no cabe la menor duda si se observa la fórmula de despedida utilizada: “Bueno,ya nos veremos”. Las protagonistas van a la misma clase, pero cuando no coinciden en el autobús, su relación no existe. - Ya, bueno, en realidad no me extraña mucho, porque es que lo de alguna es un poco fuerte. (...) Aquí me perdí cosas. Qué falta de profesionalidad por mi parte. - Ya. Es un poco tonta, si la verdad es que sí, pero es que a veces la tengo que defender, porque es que éstos se pasan mucho. - Bueno, no sé, es que son tan graciosos, también. - No, si a mí son los que mejor me caen de la clase, está claro, pero es que a veces se pasan un montón. - ¡Uy! Si yo bajo aquí. Bueno, ya nos veremos. - Vale. Lo que me parecía hasta cierto punto revelador, y por tanto entretenido de expresar aquí, es el hecho de en qué medida -en mucha, es la tesis- este entramado social, que habíamos creído dejar atrás, se parece al sofisticado tejido social treintañero en que nos parece movernos hoy. La propuesta es: yo hago el dibujo, y vosotros le ponéis los nombres que os parezca que corresponden en vuestro caso. Bueno, también deberíais entreteneros emparejando vuestros 1, 2, 3,4 y 5 con los de las niñas, y así, pues vemos el paralelismo que decía y las tonterías que me dedico a hacer en mañanas como hoy. Que me hace ilusión, jo. LEYENDA: 1 – Persona admirada -profesional o personalmente- con la que, por lo que sea, no congenias. Que no te vas a tomar cañas con el/ella, vamos. 2- Persona con la que te encanta tomar cañas. Te escucha, es encantador/a, puedes decir cualquier cosa que se te pase por la cabeza cuando está delante. Sin embargo, no le acabas de admirar en algún sentido, de manera que acabas por no llamarle demasiado. Sería un poco lo contrario de 1. 3 y 4: Tus amigos. A éstos les admiras y con éstos tomas cañas. Hay del tipo 3, sobre los que nunca has pensado nada que no puedas decirles, y hay del tipo 4, sobre los que a veces, no estando ellos presentes, comentas cosas que no te atreverías a expresarles directamente. 5: Grupo de gente con el que te relacionas de vez en cuando y a quienes admiras especialmente. Existe buen rollo -lo que estamos llamando aquí “poderse ir de cañas juntos”-, pero, cuando es el caso, no acabas de ser tú mismo, entre otras cosas porque también lo hacen, lo de las cañas, con gente que para ti son de categoría 1. Y claro. Esta mañana he volado de Sevilla a Barcelona. Llegaba yo pronto a facturar, aunque no por la razón por la que suelo hacerlo -la de que soy una histérica, vaya, aunque venida a menos-. Llegaba pronto porque venía desde Córdoba, recorrido que ha conllevado utilizar a su largo toda un serie de medios de transporte. Los medios, de manera individual, han sido relativamente eficientes. Pero claro: eran, además, “toda una serie”, conque qué más daba la eficiencia individual. Esta eficiencia es necesaria, pero no suficiente, para poder arriesgarse a llegar justo de hora a cada uno de ellos. Total, que entre la exacerbación de mi ánimo natural de prevención y los inevitable desajustes de horario, pues eso: que he llegado pronto, vaya. Que me lío. En la cola de facturación cuyo cartel decía Economy no había nadie, si bien la señorita que sí atendía a los clientes Business me instaba a esperar a quien fuera que me tenía que atender. En efecto: la chica cuya atención me correspondía se encontraba escondida junto a la máquina de autofacturacion, bueno, en realidad no estaba escondida,sino más bien al contrario, y es que cuando finalmente he conseguido verla he comprobado que se encontraba agitando exageradamente ambos brazos para conseguir que yo me acercara. El porqué de la máquina de heterofacturación -allí se completaba, el procedimiento- es un poco lo de menos. La cosa es que, en medio del mío -mi procedimiento-, me ha preguntado qué asiento quería. Le he