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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

10/06/2008

 

Algo no era normal. Ni siquiera sé decir si, cuando me lo pareció en aquel primer momento, lo que fuera que no cuadraba con el resto de características de la situación me pareció no hacerlo para bien o para mal. Algo pasaba, simplemente. Algo que no formaba parte del tipo de eventos que suelen tener lugar en el Burger King -en un Burger King- a las diez de la noche, pongamos que eran, de un sábado de junio, eso seguro. Se oía, se veía, se rozaba incluso a muchos de aquellos que sí actuaban de manera coherente con el momento y lugar en que nos encontrábamos: a nuestro alrededor se pedían hamburguesas, se dudaba sobre el menú a solicitar, se daban besos de tornillo a novios y amantes, se trataba insistentemente de entablar conversación con los camareros en idiomas totalmente incomprensibles para éstos, se era mayoritariamente de nacionalidad británica, se cantaban canciones sobre equipos de fútbol y otros iconos de semejante interés cultural, se. Sin embargo, por encima  de todos estos estímulos sensoriales -o por debajo, que por eso era complicado de percibir- tenía lugar otro, de no se sabe qué naturaleza o intensidad. Que algo no era normal, vaya. Si ya lo he dicho.

Sin embargo, el misterio no duraría mucho. Aquella amalgama de sensaciones formada por muchas identificables y ¿alguna? desconcertante se fue trasformando, según aumentaba el volumen de ésta última -cosa que ocurría a la vez que se revelaba como fundamentalmente auditiva, claro está-, en dos conjuntos perfectamente diferenciados y, por tanto, mucho más fácilmente descifrables: por un lado, todo ocurría como siempre lo hace. Por el otro ese día, además, una señora gritaba mucho.

Gritaba mucho y cada vez pues eso, pues que lo hacía con más ganas.

Cada vez lo hacía con más ganas, cada vez se la oía mejor, cada vez despertaba más inevitablemente la  curiosidad de todos los que allí estábamos, cada vez éramos más los que no nos conformábamos con oírla y la buscábamos con la mirada. Cada vez era menos una situación conocida a la que se sumaban unos cuantos gritos inesperados, cada vez era más un local entero mirando a una guiri entrada en años y con poca ropa que gritaba agresiva y sollozaba indefensa sucesiva pero ininterrumpidamente, y con mucha pasión.

Cuando mi acompañante y yo estuvimos lo suficientemente cerca supimos que la habían robado. Supimos que se había dirigido al encargado del restaurante y que éste, en opinión de nuestra inglesa, no se había mostrado en absoluto afligido al conocer la situación. Supimos que ella le contaba todo esto a uno de los trabajadores del restaurante, ya en la puerta y frente a la policía, que llegaba a ayudarla, y que a su interlocutor le parecía que si ya llegaba la autoridad en la materia, que qué podía hacer él.

Supimos que a ella no le importaba demasiado si se podía hacer algo, si total, el bolso casi nunca se recupera, una vez robado (bueno, esto último en realidad ya lo sabíamos antes de que pasara todo esto). Pero sí supimos todavía algo más: que a ella lo que le había herido era la falta de interés que el encargado había mostrado hacia su desgraciada situación. Su falta de interés y de lástima, que la ocasión bien lo merecía.

Y es que, en la vida, estamos dispuestos a pasar por situaciones más o menos duras. Lo estamos porque “la vida es así”, porque sabemos cómo funciona la suerte, porque sabemos que estadísticamente, por fuerza, muchas veces no estará de nuestro lado. Ahora bien: si precisamente aguantamos porque sentimos que comprendemos lo que pasa -a nivel abstracto, digo, a nivel reparto de suerte-, lo aguantamos en consecuencia también sólo si ocurre como comprendemos que ha de ocurrir: y es que nos han enseñado que nosotros sufrimos,que los demás se compadecen, que esa compasión está compuesta por una pequeña aunque cierta proporción de mérito que nos conceden por aguantar con una cierta dignidad, que ese reconocimiento ajeno hace que aquello a aguantar se haga un poco más llevadero. Como una especie de ingreso menor que tiene lugar precisamente cuando nos sobreviene un enorme gasto imprevisible.

Y claro, si de pronto falla ese reconocimiento, la pérdida es más grande. Es más grande porque no tenemos el ingreso, claro está, pero sobre todo porque no entendemos la situación. No es la que esperábamos, la que estábamos dispuestos a aguantar. Y es que igual la nueva no nos compensa, a ver.

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2 comentarios

blan -

Pues qué gracia, ya me lo contarás.
No sé, yo creo que cada vez montaba más el pollo, la sujeta. De verdad que sí. Yo al principio la vi y ni siquiera estaba segura de que fuera ella quien gritaba, o de si gritaba o cantaba...

Manolo -

No sé si lo de que cada vez estuviera más claro lo que pasaba era debido a que la inglesa gritaba más o, más bien, a que nosotros nos íbamos acostumbrando a la situación y empezábamos a sacar conclusiones acerca de lo que resultaba atípico.

Por cierto, que hace poco leía sobre un tipo que defiende exáctamente lo que tú acerca del mérito. Se llama Goldman, y hablaba de otra cosa pero vamos, decía lo mismo.
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