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Cosas que hacemos y decimos la gente

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Temas

16/05/2011

Hay, sobre todo, cosas que no entendí entonces ni entiendo ahora:

Si eran tan raros como parecían. Algunas que normalmente me resultan más o menos transparentes cuando se trata de las relaciones sentimentales ajenas, como el estatus en que se encontraba la suya, o quién de los dos quería más al otro. Por qué cambiaban constantemente de tema de conversación. Y cómo surgían semejantes temas, y por qué en aquel orden, y por qué cada uno en el momento en que lo hacía. No entendí, de hecho, en qué consistían exactamente ninguno de aquellos temas, y no porque no entendiera todas y cada una de las palabras que se pronunciaban. Cómo conseguían, sin que los oyentes externos nos lo viéramos venir en ninguna ocasión, pasar constantemente de las conversaciones sobre los temas a las conversaciones sobre las conversaciones sobre los temas. Y no sólo el cómo me resultaba ininteligible, también el por qué. Por qué parecía interesarles mucho más, y una y otra vez, además, la manera de la que se había desarrollado cada conversación que lo que fuera que estaban discutiendo mientras ocurría. Entrando más en los detalles podría decir también que tampoco entendía qué le pasaba a ella todo el rato, ni si él en realidad sabía lo del fútbol, ni, si efectivamente era así, por qué le había dado entonces por sacar el tema. Tampoco de dónde se podría querer quitar una mano amante en un último momento, ni de dónde podría quererla quitar su dueño, ni por qué hablaban entonces del tema como si tal cosa, si el conflicto sobre la mano había estado originado precisamente por un silencio inmediatamente anterior... por supuesto tampoco tenía pista alguna sobre por qué era tan importante quién hubiera hecho nada por quitar la dichosa mano de donde estuviera.

No entendí por qué al fin y al cabo todo parecía girar tanto en torno a qué sabía cada uno sobre las circunstancias en que estaba teniendo lugar la conversación-cadena, y tan poco sobre por qué no parecían saber nada el uno sobre el otro. Era una verdadera pena, la verdad.

 

A pesar de este no entender generalizado también hubo algunas cosas que sí conseguí llegar a creer entonces, y que aún creo creer ahora:

Que él hacía que pasaba un poco, pero sin pasar tanto. Que hacía que pasaba un poco de la conversación en sí, y de la conversación sobre la conversación, pero no de la interlocutora de ninguna de las dos. Que no pasaba tanto, pero tampoco tan poco. Que ella no hacía que pasaba, de ninguna de las cosas de las que era posible fingir pasar. Que ella mandaba, a pesar de todo.

 

Y ahora, por fin, os cuento las cosas que sí sé:

Era martes por la mañana.

El fragmento de conversación que yo pude escuchar comenzó hablando de ir a ver el fútbol.

Él quería ir a verlo a un bar, y creía que ella también quería.

Ella creía haber dejado claro con anterioridad que nunca había querido ir a un bar a ver el fútbol, ni entonces ni en ningún momento.

Creía, además, que él no se había acabado de enterar nunca de este extremo básicamente porque no le había dado la gana acabarse de enterar.

Apuntó cómo él hacía siempre el comentario menos apropiado para introducir temas conflictivos en la conversación.

Él dijo que no le parecía aquel un tema conflictivo.

Añadió que lo había introducido, por otro lado, bastante animosamente.

Ella puso ejemplos de otros temas conflictivos que él también tendía a introducir de manera, a su parecer, poco apropiada.

Cambiaron de tema bruscamente.De pronto hablaban de una mano. De la de él.

Discutían sobre si había sido él quien había decidido retirarla en el último momento o más bien ella quien se la había retirado a él.

Él concluyó que ella nunca podría probar que él no la había quitado voluntariamente, puesto que no se encontraba en su cabeza.

Ella le instó a ver cómo efectivamente insistía en sacar temas conflictivos, y en cómo lo hacía, por cierto, de mal.

