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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

20/10/2007

Esta mañana he volado de Sevilla a Barcelona. Llegaba yo pronto a facturar, aunque no por la razón por la que suelo hacerlo -la de que soy una histérica, vaya, aunque venida a menos-. Llegaba pronto porque venía desde Córdoba, recorrido que ha conllevado utilizar a su largo toda un serie de medios de transporte. Los medios, de manera individual, han sido relativamente eficientes. Pero claro: eran, además, “toda una serie”, conque qué más daba la eficiencia individual. Esta eficiencia es necesaria, pero no suficiente, para poder arriesgarse a llegar justo de hora a cada uno de ellos. Total, que entre la exacerbación de mi ánimo natural de prevención y los inevitable desajustes de horario, pues eso: que he llegado pronto, vaya. Que me lío.

En la cola de facturación cuyo cartel decía Economy no había nadie, si bien la señorita que sí atendía a los clientes Business me instaba a esperar a quien fuera que me tenía que atender. En efecto: la chica cuya atención me correspondía se encontraba escondida junto a la máquina de autofacturacion, bueno, en realidad no estaba escondida,sino más bien al contrario, y es que cuando finalmente he conseguido verla he comprobado que se encontraba agitando exageradamente ambos brazos para conseguir que yo me acercara.

El porqué de la máquina de heterofacturación -allí se completaba, el procedimiento- es un poco lo de menos. La cosa es que, en medio del mío -mi procedimiento-, me ha preguntado qué asiento quería. Le he dicho que cualquiera, pero que pasillo, y ella me ha asignado uno cuyo acompañante aún estaba libre. Al verla hacerlo, le he indicado si no prefería ponerme en la fila inmediatamente anterior, en la que el asiento de ventana estaba ocupado, de manera que las opciones de sentarse juntos para las posibles parejas de viajeros fueran mayores. En ese momento ha levantado la vista, muy seria, y me ha contestado: es que ese tío es un plasta. ¿Ese tío? ¿Qué tío? -esto no lo he dicho, claro-. Sin embargo, así y todo, la facturanta me ha contestado: el tío que se ha puesto en la 16, es que es muy pesado. Está deseando sentarse al lado de alguien que no sepa decirle que no, y así poder contarle su vida.

A continuación me he limitado a deshacerme en agradecimientos y a marcharme, tan contenta, con mi fila 17.

Nada más dejar el no-mostrador, se me han venido varias preguntas a la cabeza -por ejemplo, ¿como sabía ella lo que pretendía él? ¿tan claro lo había dejado con su comportamiento durante el proceso de compra del billete? -menudo crack, si ha sido así, por otra parte- . Pero sobre todo se me ha venido una más importante:

 

¿Qué gana el mundo con evitar que yo me siente al lado del señor pesado?

 

Lo que quiero decir es que, cuando uno intenta ayudar a alguien, ve el sentido de tal ayuda en el hecho de que ese alguien va a mejorar su calidad de vida, en el aspecto o momento que sea, sin que nadie pierda nada, o al menos sin que pierda tanto como ha ganado la persona ayudada -esto es, uno ha hecho del mundo un sitio un poco mejor, en términos Disney- . Sin embargo, estando el avión completo como estaba -cosa que ella sabía, porque ha sido ella quien me ha facilitado el dato-, salvarme a mí era únicamente salvarme a mí, esto es, alguien iba a tener que sentarse al lado del señor pesado de cualquier manera.

 

Esta decisión irracional -la de intentar ayudar a los pasajeros del vuelo en cuestión, sin hacerlo en realidad- se podría intentar explicar pensando en que la señorita de los brazos agitantes buscaba la justicia poética, esto es, que al menos le tocara sentarse en la fila 16 al último en llegar, y no a alguien al azar. Pero como todos sabemos que lo que ha experimentado esta señorita ha sido un instinto sin mayor importancia, me voy a atrever a intentar desentrañar la lógica interna del susodicho instinto -sin que tal intento, por favor, conlleve leer que pienso que los instintos son entidades con lógica interna; es por pura diversión-. Tal y como lo veo, la idea que puede racionalizar el hecho de evitarme a mí sentarme con Él es la siguiente: aparece una situación conflictiva -yo intentando elegir el asiento16A- y el sujeto -la señorita- tiene la posibilidad de determinar su resolución en mi favor -esto es, ayudarme-. Así, llega el siguiente incauto pasajero y con él aparece una nueva situación conflictiva. El sujeto-señorita va resolviendo a favor de las posibles víctimas todas y cada una de las situaciones, hasta que llega el último pasajero. Entonces ya no puede decidir, no se trata de una decisión, no depende de ella. Así que no hace nada. Está bien. Lo que hace de este proceso mental subyacente -suponiendo que tal proceso subyazca en absoluto, lo que es mucho suponer- uno totalmente irracional es lo que todos ya sabíamos a simple vista: que pare donde pare la señorita de ayudar a pasajeros, en el proceso siempre hay una víctima,y por tanto la ayuda, en términos globales, no ha existido.

En fin. Tanta palabrería para concluir lo que estaba claro: en resumidas cuentas, que con mi salvación no se ha ayudado al grupo “avión”. Sin embargo,a esa señorita el cuerpo le pedía salvarme. Que se lo pidiera tiene que ver con verme la cara, claro que sí, yo no soy “el que llegue el último”. Yo la estoy mirando, y además he sido amable, hasta quería dejar dos asientos juntos libres para el que llegara detrás. Pero no me digáis que no es guay que existan irracionalidades instintivas en beneficio de los demás, que parece que para solidarizarse con ganas hubiera que escuchar sobre todo al cerebro, y claro, pues es un rollo.

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2 comentarios

Blan -

Completamente de acuerdo. Ese es el quid de la cuestión.

Axl -

El quid de la cuestión es el de las "decisiones" que mencionabas. Todo acto humano, hasta donde he alcanzado a apreciar en mi vida, puede reducirse a: capacidad/incapacidad y motivación/desmotivación para tomar una decisión. Se podría escribir un libro sobre ese tema, pero en este caso puntual la situación es sencilla: Si al conjunto de pasajeros N les evita estar junto al sujeto X, se vuelve inevitable que N-1 se siente junto a X, eludiendo la responsabilidad sobre este acto, debido a la inevitabilidad del mismo.
Y esto es, en la práctica, aplicable a millones de pequeñas situaciones en la existencia humana.
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