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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

03/05/2010

 

Bajé Mare de Déu del Coll experimentando el nivel de distracción de quien hace cada día el mismo recorrido para dirigirse al mismo sitio y a parecida hora, esto es, sin apenas darme cuenta de lo que hacía. Como cada día, giré a la derecha, realizando el movimiento justo y en el momento necesario para coger donde debía esa calle de cuyo nombre, todavía hoy, no estoy segura del todo. Bajé por ella. Cambió de pendiente. Subí por ella. Otro giro, éste más dramático en su cerrazón y más a la izquierda en su orientación. Entré por la boca de metro. Descendí al andén.

El nivel de distracción descrito al principio del párrafo anterior había permanecido inalterado durante todo el recorrido hasta ese andén, de manera que todos los pasos que acabo de enumerar sólo los infiero gracias a que días y días seguidos realizándolos han dejado en mi memoria una especie de recuerdo global sobre sus características, un recuerdo sin día ni hora. Los infiero, pero no los recuerdo. Ni los recuerdo ahora ni, claro está, los recordaba en aquel momento, cuando recobré la consciencia una vez en el andén. No se generan recuerdos globales atemporales por acumulación de días memorables, simplemente no funciona así.

 

Decía que recuperé la consciencia a la altura del andén. Dejo de inferir y os cuento entonces.

 

No desperté por casualidad, eso tampoco funciona así. Una chica de unos treintaymuchos y con talante más tirando a echaopalante se encargó de hacerlo posible, al preguntarme furiosa:

 

-¿Tú sabes por qué el bar de arriba no está abierto hoy?

 

No sólo preguntó. Afirmó unas cuantas cosas, también, siempre con su tono echaopalantealostreintaymuchos:

 

Siempre, cada día del año, lo he visto abierto. Y hoy, el único día que es excesivamente necesario

 

- qué bonito, no, “excesivamente necesario”-

 

que esté abierto porque necesito un bar, coge y está cerrado.

 

Mientras balbuceaba un tímido “Pues es que no sé de qué bar me hablas, nunca me he fijado” y ella apenas me escuchaba porque estaba enteramente dedicada a flipar y a explicarnos cuánto flipaba como consecuencia de la momentánea inaccesibilidad del famoso bar, yo sólo podía preguntarme desesperadamente a qué bar se refería. Entraba por la misma boca de metro cada día, muchos generando recuerdos atemporales, pero otros no. Otros había entrado mientras miraba a mi alrededor, estaba segura. Al menos al principio debió ser así, decía yo, digo yo. Pero en mi cabeza no había rastro de bar alguno, y eso me inquietaba y me despertaba del todo, tan brusca y violentamente que estaba a punto de conseguir enfadarme.

 

No tuve tiempo. Mientras yo divagaba y me apenas enfadaba nuestra chica volvió a sacarme de mi ensimismamiento, esta vez para preguntarme si

 

era esa hora que ponía ahí.

 

Tras comprobar qué ponía ahí le dije que sí, que eran las siete y media.

 

Ella, demostrando que su capacidad de experimentar a la vez sorpresa e indignación no había tocado techo con la recepción de la información anterior, proclamó entonces a voz en grito:

 

-¡Las siete y media! Pero, ¿cómo pueden ser las siete y media? ¡Es imposible!

 

Ya os hacéis a la idea: le extrañaba la hora que era, le extrañaba con mucha intensidad, y así nos lo decidía hacer saber durante lo que acabaría siendo bastante rato.

 

A mí mientras tanto se me había olvidado lo del bar, pero también atender a las nuevas quejas. Y es que la segunda pregunta que se me había dirigido me había parecido más fascinante aún: ¡resultaba que cuando cogía el metro, día tras día y siempre en la misma parada, eran ya las siete y media! Eso quería decir que desde allí hasta la puerta de mi destino habitual sólo había media hora. Qué gracia, en realidad tardaba mucho más en llegar al metro y mucho menos en viajar en él de lo que había imaginado hasta entonces. Volví a despertar, pero esta vez ilusionada por la curiosidad que había sido satisfecha antes de nacer.

 

En realidad no sé qué fue de la chica a partir de entonces, no sé qué fue de sus treintaymuchos ni de su otra característica palabrocompuestamente describible. Creo que finalmente entró en el mismo metro que yo, pero en un vagón diferente al mío. Creo, también, que se tranquilizó relativamente pronto; antes incluso, pero reitero mi creo, de subirse o no a otro vagón diferente del mío. Claro que eso sólo lo infiero de mi falta de recuerdos sobre un efectivo final de su dramatización, de modo que, como seguir por ahí sería dejar de contaros y volver a inferir, mejor será que me vaya callando.

Porque sí, creo que todo lo que pasó durante mi período de vigilia del trayecto de aquella mañana está ya contado.

 

Resumamos entonces: una chica con una vida aparentemente fascinante se cruzó conmigo una mañana de un día que iba camino de no dejar rastro alguno en mi memoria, más allá del que dejan todos en forma de la información que me permite tener mañanas de días que no dejan rastro alguno en mi memoria. Una chica hizo todo eso, y consiguió que el día en cuestión dejara uno de los que apetece contar en un blog que se ha abierto para contar cosas que dicen las chicas y que consiguen hacer que los días dejen esos rastros. Y pasaron dos cosas guays:

 

 

1- De las dos, es a ella a la que habían pasado cosas obviamente más interesantes durante al menos la noche anterior a la mañana de los hechos; lo probaba el hecho de que necesitaba un bar como una cuestión de vida o muerte a las siete y media de la mañana, y el de que además ignoraba que lo fueran. Así me lo hizo saber, por medio de preguntas directamente dirigidas que consiguieron sobresaltarme y permanecer atenta a lo que pasaba pero que, sin embargo, si llamaron mi atención sobre algo por encima de lo demás fue sobre la existencia de datos pertenecientes a mi vida más rutinaria. Recuerdo ese día porque me di cuenta de que existía ese bar, y porque a partir de entonces sé cuánto tardo en viajar en metro hasta llegar al trabajo.

 

Para eso sirvió, en lo que a mí respecta, todo lo que fuera que le pasó a aquella chica cuando fuera que le pasó. Qué raro es todo.

 

2- Todo lo que fuera que le pasó a aquella chica, cuando fuera que le pasó, sirvió para que yo me diera cuenta de que existía ese bar y de que cojo el metro, cada mañana, alrededor de las siete y media, sí; pero también para que comprendiera, aunque sólo a través de estas dos revelaciones sobre mi trayecto diario, qué fascinante debió ser todo aquello que le había pasado: ahora sé que cada mañana existe un bar donde gente que no ha pegado ojo ignora que son las siete y media mientras yo espero el metro en el andén. Ahora lo sé, pero entonces no lo supe inmediatamente, sino sólo una vez supe que existía un cierto bar a una cierta hora. Lo que pasó es que me di cuenta de lo que conllevaba la existencia de ese bar y esa hora, pero sin ser consciente de ello: por eso me sobrecogió tanto la información.

 

Lo que pasa es que pasar por la puerta de determinados sitios a determinadas horas nos hace partícipes de grandes historias, y eso mola un montón.

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3 comentarios

blan -

Dos: creo que la respuesta a tu pregunta es que no, pero no se dio cuenta de ello hasta que no vio la hora que era. Ella pensaba que sí, pero no.
Tres: eso era tan gracioso, la verdad. De ahí mi curiosidad infinita: cómo de mítico y/o vistoso debe de ser ese bar para que esta tipa dé por hecho que sé de qué habla...?
Manolo: Sí, recuerdo general de emmorabilidad también hay, pero no te permite ir andando por la calle sin mirar, sino emborracharte y soltar lagrimillas. Es sutilmente diferente,no?
Ay, que quiero emborracharme ya.

Manolo -

Me mola el rollo de la memoria. De todas formas, no sé si estoy de acuerdo en que los días memorables no dejan un poso de esos generales que dejan los días rutinarios. Yo tuve muchos días memorables uno de aquellos años de los que me acuerdo siempre, y lo que me ha quedado es una impresión general de memorabilidad crápula en plan "qué días aquellos, memorables, y qué crápulas". Eso parece un recuerdo general de los que dices, ¿no?

Clara -

Uno:Yo sigo dándole vueltas al porqué necesitaría con semejante urgencia el bar. Pero eso es más bien parte del "tafanerismo" característico mío.
Dos: Si ella sabía que el bar había estado abierto todas las mannanas del anno excepto ésa es que pasa todas las mannanas del anno por ese mismo lugar y a esa misma hora, no?
Y tres: cómo pretende que tú sepas por qué está cerrado el bar? A quién en su sano juicio se le ocurriría preguntar a un viajero metril semejante cosa?
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