dicho que cualquiera, pero que pasillo, y ella me ha asignado uno cuyo acompañante aún estaba libre. Al verla hacerlo, le he indicado si no prefería ponerme en la fila inmediatamente anterior, en la que el asiento de ventana estaba ocupado, de manera que las opciones de sentarse juntos para las posibles parejas de viajeros fueran mayores. En ese momento ha levantado la vista, muy seria, y me ha contestado: Es que es tío es un plasta. ¿Ese tío? ¿Qué tío? -esto no lo he dicho, claro-. Sin embargo, así y todo, la facturanta me ha contestado: El tío que se ha puesto en la 16, es que es muy pesado. Está deseando sentarse al lado de alguien que no sepa decirle que no, y así poder contarle su vida. A continuación me he limitado a deshacerme en agradecimientos y a marcharme, tan contenta, con mi fila 17. Nada más dejar el no-mostrador, se me han venido varias preguntas a la cabeza -por ejemplo, ¿como sabía ella lo que pretendía él? ¿tan claro lo había dejado con su comportamiento durante el proceso de compra del billete? menudo crack, si ha sido así, por otra parte- . Pero, sobre todo, se me ha venido una, más importante: ¿Qué gana el mundo con evitar que yo me siente al lado del señor pesado? Lo que quiero decir es que, cuando uno intenta ayudar a alguien, ve el sentido de tal ayuda en el hecho de que ese alguien va a mejorar su calidad de vida, en el aspecto o momento que sea, sin que nadie pierda nada, o al menos sin que pierda tanto como ha ganado la persona ayudada -esto es, uno ha hecho del mundo un sitio un poco mejor, en términos Disney- . Sin embargo, estando el avión completo como estaba -cosa que ella sabía, porque ha sido ella quien me ha facilitado el dato-, salvarme a mí era únicamente salvarme a mí, esto es, alguien iba a tener que sentarse al lado del señor pesado de cualquier manera. Esta decisión irracional -la de intentar ayudar a los pasajeros del vuelo en cuestión, sin hacerlo en realidad- se podría intentar explicar pensando en que la señorita de los brazos agitantes buscaba la justicia poética, esto es, que al menos le tocara sentarse en la fila 16 al último en llegar, y no a alguien al azar. Pero como todos sabemos que lo que ha experimentado esta señorita ha sido un instinto sin mayor importancia, me voy a atrever a intentar desentrañar la lógica interna del susodicho instinto -sin que tal intento, por dios, conlleve leer que pienso que los instintos son entidades con lógica interna; es por pura diversión-. Tal y como lo veo, la idea que puede racionalizar el hecho de evitarme a mí sentarme con Él es la siguiente: Aparece una situación conflictiva -yo intentando elegir el asiento16A- y el sujeto -la señorita- tiene la posibilidad de determinar su resolución en mi favor -esto es, ayudarme-. Así, llega el siguiente incauto pasajero y con él aparece una nueva situación conflictiva. El sujeto-señorita va resolviendo a favor de las posibles víctimas todas y cada una de las situaciones, hasta que llega el último pasajero. Entonces ya no puede decidir, no se trata de una decisión, no depende de él-ella. Así que no hace nada. Lo que hace de este proceso mental subyacente -suponiendo que tal proceso subyazca en absoluto, lo que es mucho suponer- uno totalmente irracional es lo que todos ya sabíamos a simple vista: que pare donde pare la señorita de ayudar a pasajeros,en el proceso siempre hay una víctima,y por tanto la ayuda, en términos globales, no ha existido. Esto es: si se estudia la situación anticipando resultados, el sujeto racional sabrá, en el momento de decidir ayudar al primer incauto, que en realidad no puede decidir ayudar, que en el fondo no existe la elección. En fin. Tanta palabrería para concluir lo que estaba claro: En resumidas cuentas, que con mi salvación no se ha ayudado al grupo “avión”. Sin embargo,a esa señorita el cuerpo le pedía salvarme. Que se lo pidiera tiene que ver con verme la cara, claro que sí, yo no soy “el que llegue el último”. Yo la estoy mirando, y además he sido amable, hasta quería dejar dos asientos juntos libres para el que llegara detrás. Pero no me digáis que no es guay que existan irracionalidades instintivas en beneficio de los demás, que parece que para solidarizarse con ganas hubiera que escuchar sobre todo al cerebro, y claro, pues es un rollo. Dos momentos de la vida reciente, sin ningún protagonista en común pero conmigo como testigo. Era un día de julio, no recuerdo cual. Mi amiga Carmen me llevó a un concierto, el cual prefiero ni mencionar, más que porque exista razón alguna para no mencionarlo, por no recordarlo demasiado bien. Lo que sí recuerdo es que el sitio donde tenía lugar era uno muy pequeño, con pocas mesas,y que todas eran muy grandes. Una en concreto se encontraba ocupada únicamente por un chico, y nosotros éramos bastantes, de modo que el dueño -al preguntarle dónde sentarnos, no se vaya a pensar ninguno que preguntamos al dueño por la vida de sus clientes así, sin venir a cuento- nos aseguró que lo suyo suyo, lo que se estilaba en su bar, era informar al chico de que allí nos íbamos a sentar, en su mesa, todos juntos. Nosotros hicimos lo propio, aunque, como se estila en la sociedad en general -dijera lo que dijera el dueño gordo aquel- preferimos, más que informar al chico en cuestión, preguntarle educadamente si estaba solo y si podíamos ocupar un lugar a su lado. Él, ya de entrada, se puso nervioso. Era de esas personas que encuentran terrorífico el mero hecho de que un desconocido decida dirigirle la palabra. A pesar de todo, nos indicó que esperaba gente, “un persona, tal vez incluso dos”, para que supiéramos no sé bien qué, porque pese a su intento de poner las reglas lo que consiguió poner mejor fue cara de que hiciéramos lo que quisiéramos. Y si nos sentábamos, allí no cabían dos más. De modo que pensé que la advertencia no era tal sino más bien una especie de comentario post derrota, tipo “pero que sepáis que me habéis jodido”. El concierto empezó, y el chico seguía solo -sólo con nosotros, vaya-. Es reseñable también el hecho de que “antes de que empezara pero después de que nos sentáramos allí” -la franja temporal que que puede ser así descrita- fue un rato, también, de considerable longitud. Vamos, que si había quedado de verdad con alguien, una persona, tal vez incluso dos, llegaba/n más de una hora tarde. Y ocurrió: En medio del concierto, apareció una chica. Se sentó a su lado, de modo que la vida en aquel banco -que es lo que era el mueble donde nos apoyábamos- comenzó a ser realmente incómoda. Sin embargo, era justo. Estábamos avisados. Pensé que si aquella chica llegaba tan tarde sólo eran posibles, entre ella y nuestro protagonista, dos tipos de relaciones: de novios/amigos íntimos -tipo 1: mucha confianza, sé que me perdonas siempre- o de prácticamente desconocidos -tipo 2: en realidad no quería quedar contigo, pesado, así que ahora te lo demuestro-. Su escueta conversación, al lo largo de los pocos temas -musicales- que le quedaban a la velada, me hizo decantarme por la segunda opción. Pero este no es el tema. El tema es que, una vez se encendieron las luces, el chico comenzó a explicar a su compañera, prácticamente a gritos -ya que el verdadero destinatario de su comentario estábamos no solamente algo más alejados de él que ella, sino que además hablábamos los unos con los otros y en un tono no poco elevado, como resultaba el adecuado para poderse comunicar en aquella sala-, cómo sus compañeros de mesa “habían creído todo el rato que en realidad estaba solo”, “jamás hubieran dicho que hubiera quedado de verdad con nadie, y menos con una chica”. Yo le oí, claro está. Nadie más lo hizo. Dudo siquiera que el resto de mis acompañantes se hubieran percatado de que al final había aparecido una chica. Pero él estaba convencido de que era el centro de atención de aquella mesa,de que todos habíamos pensado muy mal de él mucho rato, y luego mejor, o peor, pero mucho rato de “pensar” y mucho rato de “en él” -yo un poco, vale, pero yo estaba pensando que seguramente pudiera escribir algo, así que no soy válida como acierto de su versión de por qué el mundo le hacía caso-. Es increíble la importancia que nos damos. Todos nos hubiéramos sentido aliviados de recibir un acompañante si hubiéramos estado en aquella situación. Me atrevería a decir incluso que la mayoría de nosotros hubiera comentado en voz alta el malentendido social en algún momento. Es que nosotros, yo, es en lo que están pensando todos, exactamente como cuando se folla con alguien por primera vez: prácticamente no damos pie con bola porque la absoluta totalidad de nuestros recursos está siendo utilizada en fabricar un personaje que guste al otro, porque éste “va a pensar” ,“va a pensar” hasta la exacerbación. Pero el otro no piensa nada de nosotros, está demasiado ocupado preocupándose por lo que vayamos a pensar nosotros de él. Qué divertido. Hace ya más de un mes que terminó, gracias a lo que sea que las merezca -las gracias-, el proceso de oposición por el que he decidido pasar este verano. Pues bien: no tengo la menor intención de comentar nada al respecto de su diabólico funcionamiento, si bien reconozco que nombrarlo tenía el único objetivo de calificarlo así, y calificarlo así tenía a su vez el exclusivo objeto de proporcionarme placer. Pero el caso es que las personas sometidas a presión, competición obligatoria, absurdo administrativo y otros deportes favoritos del sector, actúan sólo, y digo sólo, como pueden, hecho que resulta ser origen de comportamientos, a veces, dignos de mención. Uno de ellos, de los dignos, lo protagonizamos Pedro y yo. De Pedro, poco más sé que el hecho de que finalmente ha resultado que es profesor funcionario de Economía en bachillerato, de modo que no me incomoda lo más mínimo hacer público su nombre, aun sin conocerle. La cuestión es la siguiente: El día en que tuvieron lugar los hechos, todos los que nos habíamos presentado a aquel examen teníamos ya nuestra nota. Estábamos allí, sin embargo, para demostrar todos los puntitos -de esos que son fruto y prueba de que has trabajado y estudiado mucho y has sido muy muy bueno- que habíamos conseguido reunir de cara a la segunda fase de la oposición. A la salida de trámite tal, yo estudiaba cuidadosamente la lista de puntos ajenos, por fomentar y fundamentar mi autocompasión, más que nada. Total, que este chico, que pululaba por allí, entabló conversación, lo que inevitablemente derivó, a lo largo de los siguientes tres minutos, en preguntarnos mutuamente notas por un lado y puntos previstos por el otro. Al efecto de que se entienda lo que allí ocurrió, desvelaré antes que nada las notas y puntuaciones reales de cada uno de nosotros -porque al fin y al cabo todas son públicas, hecho que dota a la conversación de un poco más de surrealismo entrañable, la verdad-. Él: 7,45 de nota, 6,45 de puntos, media -ponderada- de 6,6. Yo: 7,94 d nota, 4,1 de puntos, media de 6,4. Pues bien: Empezamos a hablar, y varios factores fueron llevando la conversación por un camino de datos irreales, siempre tangenciales a los que sí eran, que merece la pena comentar. Ni únicamente hacia arriba ni únicamente hacia abajo: La malversación de los datos hacía que los allí citados fueran rodeando la realidad, sin tocarla, como si quisieran mantener la distancia por ambos lados, hacer un círculo perfecto a su alrededor, mintiendo cada vez en un sentido, por causas diferentes. Primero fue él: Su nota era de siete. Su razón, el miedo a que pudiera parecer que entablaba conversación para quedar por encima. La