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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

08/09/2007

Hace ya más de un mes que terminó, gracias a lo que sea que las merezca, el proceso de oposición por el que he decidido pasar este verano. Pues bien: no tengo la menor intención de comentar nada al respecto de su diabólico funcionamiento, si bien reconozco que nombrarlo tenía el único objetivo de calificarlo así, y calificarlo así tenía a su vez el exclusivo objeto de proporcionarme placer. Pero el caso es que las personas sometidas a presión, competición obligatoria, absurdo administrativo y otros deportes favoritos del sector, actúan sólo, y digo sólo, como pueden, hecho que resulta ser origen de comportamientos, a veces, dignos de mención.

Uno de ellos, de los dignos, lo protagonizamos Pedro y yo.

 

De Pedro poco más sé que el hecho de que finalmente ha resultado que es profesor funcionario de Economía en bachillerato, de modo que no me incomoda lo más mínimo hacer público su nombre, aun sin conocerle.

 

La cuestión es la siguiente: el día en que tuvieron lugar los hechos todos los que nos habíamos presentado a aquel examen teníamos ya nuestra nota. Estábamos allí, sin embargo, para demostrar todos los puntitos -de esos que son fruto y prueba de que has trabajado y estudiado mucho y has sido muy muy bueno- que habíamos conseguido reunir de cara a la segunda fase de la oposición. A la salida de trámite tal, yo estudiaba cuidadosamente la lista de puntos ajenos, por fomentar y fundamentar mi autocompasión, más que nada. Total, que este chico, que pululaba por allí, entabló conversación, lo que inevitablemente derivó, a lo largo de los siguientes tres minutos, en preguntarnos mutuamente notas por un lado y puntos previstos por el otro.

 

Al efecto de que se entienda lo que allí ocurrió desvelaré antes que nada las notas y puntuaciones reales de cada uno de nosotros -porque al fin y al cabo todas son públicas, hecho que dota a la conversación de un poco más de surrealismo entrañable, la verdad-.

Él: 7,45 de nota, 6,45 de puntos, media -ponderada- de 6,6.

Yo: 7,94 de nota, 4,1 de puntos, media de 6,4.

 

Pues bien: empezamos a hablar, y varios factores fueron llevando la conversación por un camino de datos irreales, siempre tangenciales a los que sí eran, que merece la pena comentar. Ni únicamente hacia arriba ni únicamente hacia abajo: la malversación de los datos hacía que los allí citados fueran rodeando la realidad, sin tocarla, como si quisieran mantener la distancia por ambos lados, hacer un círculo perfecto a su alrededor, mintiendo cada vez en un sentido, por causas diferentes.

 

Primero fue él: Su nota era de siete. Su razón, el miedo a que pudiera parecer que entablaba conversación para quedar por encima.

 

La mía, ocho. La otra mía, necesidad de compensar como fuera  una baja puntuación que tendría inevitablemente que anunciar a continuación. 

 

Sus puntos: 7. Tiene miedo de que le ponga la cara que él está intentando no ponerse desde que conoce sus datos, ésa de “ni de coña, lo de la plaza”.

 

Los míos: 4. Por un momento le veo positivo respecto a las notas, y espero ver una cara de “seguro que sí” -socialmente probable, por otra parte- , sin tener que inflar nada más, más bien intentando bajar la media, acercarla a la realidad.

 

Las medias: insospechadas. No podemos decir la verdad, porque las que conocemos estaban calculadas en base a otros datos. Al final creo que fueron 7,3 la suya y 6,9 la mía, un poco lo que es al azar.

 

Eso sí: la distancia a las reales, en lo que a las medias finales se refiere, prácticamente la misma. Qué bonita la homogeneidad de comportamientos. Y sin habernos visto en la vida, eh.

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3 comentarios

blan -

De nada... tienes algo que ver con la historia?

Anónimo -

Gracias por ese mensaje en botella!!

Blan -

Escribo más de cinco años después (madre mía) para hacer saber a quien sea que vuelva a leer alguna vez esta entrada que dos años de todo aquello saqué yo la plaza, consiguiendo una excelente puntuación de parte de un tribunal del que Pedro formaba parte. Me acabo de releer y me ha parecido digno de contar.
Nadie dijo nada, eh, ni siquiera estoy segura de que él me reconociera.
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