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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

22/04/2008

 

La miro fijamente. Ella se da cuenta, y se pone nerviosa. Tendrá unos treinta y tantos, bastante fondo de armario y una hija insoportable que no para de subirse a una barra de las que se encuentran en los vagones de metro, ya sabéis, una de esas que sirve para agarrarse subiendo el brazo pero que luego descienden brusca e inesperadamente para acabar sirviendo para agarrarse bajándolo, o bueno, igual no sabéis de qué estoy hablando porque barras en el metro hay muchas, pero en cualquier caso es igual, porque no es vuestro reconocimiento mental lo que nos interesa de aquella barra en concreto, sino más bien el hecho de que, fuera cual fuere, las instrucciones que se le habían dado al respecto a la niña que a ella se encaramaba insistentemente era QUE NO LO HICIERA, y que por favor.

Pero lo hacía, y su madre cada vez le rogaba que no con menos convicción en la voz, y la niña lo sabía e ignoraba sus súplicas con total impunidad, y entonces empieza el párrafo anterior y yo la miro fijamente, a la que ya sabemos que es la madre y de quién, y ella se pone nerviosa. La miro fijamente porque sí, quiero que se ponga nerviosa, pero sobre todo porque quiero que se ponga firme y que me dejen de llegar patadas, claro. Ella sube algo el tono; riñe con algo más de firmeza; me mira de reojo.

Ya lo sabemos, claro, que muchas veces nos aceptamos cosas a nosotros mismos y cuando nadie nos mira que en otras circunstancias nos parecerían inaceptables, y que es porque si nadie nos ve es como si no estuvieran ocurriendo.

Pero eso no es todo, creo yo.

Hay en esta historia otro señor, que un día en cualquier caso diferente del primero se encontraba en el mismo autobús que yo, y que parecía que dejaría escapar la oportunidad de recoger un papelito que se le había caído al suelo, y  que parecía, además, que lo haría sobre todo debido a la seguridad que había conseguido adquirir de que nadie le había visto: se le había caído el papel, había mirado a su alrededor, había creído apreciar que nadie la miraba, había dejado el objeto de la duda en el suelo. Sin embargo, sólo parecía que todo iba a acabar así. De pronto, como se ha dado cuenta de que ha mirado a su alrededor, resulta que se da cuenta de la razón por la que ha decidido no moverse, y muy rápidamente decide decidir lo contrario, y se agacha a recoger lo que se le ha caído.

Lo que creo yo que sí es todo es que nos aceptamos cosas que en realidad nos parecen inaceptables no sólo porque sin testigos es como si no hubieran ocurrido nunca, sino también porque creemos que esa no es la razón por la que lo hacemos.Aceptárnoslas, digo.

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2 comentarios

blan -

qué sorpresa!!

mots -

ole. me gusta mucho tu nuevo estilo novelado. beso
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