Blogia
Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

03/11/2007

Parada del 28 de Plaza de Cataluña. Origen de línea. Llego corriendo porque creo que se me va, pero no se me va; llega. Dadas las circunstancias, puedo dedicarme a plegar tranquilamente la bici, y, una vez hecho, incluso a sentarme un rato a mirar la plaza.

Poco rato mirada, llega una señora. En ese momento se abre la puerta del autobús, y el conductor baja. Para los que ya tenemos experiencia en el funcionamiento del origen de la línea 28, hecho que es el caso en ese momento para las dos personas que nos encontramos mirando cómo baja, este descenso es absolutamente familiar. Sabemos que el sujeto en cuestión se alejará unos metros, durante unos minutos, de su puesto de trabajo, con el sano objetivo, según se mire, de fumarse un cigarrito antes de retomar su labor. Sin embargo, nuestro conocimiento de la situación es imperfecto. O lo es, al menos, el de una de nosotras, porque discrepamos en un matiz: cuando el conductor desciende, nos sonríe, nos comenta que en cinco minutos nos vamos y deja tras de sí las puertas completamente abiertas, yo interpreto que podemos subir. La señora, no. Ahora bien: el origen de los acontecimientos que paso a contaros no es este malentendido inicial, o al menos no únicamente, sino otro que se deriva directamente de éste: el hecho de que yo, aun entendiendo que podíamos subir, prefiriera quedarme abajo esperando la vuelta de nuestro conductor, tomando el aire. Y es que es esta preferencia, en parte, la que supongo da las alas de la confirmación a la interpretación de nuestra señora -llamémosla V, que al fin y al cabo si por algo destacaba era por su voluminosidad-. En su cabeza todo indica que hemos de permanecer en la parada.

Dos minutos más tarde, aparece en escena la señora F -por flaca, no os vayáis a pensar, que mona sí que era- . Esta señora resulta que carece de lagunas en su know-how en lo que al 28 se refiere, de modo que automáticamente intenta subir al autobús (que sí, que la que tenía razón era yo). En ese momento, la señora V le indica, no con demasiada amabilidad -y es que las palabras “es que qué morro” fueron literalmente pronunciadas-, que el conductor nos ha dicho que esperemos y que, en todo caso, si alguien sube seré yo -yo, la que os habla, porque se ve que, al estar primero, pues eso-;que, en segundo lugar, subirá ella misma -V, que qué lío de frase, jo- y, sólo en último, subirá su interlocutora -sí, F, esto era fácil-. En este primer momento, mientras yo estoy comprendiendo la errónea interpretación de V de las palabras del conductor, F prefiere no discutir, y se limita a permanecer de pie en el lugar exacto en que ha sido sorprendida por la indicación. Ahora bien: esta limitación dura poco, porque F va muy cargada y se ve que, al pensárselo dos veces, le parece una chorrada seguir sufriendo con el único objetivo de evitar un conflicto que, de momento, no parece gran cosa. De modo que tras anunciar que a ella le parece que cuando la puerta está abierta es que se puede subir y que allá V si no lo hace, levanta sus bolsas del suelo y se dirige enérgicamente hacia la puerta. En este momento, la señora V hace lo contrario en lo que a bolsas se refiere y se lanza, y digo “se lanza” sin eufemismos, a interponerse entre la señora F y el autobús, mientras señala, a un elevado volumen, la falta de valores de F y su evidente intención de humillarnos al intentar sentarse dentro antes que cualquiera de nosotras dos. Yo me decido a intervenir, y le pregunto a V si le parece bien que subamos todos y que ya esté: no. No se lo parece, le parece en cambio que el conductor nos ha indicado que esperemos y que si yo intento ponerme de parte de F sólo estoy evidenciando mi debilidad y doblegación ante la agresión que se está intentando cometer contra mí.


F, asustada por la violencia de la actuación de V, deja el lugar.


V se queja amargamente de que la facilidad que tiene la gente para ponerse de parte de su propio agresor y de abandonar, a la vez y como consecuencia, a sus valientes defensores a su suerte.


Llega el conductor. Imprudentemente, indica que podíamos haber subido al autobús, que para eso ha dejado las puertas abiertas. Ha debido oír algo, si bien no ha debido ver nada, porque su tono es afable.


En este momento, siento una enorme curiosidad por conocer la reacción de V. Hasta ahora no se ha mostrado nada conciliadora, pero su cruzada contra F siempre había tenido un criterio, por erróneo que éste que fuera. Siento curiosidad por el efecto que tendrá el conocimiento de ese error.

Pues bien: a V le parece fatal que el conductor, además de haber supuesto el origen del conflicto con la prohibición explícita por su parte de subir al autobús, ahora lo niegue, y lo niegue, además,con el único objetivo de poner en duda, públicamente, la siempre buena intención de V.


Cómo nos gusta a los humanos abrazar doctrinas, elaboradas o no, duraderas o efímeras. Abrazarlas mucho, exprimirlas, dar sentido a nuestra existencia con el juguillo que les sacamos. Si todo fuera eso, en fin, whatever works. Si consiguiéramos que tanto exprimir no nos abocara una y otra vez a creernos con derecho -o con verdad suficiente, supongo- a imponérselas al resto de los que nos rodean, cuanto mejoraría su deambular cotidiano por el mundo. Bueno, y si ese mismo exprimir nos permitiera a nosotros mismos ser capaces de interpretar correctamente las evidencias que contradicen la verdad de lo que creemos, cuánto mejoraría el nuestro también.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

5 comentarios

Manolo -

Lo raro es imaginarse a uno mismo en la piel de la señora (cuando hemos estado, que seguro que sí) y cómo se ve todo de natural y de virtuoso, y cuán injustamente le están tratando a uno.
Ver estas cosas desde fuera nos debería ayudar a reconocerlas desde dentro, pero qué va.

Axl -

No es dificil entender a V. Cuando creemos hacer el Bien (con mayúsculas en en sentido más moral, ético y teológico de la palabra) según nuestro estricto criterio genital, nos da bastante por saco que los implicados en nuestro acto no sepan ver la magnitud de nuestra Santidad.
En definitiva, otra jodida muestra de humanidad.

blan -

Lo mismo pensé yo, pero creo que no, que escribe desde otros mundos.En otro orden de cosas, está bien, desisto. Cambio el color.
Y en un tercero, ya, qué fuerte lo de f, desde luego yo di por hecho lo del taxis,sí.

mots -

(inciso) hola cler! has vuelto? me has borrado de tu lista?? no me ha llegado ninguna crónica!!

(a lo que iba) rectifico. lo sigo leyendo fatal. a lo mejor son mis ojos y resulta que soy daltónico o algo...

(duda) dónde quedó la señora f? cogió un taxis?

Cler -

¿Y te dio miedito cuando te dijo lo de la doblegación? ¿O te doblegaste de risa?
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres