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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

16/05/2011

Hay, sobre todo, cosas que no entendí entonces ni entiendo ahora:

 

Si eran tan raros como parecían. Algunas que normalmente me resultan más o menos transparentes cuando se trata de las relaciones sentimentales ajenas, como el estatus en que se encontraba la suya, o quién de los dos quería más al otro. Por qué cambiaban constantemente de tema de conversación. Y cómo surgían semejantes temas, y por qué en aquel orden, y por qué cada uno en el momento en que lo hacía. No entendí, de hecho, en qué consistían exactamente ninguno de aquellos temas, y no porque no entendiera todas y cada una de las palabras que se pronunciaban. Cómo conseguían, sin que los oyentes externos nos lo viéramos venir en ninguna ocasión, pasar constantemente de las conversaciones sobre los temas a las conversaciones sobre las conversaciones sobre los temas. Y no sólo el cómo me resultaba ininteligible, también el por qué. Por qué parecía interesarles mucho más, y una y otra vez, además, la manera de la que se había desarrollado cada conversación que lo que fuera que estaban discutiendo mientras ocurría. Entrando más en los detalles podría decir también que tampoco entendía qué le pasaba a ella todo el rato, ni si él en realidad sabía lo del fútbol, ni, si efectivamente era así, por qué le había dado entonces por sacar el tema. Tampoco de dónde se podría querer quitar una mano amante en un último momento, ni de dónde podría quererla quitar su dueño, ni por qué hablaban entonces del tema como si tal cosa, si el conflicto sobre la mano había estado originado precisamente por un silencio inmediatamente anterior... por supuesto tampoco tenía pista alguna sobre por qué era tan importante quién hubiera hecho nada por quitar la dichosa mano de donde estuviera.

No entendí por qué al fin y al cabo todo parecía girar tanto en torno a qué sabía cada uno sobre las circunstancias en que estaba teniendo lugar la conversación-cadena, y tan poco sobre por qué no parecían saber nada el uno sobre el otro. Era una verdadera pena, la verdad.

 

A pesar de este no entender generalizado también hubo algunas cosas que sí conseguí llegar a creer entonces, y que aún creo creer ahora:

 

Que él hacía que pasaba un poco, pero sin pasar tanto. Que hacía que pasaba un poco de la conversación en sí, y de la conversación sobre la conversación, pero no de la interlocutora de ninguna de las dos. Que no pasaba tanto, pero tampoco tan poco.

Que ella no hacía que pasaba, de ninguna de las cosas de las que era posible fingir pasar.

Que ella mandaba, a pesar de todo.

 

Y ahora, por fin, os cuento las cosas que sí sé:

 

Era martes por la mañana.

El fragmento de conversación que yo pude escuchar comenzó hablando de ir a ver el fútbol.

Él quería ir a verlo a un bar, y creía que ella también quería.

Ella creía haber dejado claro con anterioridad que nunca había querido ir a un bar a ver el fútbol, ni entonces ni en ningún momento.

Creía, además, que él no se había acabado de enterar nunca de este extremo básicamente porque no le había dado la gana acabarse de enterar.

Apuntó cómo él hacía siempre el comentario menos apropiado para introducir temas conflictivos en la conversación.

Él dijo que no le parecía aquel un tema conflictivo.

Añadió que lo había introducido, por otro lado, bastante animosamente.

Ella puso ejemplos de otros temas conflictivos que él también tendía a introducir de manera, a su parecer, poco apropiada.

De pronto hablaban de una mano. De la de él.

Discutían sobre si había sido él quien había decidido retirarla en el último momento o más bien ella quien se la había retirado a él.

Él concluyó que ella nunca podría probar que él no la había quitado voluntariamente, puesto que no se encontraba en su cabeza.

Ella le instó a ver cómo efectivamente insistía en sacar temas conflictivos, y en cómo lo hacía, por cierto, de mal.

 

Mientras ella volvía a repasar todo el fragmento de nuestro interés para mostrarle a él los errores cometidos, mi posibilidad de saber más se desvaneció.

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16/11/2010

Habían quedado para intercambiar conversación. No para conversar: se ve que, si uno quiere sacarle a las frases que se dicen un provecho que supere las meras adquisición y transmisión de información, lo que hace con la conversación es intercambiarla. Ya sabéis: primero hablamos en mi idioma, después en el tuyo. Da un poco igual sobre qué, y es inevitable que así sea, además, puesto que no nos conocemos de nada. Y en efecto así era, allí y entonces: no se conocían de nada, en pasado y tercera persona del plural, los que habían quedado al principio del párrafo para intercambiar conversación. Él y ella.

 

Y allí están, en pasado pero en presente, que es un tiempo verbal que crea como más atmósfera. Empiezan en inglés. Él, que no acaba de desenvolverse en esta lengua, decide sacar el tema del chollo de piso que ha adquirido recientemente. Ella, que es de suponer que la domina desde su más tierna infancia, pregunta cortésmente todo tipo de detalles sobre el apartamento en cuestión.

 

Él, que no acaba de desenvolverse en esta lengua pero que está encantado con el piso que se acaba de comprar, se pasa continuamente al castellano para conseguir transmitir a nuestra interlocutora, lo más detalladamente posible, los sentimientos que experimenta al respecto de su acertada adquisición.

 

Ella, que es de suponer que la domina desde su más tierna infancia y no está nada, pero que nada interesada en conocer los metros cuadrados que tiene la terraza de él, le detiene cada vez que termina una frase para recordarle que tiene que hablar en inglés. Eso sí: emplea cada una de las veces, para ello, el más dulce de los tonos y la más fingida de las curiosidades sobre el tema. De vez en cuando incluso traduce lo que él acaba de decir, para que así tenga la oportunidad de repetirlo e incluso conseguir aprender algo en el intento.

 

Él, que está encantado con el piso que acaba de comprar y siente algo de vergüenza cuando habla cualquier idioma que no sea castellano, se limita a repetir apresuradamente lo que ella traduce y a seguir dando datos sobre las habitaciones de las que ahora dispone, siempre en su idioma natal.

 

Ella, que no está nada, pero nada interesada en conocer los metros cuadrados que tiene la terraza de él pero sí en practicar castellano cuando llegue su turno, insiste en llamarle la atención a él para que hable el idioma que toca, con el objeto de poder sentirse cómoda consigo misma cuando la conversación haya de tener lugar, entonces cómodamente ya, en el que él se empeña ahora en utilizar.

 

Él, que siente algo de vergüenza cuando habla cualquier idioma que no sea castellano y en realidad se apuntó a esto del intercambio de conversación para ver si encontraba una mujer con quien compartir el pisito de marras, ignora las llamadas de atención de ella cada vez con un mayor grado de naturalidad, sin apenas darse cuenta. De hecho ya apenas recuerda por qué está allí.

 

Ella, que está interesada en practicar castellano cuando llegue su turno pero no es la mujer con quien él podría compartir el pisito de marras, se rinde y decide dejar lo del intercambio.

 

Se suma al castellano, comienza a practicar. No parece que vaya a recibir queja ninguna, así que por qué no aprovecharse.

 

Él no va a proferir queja alguna, porque en realidad apenas se ha percatado de que haya habido cambio alguno en las circunstancias de la conversación. Eso sí: se encuentra de pronto como pez en el agua. Percibe más agradable la situación, más entrañable a la persona que tiene enfrente. Muy bien todo, vaya.

 

 

Ella tiene mucho cuidado de seguir hablando de lo que a él le gusta hablar para que él siga sin percatarse de lo de las circunstancias de la conversación. Habla de ello durante veinte minutos más; después se va contenta a casa. Había venido a intercambiar conversación, él no, y a pesar de todo ella había conseguido su parte del intercambio. Había ganado. Había dirigido las cosas según su propio interés.

 

Él también se va a casa. Cuando han desaparecido ambos del local que compartimos yo me quedo pensativa. Me quedé, en realidad, que a estas alturas podemos ya empezar a prescindir de atmósferas. Y pensaba que vete a saber quién de los dos había dirigido allí más la situación en cuestión: ella había conseguido su parte del intercambio por medio de una estrategia cuidadosamente improvisada. Él había hecho lo que le había dado la real gana durante todo el no intercambio con tan poco esfuerzo por su parte que ni siquiera era consciente de haber hecho nada.

 

Conque.

11/08/2010

Hace un par de días tuve la oportunidad, de la mano de Marilyn en una secuencia de Doctor en Alaska, de recordar a un determinado caballero que conocí hace bastante más en la red de transporte público de la ciudad de Barcelona*. En el metro, para más señas. Será por señas: línea 3, dirección Trinitat Nova, trayecto Penitents-final de.

 

La primera vez que le vi no la recuerdo, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí sé es que debía rondarnos el mes de noviembre cuando se convirtió en costumbre que, al ir los demás pasajeros desapareciendo a lo largo de la susodicha línea para dirigirse a sus respectivos destinos, antes o después el vacío del vagón fuera suficiente para evidenciar que nos habíamos vuelto a encontrar. Que habíamos vuelto a coger el tren de la misma hora, que volvíamos a bajar los dos en la última parada, que prácticamente nadie más utilizaba ésa en concreto de lunes a viernes a eso de la hora que fuera, que los dos seguíamos interesados en utilizar el ascensor para subir a la superficie, que dados todos los hechos citados resultaba cómodo y hasta cierto punto inevitable comenzar por vez enésima una nueva conversación sobre casi ninguna cosa.

 

Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

 

Él era un hombre de unos cuarenta y tantos, nacido en algún lugar de Hispanoamérica, electricista y dicharachero. Yo soy, y resulta que también era, una persona tirando a insociable y que antes de las 8 de la mañana encuentra tirando a difícil sacar temas de conversación, y mucho más desarrollarlos durante más de 3 minutos y medio. Semejante conjunción de características derivó inevitablemente en que, una vez trascurridas todas las mañanas de casi cada mañana de noviembre y una vez decidido que ya habían sido suficientes mañanas y suficientes conversaciones, yo decidiera intervenir.

 

Es que Una nueva conversación sobre casi ninguna cosa casi cada mañana de noviembre.

 

Decidí intervenir, era sencillo, la única razón por la que el azar me era tan desfavorable en lo que a número de encuentros se refiere era que no se trataba tanto de tal azar como más bien de la rigidez de nuestros respectivos horarios matutinos, estaba claro. Así que:

 

Como

Lo que quería era que no volviéramos a coincidir

y

Lo que esperaba era coincidir el mínimo número de días posible de entonces en adelante

,

Lo que hice fue levantarme cinco minutos antes cada mañana para alterar las probabilidades de coincidencia temporal

...y

Lo que pasó fue que durante todo el mes de diciembre coincidimos, de nuevo, prácticamente cada día.

 

Vaya, ahora sí parecía que el azar me era especialmente desfavorable, y sin venir a cuento. Resultaba irritante. Así que, bajo los efectos de la agotadora sensación de que coincidiríamos mucho y para siempre, decidí que mi mejor opción es intentar aburrirle.

 

Y como entonces

Lo que quería era no interesarle demasiado

porque

Lo que esperaba era que él intentara no tener muchas conversaciones más conmigo

,

Lo que hice fue darle más cancha en la que me pareció más propicia

 

, que resultó ser la que versaba sobre su madre. Con el objeto de que no decayera, una vez él acabó de explicar lo sola y enferma que estaba la susodicha viviendo no recuerdo dónde , creí oportuno preguntarle: “ ¿Y cómo está ahora, la mujer?”, de modo que

 

Lo que pasó fue que él contestó “No estoy casado”, y que yo había no-sacado un tema que resultó ser recibido, tengo que decirlo así, con un gran interés por su parte.

 

Vale, ahora sí tenía que rendirme del todo. Nos encontraríamos mucho, para siempre y tendríamos conversaciones embarazosas, al menos hasta que yo consiguiera deshacer un entuerto que me daba mucha pereza deshacer, por la importancia que los intentos al respecto concederían al dichoso entuerto en sí. Así que como

 

Lo que quería llegado aquel punto era básicamente resultar antipática

 

Lo que hice fue no darle más vueltas al tema, no volver a mirar de reojo para localizarle dentro del vagón, no cambiarme más de postura para evitar temporalmente el contacto visual, no pensar ni por un momento más cómo desarrollaría mis siguientes guiones para que todo fuera lo menos forzado posible

...así que, por supuesto,

Lo que pasó fue que nunca más nos volvimos a encontrar.

 

 

Los Lo que hice no tienen sentido cuando sirven a unos Lo que quería que se han construido basándose en condiciones externas que el sujeto no sabe descifrar. Pensamos que las circunstancias son de una manera, expresamos un Lo que quería, decidimos un Lo que hice. Y muchas veces resulta que las circunstancias en realidad existentes no coinciden con las pensadas, lo que puede acabar llevando a que Lo que pasó presente un aspecto de lo más insospechado.

 

Contaba Marilyn hace un par de días cómo, en una ocasión en que un indio de su comunidad se había partido una pierna haciendo deporte, el resto del pueblo se había dedicado a comentar la mala suerte del chico; “ya veremos”, les respondía él. La semana siguiente estalló la guerra y el chico no pudo ser reclutado por el ejército, debido a su lesión. La gente comentó entonces qué buena suerte había tenido su conciudadano, en realidad; “ya veremos” seguía siendo su única respuesta.

Él sabía que las circunstancias no siempre se comprenden. No se molestaba en formular ni decidir Lo que alguno, y de este modo conseguía que el último de todos ellos no le resultara en ningún caso insultante, ni injusto; ni siquiera incomprensible.

 

Vaya, me ha quedado una entrada estupenda de libro de autoayuda, con su dosis de sabiduría de pueblos ancestrales incluída, qué nivel

 

* Abro aquí un paréntesis para rendirme a la evidencia de que sí, debería cambiar el título del blog y no engañar al lector potencial haciéndole creer que encontrará en él historias sobre ejemplares de gente que no se encuentren familiarizados con la TMB, vale.

03/05/2010

 

Bajé Mare de Déu del Coll experimentando el nivel de distracción de quien hace cada día el mismo recorrido para dirigirse al mismo sitio y a parecida hora, esto es, sin apenas darme cuenta de lo que hacía. Como cada día, giré a la derecha, realizando el movimiento justo y en el momento necesario para coger donde debía esa calle de cuyo nombre, todavía hoy, no estoy segura del todo. Bajé por ella. Cambió de pendiente. Subí por ella. Otro giro, éste más dramático en su cerrazón y más a la izquierda en su orientación. Entré por la boca de metro. Descendí al andén.

El nivel de distracción descrito al principio del párrafo anterior había permanecido inalterado durante todo el recorrido hasta ese andén, de manera que todos los pasos que acabo de enumerar sólo los infiero gracias a que días y días seguidos realizándolos han dejado en mi memoria una especie de recuerdo global sobre sus características, un recuerdo sin día ni hora. Los infiero, pero no los recuerdo. Ni los recuerdo ahora ni, claro está, los recordaba en aquel momento, cuando recobré la consciencia una vez en el andén. No se generan recuerdos globales atemporales por acumulación de días memorables, simplemente no funciona así.

 

Decía que recuperé la consciencia a la altura del andén. Dejo de inferir y os cuento entonces.

 

No desperté por casualidad, eso tampoco funciona así. Una chica de unos treintaymuchos y con talante más tirando a echaopalante se encargó de hacerlo posible, al preguntarme furiosa:

 

-¿Tú sabes por qué el bar de arriba no está abierto hoy?