mía, ocho. La otra mía, vergüenza a que, inevitablemente, se interesaría después por mi baja puntuación. Sus puntos: 7. Tiene miedo de que le ponga la cara que él está intentando no ponerse desde que conoce sus datos, ésa de “ni de coña, lo de la plaza”. Véase “La otra mía, ocho” para observar el mismo comportamiento, asociado a aquella vergüenza. Los míos: 4. Por un momento le veo positivo respecto a las notas, y espero ver una cara de “seguro que sí” -socialmente probable, por otra parte- , sin tener que inflar nada más, más bien intentando bajar la media, acercarla a la realidad. Las medias: Insospechadas. No podemos decir la verdad, porque las que conocemos estaban calculadas en base a otros datos. Al final creo que fueron 7,3 la suya y 6,9 la mía, un poco lo que es al azar. Eso sí: la distancia a las reales,en lo que a las medias finales se refiere, prácticamente la misma. Qué bonita la homogeneidad de comportamientos. Y sin habernos visto en la vida, eh. Hace bastantes días ya que no cojo el Alvia Madrid-Barcelona. En cierto modo resulta un alivio, la verdad. Sin embargo, en otro modo no menos cierto es un hecho que estos días sin vivirlo me he dado cuenta de la cantidad de oportunidades de observación de la conducta humana que proporciona. Y yo soy adicta, claro está ya a estas alturas, y si cuento todo esto es con el objetivo de justificar que, pensando hace un rato qué podía contar aquí hoy, haya recurrido a este tren. La cosa es que, en el último trayecto que hice, mi compañera de viaje resultó un pelín más pintoresca de lo normal -de la media, digamos, para evitar suspicacias-. Se trataba de la típica pseudo-hippie que ronda los cincuenta, portadora de ropa barata y desteñida -lo digo con admiración- por un lado pero que lucha por quitarse años siéndolo a la vez de bastante maquillaje y mucha pintura de uñas -lo digo sin ella- por el otro. Hasta ahí todo bajo control: La miro, la clasifico mentalmente tal y como os acabo de contar, sigo escuchando lo que fuera que escuchaba aquel día. Al rato, y según los acontecimientos del entorno la van dando oportunidad, se comienzan a suceder los comportamientos que la convertirían en fuente especial de atención por mi parte: 1- Cuando sale y entra a su asiento -ella va dentro, tengo que levantarme tanto para dejarle efectuar una operación como la contraria- no dice ni mú. Pero ni mú ni mú, esto es: Me empuja, y cuando yo le pregunto si quiere salir -con el objetivo de convertir la situación en una que yo pueda clasificar acorde a mi experiencia previa- ella no contesta, limitándose a empujar con más fuerza. Pienso: “qué tímida”. 2- Cada vez que vuelve de donde fuera que hubiera ido -es que se levantó muchas veces, eh- , vuelve cantando a voz en grito, o más bien recitando letras -que nunca he oído-, todas con un denominador común: el buen rollo. O eso -lo del denominador común- o es que se trataba de estrofas diferentes de la misma canción, que también puede ser. En cualquier caso, lo que quiero que quede claro es que, además de cantar en un volumen considerable, la/s letra/s en concreto que decidía repasar resultaban especialmente vergonzosas- léase en el buen sentido- de cantar: Que si “todos juntos”, que si “la felicidad a tu lado”... La primera vez -y todas y cada una de las que lo vuelve a hacer- confirmo mi pronóstico: Timidez extrema. Tanta, que como sabe que llama la atención per se toma la decisión de llamarla mucho más, para marcar los límites. Quiere dar miedo, creo. 3-Cuando un desventurado caballero, que se sienta dos filas más cerca de la pantalla de vídeo que nosotras, decide tomarse su bocata permaneciendo en pie, Ella decide que es momento de dirigirme la palabra. Como el conflicto se lo plantea otro, ahora sí: “¿Y este señor no se piensa sentar?”