 

Mientras ella volvía a repasar todo el fragmento de nuestro interés para mostrarle a él los errores cometidos, mi posibilidad de saber más se desvaneció.

18/01/2011

-Ponme un café, que te lo pago el jueves.

Pero resulta que ella ya no le puede fiar más, resulta que ya debe dos cafés y que, como comprenderá, resulta que ya no le puede fiar más.

-Ah, vale, pues el jueves te pago los dos y veré si puedo tomarme aún otro.

Pero resulta que es mentira. Él no debe dos cafés, simplemente deja a deber demasiados días como para seguir fiándole.

-Le pago con su misma moneda: él me miente, yo le miento. Total, no se entera de nada.

Y qué pasa si el jueves intenta pagarte los cafés, pregunta intrigada la interlocutora de la barra. Pero resulta que

-No pasa nada. Le digo que ya me los ha pagado, y como tampoco se acordará le parecerá bien.

Resulta que camarera y cliente se pagan con la misma moneda. Él miente, ella miente. Eso sí: nadie fía cafés, nadie paga lo que no ha consumido.

-Es que tía, cada vez que pide un café me dice que lo paga otro día. Y el caso es que lo paga, pero a mí me mete en unos líos con el jefe que para qué.

Ah, que él no miente. Ella que quería ser coherente, porque con la coherencia se gana siempre. Ella que siendo coherente no tendría que fiarle nunca más y se sentiría bien consigo misma. Ella todavía querrá ser coherente cuando se dé cuenta de que no lo es, y ante un ponme un café que te lo pago el jueves tendrá que contestar

- Es que resulta que ya no te puedo fiar más, resulta que cada vez me dices que me pagarás el jueves y, como comprenderás, resulta que no te puedo fiar más.

A él sólo le quedará una opción: el problema es que siempre dice que pagará el jueves.

-Pues te lo pago ahora mismo, no te preocupes.

Pero resultará ser mentira. Bueno, no, no resultará: todos sabrán lo que pasa mientras pasa. Por eso ella por fin podrá ser realmente coherente mientras señala que aún así no puede ponérselo, porque tiene cafés por pagar de días anteriores.

-Pues te los pago ahora mismo, los tres.

Siguiendo el plan cuidadosamente trazado, ella tendrá que desdecirse rápidamente para asegurarle que los dos primeros ya están pagados. Ay, esa cabeza.

A ella sólo le quedará una opción: Los dos primeros ya están pagados. Le pondrá el café.

Cuando se dé cuenta de la falta de coherencia de su estrategia y la aplique más cuidadosamente a este respecto, le pondrá el café.


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16/11/2010

Habían quedado para intercambiar conversación. No para conversar: se ve que, si uno quiere sacarle a las frases que se dicen un provecho que supere las meras adquisición y transmisión de información, lo que hace con la conversación es intercambiarla. Ya sabéis: primero hablamos en mi idioma, después en el tuyo. Da un poco igual sobre qué, y es inevitable que así sea, además, puesto que no nos conocemos de nada. Y en efecto así era, allí y entonces: no se conocían de nada, en pasado y tercera persona del plural, los que habían quedado al principio del párrafo para intercambiar conversación. Él y ella.

Y allí están, en pasado pero en presente, que es un tiempo verbal a mi entender más apropiado para crear una atmósfera que sumerja al lector en la trama. Empiezan en inglés. Él, que no acaba de desenvolverse en esta lengua, decide sacar el tema del chollo de piso que ha adquirido recientemente. Ella, que es de suponer que la domina desde su más tierna infancia, pregunta cortésmente todo tipo de detalles sobre el apartamento en cuestión.

Él, que no acaba de desenvolverse en esta lengua pero que está encantado con el piso que se acaba de comprar, se pasa continuamente al castellano para conseguir transmitir a nuestra interlocutora, lo más detalladamente posible, los sentimientos que experimenta al respecto de su acertada adquisición.

