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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

25/01/2010

Siguiendo con el hilo de la entrada anterior -el de las situaciones en las que todos ven y oyen cosas que ninguno comenta- me gustaría reflexionar esta semana sobre un tipo de estas situaciones, que, aún siéndolo, es también del todo diferente del anterior: si allí hablaba de escenarios que precisaban de un posicionamiento cuya descripción oral era inexplicable y humorísticamente evitada, aquí hablaré de aquellos en las que nadie tiene claro si la situación precisa nada: parece extraña, pero no estamos seguros. Nos gustaría comentarla, pero no sabemos si nadie más se ha fijado en lo que pasa. O de si pasa algo en absoluto, vaya.

Porque es que sí, es que estas situaciones también me encantan. Porque cuando las vives no puedes evitar verte desde fuera, y porque resulta que cuando lo haces el martes ya no parece aburrido: es acojonante, y sólo tú te das cuenta, con lo que forzosamente tienes que ser el protagonista del libro.

O algo.

 

A mí me pasó hace dos o tres martes, aunque aquel martes en concreto cayó en viernes, con lo que se me hace algo difícil calcular exactamente el número de martes de todos los tipos que han pasado desde entonces. Da igual, lo importante es que estaba en la sala de espera del odontólogo. Estaba en la sala de espera del odontólogo, que qué aburrido es esperar y qué tonterías dicen las revistas que yo no leo nunca, como... uy madre, qué hija de puta qué tipo se le ha quedado a ésta, ¿no? que no, que hala, que siempre me engancho, con lo bien que había quedado yo delante de mi monólogo interior. Vuelvo a empezar. Estaba en la sala de espera del odontólogo, que... un momento, ésa es la misma señora que hace diez minutos... ¿o no?

 

Lo hubiera jurado. La misma señora había salido de la misma puerta dos veces, sin entrar por ella. Había entrado en la habitación por esa puerta, hacía un rato... y entonces volvía a entrar.

 

Me despisto, tipo que se le ha quedado, anuncio de galletas -¿siguen existiendo? No en el Día, desde luego-, reflexión superficial sobre cómo debe ser trabajar como odontólogo... y entra otra vez. Esta vez sí que no ha salido, ¿nadie más lo ha visto? Les miro. Me miran: soy incapaz de saber si me miran con la misma curiosidad, la que a mí me corroe. Les miro más: ya no me miran. Mierda.

 

Martes acojonante, ya está.

 

Igual nadie dice nada porque nadie se ha dado cuenta. Yo tampoco digo nada, porque no estoy segura de haberme dado cuenta. Pero no puedo evitar preguntarme cuántas veces tendría que entrar alguien por esa puerta, sin salir por ella, para que alguien dijera algo. ¿Cuántas? ¿En qué momento la obviedad de lo surrealista vencería la timidez que genera lo que no se entiende? Da igual, de momento nadie dice nada.

 

Yo decido vigilar la puerta.

 

Dos minutos después decido que es más útil, o al menos más entretenido, vigilar a la señora.

 

La señora se ha sentado en un sillón cualquiera, como si acabara de llegar allí por primera vez y quisiera fingir la actitud normal de la última incorporación a la sala. No entiendo nada, por qué no hace más cosas raras...

...espera: se levanta. Lo sabía: en algún momento traicionaría su actuación. Se dirige a otra puerta, e intenta abrirla. Otra es la otra, la única que queda. No es por la que ella se dedica en cuerpo y alma a entrar sin salir cada cincuenta segundos, pero tampoco es por la que sale la gente normal, aquella por la que la enfermera nos va llamando uno a uno, privándonos -les, de momento- de la posibilidad de acceder alguna vez a la verdad.

La otra puerta está cerrada. La señora, visiblemente decepcionada, se sienta.

Otro que marcha, vaya apellido. La señora se vuelve a levantar. Vuelve a intentar abrir la misma puerta. La otra puerta sigue cerrada, sí. Claro. Han pasado dos minutos y nadie ha entrado ni salido por ella. Impertérrita, durante los siguientes seis lo vuelve a intentar otras dos veces. No sabría decir si los intervalos entre intentos son regulares o no, pero sí sé que cada vez que intenta abrir la puerta la ya Señora vuelve a sorprenderse y a decepcionarse una y otra vez, y siempre visiblemente.

 

Martes acojonante, aunque ya estaba.

 

Igual nadie dice nada porque nadie se ha dado cuenta. Yo tampoco digo nada, porque no estoy segura de si hay algo de lo que dársela. Pero no puedo evitar preguntarme si el hecho de que el primer comportamiento extraño vaya acompañado de un segundo debería ser un acelerador del empezar a decir. Esto es, imaginemos que la respuesta a mi primera pregunta fuera 34: que de hecho supiéramos que hace falta que alguien entre por la misma puerta 34 veces, sin salir por ella, para que otro alguien decida comentarlo, dados un escenario y un público concretos. Pues bien: cuando la entrada hubiera tenido lugar, digamos, 17 veces, ¿qué pasaría si el mismo alguien dejase de entrar por una puerta y empezase a intentar abrir otra compulsivamente, sorprendiéndose cada vez de que estuviera cerrada? ¿El comentario dichoso tendría lugar antes o después de la actuación número 34?

 

Me llaman. Me hago una limpieza dental, pero no vuelvo a ver a la señora. Cuando salgo, ya no está.

 

Mientras vuelvo a casa, pienso que la respuesta es probablemente antes: más sucesos extraños, más violento el silencio.

Sigo volviendo cuando se me ocurre que no, que es al contrario: si existen dos comportamientos extraños seguidos es que están obviamente ligados, de manera que juntos, aunque aumentan la curiosidad sobre su causa común, disminuyen la sensación de que no tengan ninguna, y así las ganas de intervenir: que la señora estaría perdida, qué sé yo.

 

Casi he acabado de volver cuando no puedo evitar reivindicar mi aventura: estarían ligados, pero no lo parecía. No tenían en común más que las puertas. En aquella sala el martes fue acojonante y nadie dijo nada, porque lo que sí pasa es que un comportamiento extraño aminora las ganas de comentar otro previo porque se anulan, como si la señora se hubiera dedicado en realidad a entrar y salir por la misma puerta. No salía, sólo entraba, pero no comentar uno de los hechos hacía aún más violento no haber comentado el primero. Eso es.

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4 comentarios

blan -

Jo, no puedo parar de imaginar la silla del dentista por los aires. Es que sería muy guay.

Clara -

Lo más complicado de la pregunta "cuántas veces haría falta que tal para que la gente reaccionara" es que está en relación directa con tu cultura (entendiendo ésta como tu origen, proveniencia, no tu nivel de estudios). Cosas que en Madrid no se comentan, porque parece que es meterse en la vida ajena, y eso está muy mal visto (aunque mientras estés leyendo el Hola), en otros lugares (un pueblo pequenno,por ejemplo), tal vez sí que se comentarían rápido. Y en Alemania haría falta que explotara la silla del dentista para que la gente se dirigiera una mirada. Está la psicología limitada por las culturas? Existen axiomas psicológicos universales?

Blan -

O silencio de complicidad, si no contestó, nunca se sabe :)

Jr -

Qué chulo.
Ayer hacía un frío terrible en Madrid. Estaba en un hostal. Sin cobertura en la habitación.

Salgo a la calle para llamar. Qué frío.

Mientras paso frío, pasa alguien a mi lado. Con cara de frío.

Me mira o eso creo. Se dirige al mismo hostal.

Le miro y me digo, ¿por qué no? Le digo sonriente: no veas el frío.

Ni me mira. Silencio violento.
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