. Yo, que sigo concentrada en diagnosticar su miedo a los demás o su todo lo contrario, apenas muevo la cabeza. Segundos mas tarde, grita “¿Quiere usted sentarse, hombre, que no vemos nada!”. En este momento, reconozco que me desconcierta. No sé. Ahora, simplemente, no entiendo su relación con el mundo. Dudo de todas mis conclusiones anteriores. Necesito una respuesta. 4- Cuando una no menos desventurada mosca comienza a resultar insistente en su deseo de sobrevolar nuestros asientos, la decisión de la protagonista no resulta otra que espantarla a revistazos. Coge la revista del corazón que ha ido hojeando todo el trayecto, y la agita violentamente con el objeto de quéséyo. Por supuesto, en uno de estos vaivenes de su arma me golpea. La miro. Ni me mira. No abre la boca para pedir perdón, por supuesto. Sé que muchos pensaréis que esta última intervención de nuestra estrella indica todo lo contrario. No obstante, yo me limito a relatar lo que pensé, literalmente, en aquel momento: “Se confirma. Es tan tímida que ni siquiera se atreve a pedir perdón”. Y lo digo con conocimiento de causa, creedme. No de la suya, sí de la causa. Hace ya cosa de un par de semanas, una funcionaria interina de inglés que ronda los cuarenta y aún no conoce bien a sus nuevos compañeros de trabajo -acaba de llegar al centro para llevar a cabo su última sustitución del año-, llegó al bar donde cada día el resto de los profesores tomamos el café. Muy en contra de lo esperable de un recién llegado a un grupo social -discreción, pongamos por titular- la mujer se marcó un speech, desde el mismo momento en que entró por la puerta, de nunca menos de diez minutos de duración. Las frases que lo componían eran sueltas. Lo que se conoce por "frases sueltas", quiero decir. Tenían, o así lo parecía desde la posición personal del público asistente -gente, insisto, que apenas la conocíamos- bien poco que ver entre sí. En realidad no resultaba excesivamente difícil adivinar por dónde iban los tiros -los de conectar las frases, digo, tipo "a esta tía lo que le pasa es que..."-, pero la cuestión es que, bien mirado, esos tiros no tienen el menor interés. Lo que quiero rescatar aquí son las cuatro ideas inconexas que resumen todo lo que allí se dijo y cuyo desarrollo, no mucho menos esquemático, compuso la totalidad del monólogo: 1-Me gustaría enamorarme de alguien, para poder hacer locuras, como hace la gente. 2-Quiero dejar este trabajo, pero no la lista de interinos, porque no quiero haber perdido el tiempo que ya le he dedicado. 3-He echado un CV en el Corte Inglés de Lisboa, porque de pronto se me ha iluminado la bombilla cuando he pasado por delante del de Nuevos Ministerios: si es el Corte Inglés, pues tendrán un único proceso de selección... 4-Con este señor que os contaba el otro día pues es que no sé si quiero estar, porque es que cuando estoy con él lo único que me apetece es beber whiskey, así que yo creo que me voy a ir a Estados Unidos. Hay tantas versiones de no saber de qué va la vida de uno como personas en el mundo. Éste no entenderlo en concreto, el de esta señora, no es ni mejor ni peor que el mío ni que el de nadie, claro, pero ya me gustaría a mí poder expresar el mío, algún día tonto, con ese arte. Esta mañana, como cada mañana, en realidad, Ana estaba muerta de nervios. Cada vez que tiene que pasar por cualquier tipo de prueba, y por supuesto entonces cada vez que va a examinarse, los nervios se la comen. Le va bien, tiene unas notas muy aceptables, pero es que se la comen. David, sin embargo, también como cada vez que va a examinarse, se gusta. Se lo sabe todo, intenta recitarme la frase más recóndita de sus apuntes para demostrármeyselo... Son amigos desde primaria. Se sientan juntos, en primera fila. Llegan los primeros a clase, van juntos al patio, se sacan el sandwich a la vez. Esta mañana, y vuelvo así al hilo, David estaba intentando contarme