Ella, que es de suponer que la domina desde su más tierna infancia y no está nada, pero que nada interesada en conocer los metros cuadrados que tiene la terraza de él, le detiene cada vez que termina una frase para recordarle que tiene que hablar en inglés. Eso sí: emplea cada una de las veces, para ello, el más dulce de los tonos y la más fingida de las curiosidades sobre el tema. De vez en cuando incluso traduce lo que él acaba de decir, para que así tenga la oportunidad de repetirlo e incluso conseguir aprender algo en el intento.

Él, que está encantado con el piso que acaba de comprar y siente algo de vergüenza cuando habla cualquier idioma que no sea castellano, se limita a repetir apresuradamente lo que ella traduce y a seguir dando datos sobre las habitaciones de las que ahora dispone, siempre en su idioma natal.

Ella, que no está nada, pero nada interesada en conocer los metros cuadrados que tiene la terraza de él pero sí en practicar castellano cuando llegue su turno, insiste en llamarle la atención a él para que hable el idioma que toca, con el objeto de poder sentirse cómoda consigo misma cuando la conversación haya de tener lugar, entonces oficialmente ya, en el que él se empeña ahora en utilizar.

Él, que siente algo de vergüenza cuando habla cualquier idioma que no sea castellano y en realidad se apuntó a esto del intercambio de conversación para ver si encontraba una mujer con quien compartir el pisito de marras, ignora las llamadas de atención de ella cada vez con un mayor grado de naturalidad, sin apenas darse cuenta. De hecho ya apenas recuerda por qué está allí.

Ella, que está interesada en practicar castellano cuando llegue su turno pero no es la mujer con quien él podría compartir el pisito de marras, se rinde. Se rinde y decide dejar lo del intercambio.

 

Se suma al castellano, comienza a practicar. No parece que vaya a recibir queja ninguna, así que por qué no aprovecharse.

Él no va a proferir queja alguna, porque en realidad apenas se ha percatado de que haya habido cambio alguno en las circunstancias de la conversación. Eso sí: se encuentra de pronto como pez en el agua. Percibe más agradable la situación, más entrañable a la persona que tiene enfrente. Muy bien todo, vaya.

Ella tiene mucho cuidado de seguir hablando de lo que a él le gusta hablar para que él siga sin percatarse de lo de las circunstancias de la conversación. Habla de ello durante veinte minutos más; después se va contenta a casa. Había venido a intercambiar conversación, él no, y a pesar de todo ella había conseguido su parte del intercambio. Había ganado. Había dirigido las cosas según su propio interés.

Él también se va a casa. Cuando han desaparecido ambos del local que compartimos yo me quedo pensativa. Me quedé, en realidad, que a estas alturas podemos ya empezar a prescindir de atmósferas. Y pensaba que vete a saber quién de los dos había dirigido allí más la situación en cuestión: ella había conseguido su parte del intercambio por medio de una estrategia cuidadosamente planificada y ejecutada. Él había hecho lo que le había dado la real gana durante todo el no intercambio con tan poco esfuerzo por su parte que ni siquiera era consciente de haber hecho nada.

Conque.

11/08/2010

Hace un par de días tuve la oportunidad, de la mano de Marilyn en una secuencia de Doctor en Alaska, de recordar a un determinado caballero que conocí hace bastante más en la red de transporte público de la ciudad de Barcelona*. En el metro, para más señas. Será por señas: línea 3, dirección Trinitat Nova, trayecto Penitents-final de.

La primera vez que le vi no la recuerdo, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí sé es que debía rondarnos el mes de noviembre cuando se convirtió en costumbre que, al ir los demás pasajeros desapareciendo a lo largo de la susodicha línea para dirigirse a sus respectivos destinos, antes o después el vacío del vagón fuese suficiente para evidenciar que nos habíamos vuelto a encontrar. Que habíamos vuelto a coger el tren de la misma hora, que volvíamos a bajar los dos en la última parada, que prácticamente nadie más utilizaba ésa en concreto de lunes a viernes a eso de la hora que fuera, que los dos seguíamos interesados en utilizar el ascensor para subir a la superficie, que dados todos los hechos citados resultaba cómodo y hasta cierto punto inevitable comenzar por vez enésima una nueva conversación.

Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

Él era un hombre de unos cuarenta y tantos, nacido en algún lugar de Hispanoamérica, electricista y dicharachero. Yo soy, y resulta que también era, una persona tirando a insociable y que antes de las 8 de la mañana encuentra tirando a difícil sacar temas de conversación, y mucho más desarrollarlos durante más de 3 minutos y medio. Semejante conjunción de características derivó inevitablemente en que, una vez trascurridas todas las mañanas de casi cada mañana de noviembre y una vez decidido que ya habían sido suficientes mañanas y suficientes conversaciones, yo decidiera intervenir.

Es que Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

Decidí intervenir, era sencillo, la única razón por la que el azar me era tan desfavorable en lo que a número de encuentros se refiere era que no se trataba tanto de tal azar como más bien de la rigidez de nuestros respectivos horarios matutinos, estaba claro. Así que:

Como

Lo que quería era que no volviéramos a coincidir

y

Lo que esperaba era coincidir el mínimo número de días posible de entonces en adelante

,

Lo que hice fue levantarme cinco minutos antes cada mañana para alterar las probabilidades de coincidencia temporal

...y

Lo que pasó fue que durante todo el mes de diciembre coincidimos, de nuevo, prácticamente cada día.

 

 

Vaya, ahora sí parecía que el azar me era especialmente desfavorable, y sin venir a cuento. Resultaba irritante. Bajo los efectos de la agotadora sensación de que coincidiríamos mucho y para siempre, decido que mi mejor opción es intentar aburrirle.

Y como entonces

Lo que quería era no interesarle demasiado

porque

Lo que esperaba era que él intentara no tener muchas conversaciones más conmigo

,

Lo que hice fue darle más cancha en la que me pareció más propicia

, que resultó ser la que versaba sobre su madre. Con el objeto de que no decayera, una vez él acabó de explicar lo sola y enferma que estaba la susodicha viviendo no recuerdo dónde , creí oportuno preguntarle: “ ¿Y cómo está ahora, la mujer?”, de modo que

Lo que pasó fue que él contestó “No estoy casado”, y que yo había no-sacado un tema que resultó ser recibido, tengo que decirlo así, con un gran interés por su parte.

 

 

Vale, ahora sí tenía que rendirme del todo. Nos encontraríamos mucho, para siempre y tendríamos conversaciones embarazosas, al menos hasta que yo consiguiera deshacer un entuerto que me daba mucha pereza deshacer, por la importancia que los intentos al respecto darían al dichoso entuerto en sí. Así que como

Lo que quería era hacerme a la idea cuanto antes de cómo serían mis mañanas

,

Lo que hice fue no darle más vueltas al tema, no volver a mirar de reojo para localizarle dentro del vagón, no cambiarme más de postura para evitar temporalmente el contacto visual, no pensar ni por un momento más cómo desarrollaría mis siguientes guiones para que todo fuera lo menos incómodo posible

...así que, por supuesto,

Lo que pasó fue que nunca más nos volvimos a encontrar.

 

 

Los Lo que hice no tienen sentido cuando sirven a unos Lo que quería que se han construido basándose en condiciones externas que el sujeto no sabe descifrar. Pensamos que las circunstancias son de una manera, expresamos un Lo que quería, decidimos un Lo que hice. Y muchas veces resulta que las circunstancias en realidad existentes no coinciden con las pensadas, lo que puede acabar llevando a que Lo que pasó presente un aspecto de lo más insospechado.

