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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

11/08/2010

Hace un par de días tuve la oportunidad, de la mano de Marilyn en una secuencia de Doctor en Alaska, de recordar a un determinado caballero que conocí hace bastante más en la red de transporte público de la ciudad de Barcelona*. En el metro, para más señas. Será por señas: línea 3, dirección Trinitat Nova, trayecto Penitents-final de.

 

La primera vez que le vi no la recuerdo, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí sé es que debía rondarnos el mes de noviembre cuando se convirtió en costumbre que, al ir los demás pasajeros desapareciendo a lo largo de la susodicha línea para dirigirse a sus respectivos destinos, antes o después el vacío del vagón fuera suficiente para evidenciar que nos habíamos vuelto a encontrar. Que habíamos vuelto a coger el tren de la misma hora, que volvíamos a bajar los dos en la última parada, que prácticamente nadie más utilizaba ésa en concreto de lunes a viernes a eso de la hora que fuera, que los dos seguíamos interesados en utilizar el ascensor para subir a la superficie, que dados todos los hechos citados resultaba cómodo y hasta cierto punto inevitable comenzar por vez enésima una nueva conversación sobre casi ninguna cosa.

 

Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

 

Él era un hombre de unos cuarenta y tantos, nacido en algún lugar de Hispanoamérica, electricista y dicharachero. Yo soy, y resulta que también era, una persona tirando a insociable y que antes de las 8 de la mañana encuentra tirando a difícil sacar temas de conversación, y mucho más desarrollarlos durante más de 3 minutos y medio. Semejante conjunción de características derivó inevitablemente en que, una vez trascurridas todas las mañanas de casi cada mañana de noviembre y una vez decidido que ya habían sido suficientes mañanas y suficientes conversaciones, yo decidiera intervenir.

 

Es que Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

 

Decidí intervenir, era sencillo, la única razón por la que el azar me era tan desfavorable en lo que a número de encuentros se refiere era que no se trataba tanto de tal azar como más bien de la rigidez de nuestros respectivos horarios matutinos, estaba claro. Así que:

 

Como

Lo que quería era que no volviéramos a coincidir

y

Lo que esperaba era coincidir el mínimo número de días posible de entonces en adelante

,

Lo que hice fue levantarme cinco minutos antes cada mañana para alterar las probabilidades de coincidencia temporal

...y

Lo que pasó fue que durante todo el mes de diciembre coincidimos, de nuevo, prácticamente cada día.

 

Vaya, ahora sí parecía que el azar me era especialmente desfavorable, y sin venir a cuento. Resultaba irritante. Así que, bajo los efectos de la agotadora sensación de que coincidiríamos mucho y para siempre, decidí que mi mejor opción es intentar aburrirle.

 

Y como entonces

Lo que quería era no interesarle demasiado

porque

Lo que esperaba era que él intentara no tener muchas conversaciones más conmigo

,

Lo que hice fue darle más cancha en la que me pareció más propicia

 

, que resultó ser la que versaba sobre su madre. Con el objeto de que no decayera, una vez él acabó de explicar lo sola y enferma que estaba la susodicha viviendo no recuerdo dónde , creí oportuno preguntarle: “ ¿Y cómo está ahora, la mujer?”, de modo que

 

Lo que pasó fue que él contestó “No estoy casado”, y que yo había no-sacado un tema que resultó ser recibido, tengo que decirlo así, con un gran interés por su parte.

 

Vale, ahora sí tenía que rendirme del todo. Nos encontraríamos mucho, para siempre y tendríamos conversaciones embarazosas, al menos hasta que yo consiguiera deshacer un entuerto que me daba mucha pereza deshacer, por la importancia que los intentos al respecto concederían al dichoso entuerto en sí. Así que como

 

Lo que quería llegado aquel punto era básicamente resultar antipática

 

Lo que hice fue no darle más vueltas al tema, no volver a mirar de reojo para localizarle dentro del vagón, no cambiarme más de postura para evitar temporalmente el contacto visual, no pensar ni por un momento más cómo desarrollaría mis siguientes guiones para que todo fuera lo menos forzado posible

...así que, por supuesto,

Lo que pasó fue que nunca más nos volvimos a encontrar.

 

 

Los Lo que hice no tienen sentido cuando sirven a unos Lo que quería que se han construido basándose en condiciones externas que el sujeto no sabe descifrar. Pensamos que las circunstancias son de una manera, expresamos un Lo que quería, decidimos un Lo que hice. Y muchas veces resulta que las circunstancias en realidad existentes no coinciden con las pensadas, lo que puede acabar llevando a que Lo que pasó presente un aspecto de lo más insospechado.

 

Contaba Marilyn hace un par de días cómo, en una ocasión en que un indio de su comunidad se había partido una pierna haciendo deporte, el resto del pueblo se había dedicado a comentar la mala suerte del chico; “ya veremos”, les respondía él. La semana siguiente estalló la guerra y el chico no pudo ser reclutado por el ejército, debido a su lesión. La gente comentó entonces qué buena suerte había tenido su conciudadano, en realidad; “ya veremos” seguía siendo su única respuesta.

Él sabía que las circunstancias no siempre se comprenden. No se molestaba en formular ni decidir Lo que alguno, y de este modo conseguía que el último de todos ellos no le resultara en ningún caso insultante, ni injusto; ni siquiera incomprensible.

 

Vaya, me ha quedado una entrada estupenda de libro de autoayuda, con su dosis de sabiduría de pueblos ancestrales incluída, qué nivel

 

* Abro aquí un paréntesis para rendirme a la evidencia de que sí, debería cambiar el título del blog y no engañar al lector potencial haciéndole creer que encontrará en él historias sobre ejemplares de gente que no se encuentren familiarizados con la TMB, vale.

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