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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

30/01/2008

Era lunes -en realidad no sé si era lunes. Al principio, apenas un instante después de escribirlo, me ha parecido que sí lo sabía, que si me había salido “lunes” es porque en realidad lo era. Ahora, unos instantes todavía después, lo que me parece es que me ha pasado que me ha parecido, sin siquiera darme cuenta de que me pasaba, que la historia es digna de transcurrir en lunes: esas lágrimas, esa música, en fin. No adelantemos acontecimientos. El caso es que con esas lágrimas y esa música, tenía que ser lunes-.

Era lunes y yo acababa de llegar al aula de informática de la facultad donde acostumbro a pasar mis mañanas últimamente, sin que venga la explicación de tal costumbre al caso, razón por la que no me detendré en ofrecerla. Acababa de llegar. Era, además de lunes, relativamente pronto, así que aún quedaban ordenadores libres al final de alguna hilera, donde a mí me gusta situarme. Es que está uno más solo, para lo bueno y para lo malo. En fin. La hilera que escogí me ofrecía el penúltimo ordenador, es decir, el inmediatamente anterior al que se encuentra pegado a la pared, ése que definitivamente te permite un grado de intimidad que, si bien nunca llega a ser del todo satisfactorio para intentar según qué cosas en una sala al fin y al cabo pública, sí resulta al menos bastante aceptable para según qué otras.

O, al menos, eso le debió de parecer a la que era su ocupante en el momento en que yo llegué: allí, en el último ordenador de la hilera, el que está contra la pared y te permite según qué cosas, un lunes, relativamente pronto, una chica lloraba sin demasiada discreción. Yo, que vivo para esto, no pude evitar intentar ver qué hacía en aquel ordenador, qué era aquello que le había puesto tan triste. Pues bien: trataba de escribir un e-mail, cosa que no acababa siquiera de comenzar a hacer. Primero supuse, aunque sin demasiada confianza en semejante suposición, que la mala noticia había llegado en un e-mail anterior, el cual trataba de contestar. Después, me puse a lo mío. Y aún después, ella, sin haber finalmente escrito ni una sola letra de la supuesta contestación -sí, existe una diferencia entre “lo mío” y lo suyo, aunque con mi descripción de los hechos resulte complicado saber cual es-, decidió que lo único que haría el resto de la mañana sería, por un lado, tragarse un video musical tras otro, con un cierto toque de romanticismo del de las tiendas como único denominador común. Por el otro, dejaría de molestarse lo más mínimo en tratar de ser discreta: a partir de ese momento, lloraría desconsoladamente, sin apenas poder respirar.

Podemos suponer que lo que buscaba con aquel desconsuelo era experimentar el sentimiento que requerían las circunstancias inevitables que se habían dado aquella mañana, fuesen las que fuesen. O, si queréis, experimentarlo a gusto,al menos: en todo su esplendor.


Al día siguiente, cuando llegué al aula de informática, el último sitio de la misma hilera, el que está contra la pared, se encontraba ocupado. Esta vez no era lunes, supongo, o sí, si total. Decidí, empujada por una cierta melancolía de la intensidad vivida el día anterior, sentarme justo al lado de su nueva inquilina y fijarme en ella. La nueva, para mi grata sorpresa, tampoco prometía demasiada normalidad: era mayor, original en el vestir, de respiración bastante sonora, de lamentos constantes y entrecortados en voz considerablemente alta... pues bien: lo que tal señora se dedicó a hacer, a lo largo de absolutamente toda la mañana, fue visionar capítulo tras capítulo de Pasión de Gavilanes, de cabo a rabo y no con poca pasión, esta vez con minúscula: los lamentos que de por sí la caracterizaban -y es que no cesaban ni en sus paseos al servicio ni en el espacio de tiempo que transcurría entre capítulo y capítulo, con que- se veían considerablemente reforzados según se iban sucediendo los acontecimientos en pantalla: cómo gritaba, cómo sufría. Qué bien le venía, para dar sentido a sus lamentos, aquella sucesión de desgracias tan bien planificada.

Podemos suponer, o eso hice yo por mi cuenta en aquel momento, que lo que buscaba eran una serie de circunstancias que justificaran el sentimiento inevitable que la invadía per se.


Cómo se hubieran podido ayudar, las ocupantes del último asiento de aquella hilera, si se hubieran encontrado. Lástima que no ocurriese todo en lunes, que no pudieran regalarse experimentación de sentimientos y circunstancias la una a la otra, que tuviesen que recurrir a la misma página web de videos que me niego a nombrar. Imaginaos la conversación, la escena, la plenitud de la vivencia.

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7 comentarios

Manolo -

Ya, eh

Clara -

El metro. Que es al lugar que vas justo después de haber discutido en el banco del parque del barrio. O de haber visto tu suspenso en una lista.

Manolo -

Tú lo que tienes que hacer es sentarte donde te dé la gana, pues no faltaría más.

¿Cuántos lloraderos públicos habrá? Ya sabemos que las salas de informática de las universidades lo son. ¿Qué más cumple esa importante función?

blan -

aaaaahhhhh
Qué gracia que ET y David el gnomo juntos no me hayan evocado lo de la pena pero ni por asomo, vamos. Que no lo veía.

clara -

No, mujer, me refiero al moco que uno mismo produce cuando llora sin parar. Es una metonimia, "moco" como símbolo de "llorar".

blan -

aclárame lo de la producción de moco ya, por dios... porque a ET le veo echando moco, pero David el gnomo... bueno, al menos no tanto...

cler -

Blan, por dios, mira que si el lunes próxima la silla del fondo estuviera vacía y tú te sentaras en ese sitio, por probar...y una fuerza marciana te absorbiera y te pusieras a ver ET una y otra vez...y luego David el Gnomo...hasta ahogarte en tu propia producción de moco...
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