Contaba Marilyn hace un par de días cómo, en una ocasión en que un indio de su comunidad se había partido una pierna haciendo deporte, el resto del pueblo se había dedicado a comentar la mala suerte del chico; “ya veremos”, les respondía él. La semana siguiente estalló la guerra y el chico no pudo ser reclutado por el ejército, debido a su lesión. La gente comentó entonces qué buena suerte había tenido su conciudadano, en realidad; “ya veremos” seguía siendo su única respuesta.

Él sabía que las circunstancias no siempre se comprenden. No se molestaba en formular ni decidir Lo que alguno, y de este modo conseguía que el último de todos ellos no le resultara en ningún caso insultante, ni injusto; ni siquiera incomprensible.

 

* Abro aquí un paréntesis para rendirme a la evidencia de que sí, debería cambiar el título del blog y no engañar al lector potencial haciéndole creer que encontrará en él historias sobre ejemplares de gente que no se encuentren familiarizados con la TMB, vale.

03/05/2010

Bajé Mare de Déu del Coll experimentando el nivel de distracción de quien hace cada día el mismo recorrido para dirigirse al mismo sitio y a parecida hora, esto es, sin apenas darme cuenta de lo que hacía. Como cada día, giré a la derecha, realizando el movimiento justo y en el momento necesario para coger donde debía esa calle de cuyo nombre, todavía hoy, no estoy segura del todo. Bajé por ella. Cambio de pendiente. Subí por ella. Otro giro, éste a más dramático en su cerrazón y más a la izquierda en su orientación. Boca de metro. Descenso al andén.

El nivel de distracción descrito al principio del párrafo anterior había permanecido inalterado durante todo el recorrido hasta ese andén, de manera que todos los pasos que acabo de enumerar sólo los infiero gracias a que días y días seguidos realizándolos han dejado en mi memoria una especie de recuerdo global sobre sus características, un recuerdo sin día ni hora. Los infiero, pero no los recuerdo. Ni los recuerdo ahora ni, claro está, los recordaba en aquel momento, cuando recobré la consciencia una vez en el andén; no se generan recuerdos globales atemporales por acumulación de días memorables, simplemente no funciona así.

Decía que recuperé la consciencia a la altura del andén. Dejo de inferir y os cuento, entonces.

No desperté por casualidad, eso tampoco funciona así. Una chica de unos treintaymuchos y con talante más tirando a echaopalante se encargó de hacerlo posible, al preguntarme furiosa:

-¿Tú sabes por qué el bar de arriba no está abierto hoy?

No sólo preguntó. Afirmó unas cuantas cosas, también, siempre con su tono echaopalantealostreintaymuchos:

Siempre, cada día del año, lo he visto abierto. Y hoy, el único día que es excesivamente necesario

- qué bonito, no, “excesivamente necesario”-

que esté abierto porque necesito un bar, coge y está cerrado.

Mientras balbuceaba un tímido “Pues es que no sé de qué bar me hablas, nunca me he fijado” y ella apenas me escuchaba porque estaba enteramente dedicada a flipar y a explicarnos cuánto flipaba como consecuencia de la momentánea inaccesibilidad del famoso bar, yo sólo podía preguntarme desesperadamente a qué bar se refería. Entraba por la misma boca de metro cada día, muchos generando recuerdos atemporales, pero otros no. Otros había entrado mientras miraba a mi alrededor, estaba segura. Al menos al principio debió ser así, decía yo, digo yo. Pero en mi cabeza no había rastro de bar alguno, y eso me inquietaba y me despertaba del todo, tan brusca y violentamente que estaba a punto de conseguir enfadarme.

No tuve tiempo. Mientras yo divagaba y me apenas enfadaba nuestra chica volvió a sacarme de mi ensimismamiento, esta vez para preguntarme si

era esa hora que ponía ahí.

Tras comprobar qué ponía ahí le dije que sí, que eran las siete y media.

Ella, demostrando que su capacidad de experimentar a la vez sorpresa e indignación no había tocado techo con la recepción de la información anterior, proclamó entonces a voz en grito:

-¡Las siete y media! Pero, ¿cómo pueden ser las siete y media? ¡Es imposible!

Ya os hacéis a la idea: le extrañaba la hora que era, le extrañaba con mucha intensidad, y así nos lo decidía hacer saber durante lo que acabaría siendo bastante rato.

A mí mientras tanto se me había olvidado lo del bar, pero también atender a las nuevas quejas. Y es que la segunda pregunta que se me había dirigido me había parecido más fascinante aún: ¡resultaba que cuando cogía el metro, día tras día y siempre en la misma parada, eran ya las siete y media! Eso quería decir que desde allí hasta la puerta de mi destino habitual sólo había media hora. Qué gracia, en realidad tardaba mucho más en llegar al metro y mucho menos en viajar en él de lo que había imaginado hasta entonces. Volví a despertar, pero esta vez ilusionada por la curiosidad saciada antes de nacer.

En realidad no sé qué fue de la chica a partir de entonces, no sé qué fue de sus treintaymuchos ni de su otra característica palabrocompuestamente describible. Creo que finalmente entró en el mismo metro que yo, pero en un vagón diferente al mío. Creo, también, que se tranquilizó relativamente pronto; antes incluso, pero reitero mi creo, de subirse o no a otro vagón diferente del mío. Claro que eso sólo lo infiero de mi falta de recuerdos sobre un efectivo final de su dramatización, de modo que, como seguir por ahí sería dejar de contaros y volver a inferir, mejor será que vaya callando.

Y es que todo lo que pasó durante mi período de vigilia del trayecto de aquella mañana está ya contado.

Resumamos entonces: una chica con una vida aparentemente fascinante se cruzó conmigo una mañana de un día que iba camino de no dejar rastro alguno en mi memoria más allá del que dejan todos en forma de la información que me permite tener mañanas de días que no dejan rastro alguno en mi memoria. Una chica hizo todo eso y consiguió que el día en cuestión dejara uno de los que apetece contar en un blog que se ha abierto para contar cosas que dicen las chicas y que consiguen hacer que los días dejen esos rastros. Y pasaron dos cosas guays:

1- De las dos, es a ella a la que habían pasado cosas obviamente más interesantes durante al menos la noche anterior a la mañana de los hechos; lo probaba el hecho de que necesitaba un bar como una cuestión de vida o muerte a las siete y media de la mañana, y el de que además ignoraba que lo fueran. Así me lo hizo saber, por medio de preguntas directamente dirigidas que consiguieron sobresaltarme y permanecer atenta a lo que pasaba pero que, sin embargo, si llamaron mi atención sobre algo por encima de lo demás fue sobre la existencia de datos pertenecientes a mi vida más rutinaria. Recuerdo ese día porque me di cuenta de que existía ese bar, y porque a partir de entonces sé cuánto tardo en viajar en metro hasta llegar al trabajo.

Para eso sirvió, en lo que a mí respecta, todo lo que fuera que le pasó a aquella chica cuando fuera que le pasó. Qué raro es todo.

2- Todo lo que fuera que le pasó a aquella chica, cuando fuera que le pasó, sirvió para que yo me diera cuenta de que existía ese bar y de que cojo el metro, cada mañana, alrededor de las siete y media; pero también para que comprendiera, aunque sólo a través de estas dos revelaciones sobre mi trayecto diario, qué fascinante debió ser todo aquello que le había pasado: ahora sé que cada mañana existe un bar donde gente que no ha pegado ojo ignora que son las siete y media mientras yo espero el metro en el andén. Ahora lo sé, pero entonces no lo supe inmediatamente, sino sólo una vez supe que existía un cierto bar y a una cierta hora. Lo que pasó es que me di cuenta de lo que conllevaba la existencia de ese bar y a esa hora, pero sin ser consciente de ello: por eso me sobrecogió tanto la información.

Lo que pasa es que pasar por la puerta de determinados sitios a determinadas horas nos hace partícipes de grandes historias, y eso mola un montón.

 

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