la biografía de Rasputín. (Esto último no es ningún recurso estilístico; es un hecho). Ana, que se ha puesto más nerviosa si cabe ante no sé qué dato que David exponía, ha espetado en bajito "Joder, no empieces con tus...". Nada más. David la ha mirado, ha puesto cara de intensa desaprobación y ha contestado "Es que no he empezado ni a hablar y ya estás..." La situación era tan clara, la hemos vivido tantas veces, somos tan más mayores que ellos. Ana, antes de acabar de decir lo poco que ha dicho, ya estaba arrepentida. De hecho, ha mirado al suelo y no ha seguido hablando. Pero no iba a admitirlo, y, además, tampoco importaba que fuera a hacerlo, porque David tenía que contestar y ya nada tendría remedio. Pero claro, estaba yo allí mirando, y me han enternecido: "Vosotros sois amigos desde muy pequeños, ¿no? Se os nota".Ya está. Fin de la sensación de culpa. Se han sentido afortunados y han sonreído. Qué guay es saber que sólo hay que comentar lo que está pasando para que deje de pasar. Qué rollo que no nos apliquemos casi nunca. El sábado cogí prestado Berlín Alexanderplatz de la biblioteca Joan Fuster, de Barcelona. Trata de un señor en una ciudad. De momento. Dentro, encontré una fotocopia de un artículo de un periódico sin identificar: ¿Por qué lo hacen? de Josep Peñuelas Reixac. Trata de lo difícil y meritorio que es ser científico en general y lo más de lo uno y lo otro que supone serlo en España en particular. Por detrás, a mano -tinta azul-, alguien ha escrito, literalmente: En US la vida parece una película, porque todas las películas se ruedan allí. Todos los norteamericanos son actores y sus casas, sus coches, sus deseos parecen falsos (32) Nada más. No sé de qué fuente proviene. Ni siquiera me gusta mucho la cita. Pero me encanta la tercera derivada que supone colgarlo aquí, porque a alguien le pareció que merecía la pena copiarlo. Total, este blog va de eso. El Café Comercial. Yo, sentada con un refresco y, precisamente, pensando en si me apetecía escribir algo en algún tipo de blog. Hacia la una de la tarde. Aquello, casi vacio. Delante de mí, la típica pareja que se ve a estas horas tomando café: hombre y mujer, progres, en sus 50, hablando de sus proyectos... la típica relación a media distacncia, vaya, pero de gente mayor y progresista de los de toda la vida. Yo les miro y me imagino que uno de ellos -sí, creo que es ella- desea secretamente al otro desde hace años, y que ésa es la razón por la que la relación nunca ha ido a más intimidad, y por la que, de hecho, a él ella le resulta hasta pesada... Se van. Me concentro mejor en mis cosas, al poder dejar de pensar de dónde será ese acento -el de ella-. Yo diría que yanki, por cierto. El camarero comenta, al único otro cliente -¿Por qué no me lo ha comentado a mí? Creo que tengo que hacerme mirar lo de mi sociabilidad, desde luego- que alguien se ha dejado una bolsa llena de cosas debajo de una mesa. Comenta, ya que está, la frecuencia con la que esto pasa, algo sobre las características de las bolsas de plástico en general... un montón de cosas, en realidad. Qué capacidad de comentario. Yo, mientras tanto, me imagino a alguien en algún punto de Madrid que se da cuenta de que ha olvidado su bolsa. Con el currículum dentro. Y que la entrevista empieza ya, y que no lo ha traido.Y en cómo reflexiona sobre la ironía de las oportunidades únicas...En fin. Vuelve el silencio. Alguien reclama la bolsa. Mira, pues no ha habido drama, qué buena noticia. Anda, si es ella. La yanqui. A grandes voces, nos llama la atención a todos sobre que sí, que confirma que es su bolsa y sobre lo despistado de su forma de ser. Se sienta, a llamar por teléfono un momento. Yo pienso en que es normal, que si se ha olvidado sus cosas ahora llegará tarde a algún sitio -a entregar, probabelmente, ese proyecto de festival que finalmente demostrará que el cine austríaco todavía tiene mucho que decir... y que, ya que ha vuelto a entrar, mejor se está hablando sentada en el Café Comercial que en los bancos de la calle. Con el día que hacía, ya os digo yo que sí. Pue eso, Que será un momento.Qe ahora se irá. Pero no: cuando acaba esa conversación, se pide una coca-cola. Y llama a alguien más. A este alguien empieza preguntándole por las niñas, conque. Se confirma. Quería rehuirle. A "él", claro está. Al él que tan claramente deseaba en silencio. Yo sólo puedo admirarla. Qué manera de echar a alguien de una cita. Qué manera de que te dé igual lo que pensemos el resto -todos la hemos oído decir que tenía prisa, Juan, que es que no hay tiempo nunca para nada...-. Imagino entonces que él, hace años, le pidió la mano. Toda era al revés de como yo lo había pensado. Ella se horrorizó. Y eso que quererle, le quería. Nunca volvió a ser lo mismo. De hecho, qué digo, nunca volvieron a hablar. Hasta ayer por la tarde. Él quería quedar. A ella la proposición no le producía más que pereza, pero no ir la hubiera convertido toda en culpabilidad. Lo único que había ocuurido allí es que dos tíos se habían tomado algo y uno de ellos había vuelto después a hablar por teléfono. Pero, igual que las cosas pasan aunque nadie las vea, las cosas pasan de una manera concreta aunque alguien las vea. Si nadie las ve, su significado puede cambiar definitivamente. Si alguien las ve, mucho más. Eso es lo divertido de lo de vivir aquí todos juntos. Hoy tres de mis alumnos han recibido una grata noticia de mi parte: Han aprobado la tercera evaluación de una asignatura -cuál, no es relevante- de la que hasta ahora no habían aprobado ni un solo examen. La posibilidad de superar la asignatura completa en Junio se limita para ellos, ahora,a la superación con éxito de una prueba final que tendrá lugar pasado mañana. Aprobar dos evaluaciones en dos días es, a todas luces, muy complicado. De hecho, no habiendo comenzado a estudiarlas, el haber superado la tercera no es sólo poco útil de cara a aprobar la asignatura: Es, incluso, contraproducente. Como poseen, y lo sabemos porque la han aprobado, conocimientos correspondientes a una de las evaluaciones, tendrían más posibilidades de hacer un examen final digno si éste comprendiera las tres. Pero no es el caso: Sólo les preguntarán sobre aquello que todavía ni han leído. La cosa se pone aún más dificil que ayer. Sin embargo, la noticia les ha inyectado una dosis de vitalidad para afrontar el estudio de la asignatura como ninguna otra cosa hasta ahora: Si han aprobado una, pueden aprobarlo todo. Y, para ello, van a matarse a estudiar, y probablemente suspenderán, pero probablemente también después de ese matarse estarán más cerca de aprobar de lo que lo han estado nunca. La información que nos llega del entorno - como seres vivos que han de procesarla y crear respuestas que aseguren la propia superviviencia- es , en el caso de los seres humanos que conozco, prácticamente irrelevante. No porque no condicione de manera definitiva nuestras acciones, sino por el sentido en que lo hace. No es irrelevante su existencia; no lo es, tampoco del todo, su contenido.Sí lo es, sin embargo, el signo de éste: tanto la afirmación como la negación del mismo enunciado, "por parte del entorno", pueden provocar idénticas interpretaciones por nuestra parte. Cómo reaccionamos ante lo que nos pasa es una variable relevante de cómo lo entendemos. Cómo lo entendemos, no lo es del contenido real de las experiencias. No lo es, en absoluto, de "lo que nos pasa". Para que lo sea de manera eficiente, para no caer en la incoherencia, existen ya elaboradas teorías sobre toma de decisiones. Vaya, que no es que no esté todo dicho al respecto. Es que yo, hoy, lo vuelvo a decir. |
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