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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

12/01/2010

Me encantan esas situaciones en las que varias personas, cuantas más mejor, presencian un mismo acontecimiento, todas son conscientes de haberlo hecho, casi ninguna permanece interiormente indiferente ante aquello que acaba de ocurrir y, aun así, ninguna dice nada. Todas saben que el resto ha vivido lo mismo, todas saben de la adhesión de las demás a uno u otro bando - y me refiero no a que tenga que haber partes enfrentadas, sino a la simpatía o antipatía de cada uno hacia los bandos que representan las diferentes corrientes de opinión que automáticamente genera un hecho, y es que las más obvias e inmediatas no suelen resultar más de dos o tres-, nadie dice nada.

 

O sea: todos ven, todos sienten*, todos saben que no sólo son ellos los que sienten, nadie dice nada.

 

Os explico ya qué ha pasado, vale. Hace unos días, en la cola para subir al 28 en la parada que está cerca de la boca de metro de Vallcarca, un adolescente con pinta de vivir en los 90 y de ser de los que se cuelan en el autobús hizo honor a mis prejuicios y pasó junto a la máquina de cancelar billetes sin inmutarse, y, ya de paso, sin cancelar billete alguno. Iba con la música muy alta, como la señora que rompió la regla de oro nos hizo notar:

 

-Te has colado en el autobús, y eso no se hace, y llevas la música tan alta para poder hacerte el sueco.

 

Ella no lo dijo en forma de enumeración, sino más en plan indignada y con formas de señora sin el bachillerato venida a más en su vocabulario por el peso de la razón. Pero sí utilizó la expresión “hacerse el sueco”, que he reproducido fielmente y no por casualidad, sino para utilizarla a continuación hasta desgastarla y que me quede todo como más gracioso: sí, el chico se hacía el sueco. Sobre lo de no haber pagado, pero también sobre la bronca que le intentaba poner ahora en evidencia. Y no era sólo él quien se lo hacía: yo, que llevaba la música a un volumen indeterminado pero también existente, me hacía la sueca, exactamente igual, al respecto de ambas cosas -falta y reprobación-; el resto de los viajeros del autobús, que no sólo podían oír perfectamente todo lo que pasaba, como nosotros, sino que además no podían fingir que no lo hacían, porque no tenían dispositivos electrónicos a mano, se hacían los suecos sobre falta, reprobación, resoplidos posteriores de la señora ante la presencia de tanto farsante y, cómo no, rendición en última instancia de la pobre luchadora solitaria. Porque sí, la señora se rindió, haciéndose finalmente la sueca sobre sí misma y su inmediatamente anterior actuación. Aquí no había pasado nada, qué le íbamos a hacer.

 

Un montón de gente nos hacíamos los suecos ante lo que había pasado y ante el hecho de que todo el mundo se lo hacía, lo cual es hacerse el sueco sobre hacerse el sueco, rizando el rizo. Y al final reinó el silencio, y todos respiramos tranquilos, porque evidentemente es lo que pretendíamos desde el principio con nuestra actitud.

 

Pero antes de respirar, inquieta y durante mi actuación como testigo calzonazos, yo me preguntaba: ¿cómo puede ser que decir en voz alta que llevar música no “se vale” como excusa para fingir no enterarse de nada no sirva en absoluto para que, efectivamente, no se valga? ¿Qué extraño mecanismo lleva a que, tras ser mencionado explícitamente como mentira ruin, los dichosos casquitos a mí me siguieran valiendo de coartada? ¿Por qué el mundo es a veces menos estricto con las reglas acordadas que el desarrollo de cualquier juego infantil que se os ocurra, cuando en este último caso ya se presupone que básicamente existen para intentar saltárselas?

 

Y un poco después, pero siempre antes del silencio final, me pareció que había algo más raro todavía. ¿Cómo puede ser que decir en voz alta -y se dijo porque suena razonable, y lo suena porque todos pensamos que es extrañamente cierto- que, en cualquier caso, tiene algún sentido hacerse el sueco cuando se lleva puesta la música, dando a entender que resulta mucho más complicado en el caso contrario, no sirva para que el resto del autobús no fuera capaz de hacérselo?

 

Me encanta jugar a los días normales, porque no hay quien entienda las reglas.

 

*Me gustaría puntualizar aquí que aseguro que casi todas las personas se adherirían inmediatamente a una opinión sin conocerlas de nada, soy consciente, y es que cómo podría conocerlas, si de momento sólo estoy generalizando. Que la mayoría de ellas lo haga es simplemente una condición de partida: vamos, que para que “me encante”, como dice la frase introductoria de hoy, el hecho presenciado tiene que ser de tipo polémico, por un lado, y los testigos, por el otro, más de tipo humano.

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3 comentarios

blan -

Guapos los dos -unos más que otros, no es nada personal ;)-

Manolo -

Superfán de esta entrada. Es de las mejores que has escrito. Te voy a copiar lo de jugar a los días normales para algo, porque anda que no es verdad.

Jr -

Salvando las distancias (no debería usarse en singular,..., qué se yo), esto me ha recordado una historia que me pasó a mí.

Iba yo también en el bus madrileño camino del trabajo y se me sienta un abuelete al lado.

De repente se me pone a hablar.

Lo primero que pensé es "está loco". Luego, "está borracho o algo". Yo con mis auriculares y cara de nada.

Me paré un instante y pensé en la falta de comunicación de una ciudad grande como Madrid. Alguien que se te ponga a hablar es, invariablemente, como poco, un enajenadito. En sitios más pequeños no pasa tanto.

Me abstraje y me dije: qué coño!! No me quiero convertir en uno más (un sueco más :P), empecé a escucharle y, para mi sorpresa inicial y satisfacción posterior, disfruté mucho conversando con aquel entrañable señor.

Definitivamente, algo no acaba de ir.
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