 

No sólo preguntó. Afirmó unas cuantas cosas, también, siempre con su tono echaopalantealostreintaymuchos:

 

Siempre, cada día del año, lo he visto abierto. Y hoy, el único día que es excesivamente necesario

 

- qué bonito, no, “excesivamente necesario”-

 

que esté abierto porque necesito un bar, coge y está cerrado.

 

Mientras balbuceaba un tímido “Pues es que no sé de qué bar me hablas, nunca me he fijado” y ella apenas me escuchaba porque estaba enteramente dedicada a flipar y a explicarnos cuánto flipaba como consecuencia de la momentánea inaccesibilidad del famoso bar, yo sólo podía preguntarme desesperadamente a qué bar se refería. Entraba por la misma boca de metro cada día, muchos generando recuerdos atemporales, pero otros no. Otros había entrado mientras miraba a mi alrededor, estaba segura. Al menos al principio debió ser así, decía yo, digo yo. Pero en mi cabeza no había rastro de bar alguno, y eso me inquietaba y me despertaba del todo, tan brusca y violentamente que estaba a punto de conseguir enfadarme.

 

No tuve tiempo. Mientras yo divagaba y me apenas enfadaba nuestra chica volvió a sacarme de mi ensimismamiento, esta vez para preguntarme si

 

era esa hora que ponía ahí.

 

Tras comprobar qué ponía ahí le dije que sí, que eran las siete y media.

 

Ella, demostrando que su capacidad de experimentar a la vez sorpresa e indignación no había tocado techo con la recepción de la información anterior, proclamó entonces a voz en grito:

 

-¡Las siete y media! Pero, ¿cómo pueden ser las siete y media? ¡Es imposible!

 

Ya os hacéis a la idea: le extrañaba la hora que era, le extrañaba con mucha intensidad, y así nos lo decidía hacer saber durante lo que acabaría siendo bastante rato.

 

A mí mientras tanto se me había olvidado lo del bar, pero también atender a las nuevas quejas. Y es que la segunda pregunta que se me había dirigido me había parecido más fascinante aún: ¡resultaba que cuando cogía el metro, día tras día y siempre en la misma parada, eran ya las siete y media! Eso quería decir que desde allí hasta la puerta de mi destino habitual sólo había media hora. Qué gracia, en realidad tardaba mucho más en llegar al metro y mucho menos en viajar en él de lo que había imaginado hasta entonces. Volví a despertar, pero esta vez ilusionada por la curiosidad que había sido satisfecha antes de nacer.

 

En realidad no sé qué fue de la chica a partir de entonces, no sé qué fue de sus treintaymuchos ni de su otra característica palabrocompuestamente describible. Creo que finalmente entró en el mismo metro que yo, pero en un vagón diferente al mío. Creo, también, que se tranquilizó relativamente pronto; antes incluso, pero reitero mi creo, de subirse o no a otro vagón diferente del mío. Claro que eso sólo lo infiero de mi falta de recuerdos sobre un efectivo final de su dramatización, de modo que, como seguir por ahí sería dejar de contaros y volver a inferir, mejor será que me vaya callando.

Porque sí, creo que todo lo que pasó durante mi período de vigilia del trayecto de aquella mañana está ya contado.

 

Resumamos entonces: una chica con una vida aparentemente fascinante se cruzó conmigo una mañana de un día que iba camino de no dejar rastro alguno en mi memoria, más allá del que dejan todos en forma de la información que me permite tener mañanas de días que no dejan rastro alguno en mi memoria. Una chica hizo todo eso, y consiguió que el día en cuestión dejara uno de los que apetece contar en un blog que se ha abierto para contar cosas que dicen las chicas y que consiguen hacer que los días dejen esos rastros. Y pasaron dos cosas guays:

 

 

1- De las dos, es a ella a la que habían pasado cosas obviamente más interesantes durante al menos la noche anterior a la mañana de los hechos; lo probaba el hecho de que necesitaba un bar como una cuestión de vida o muerte a las siete y media de la mañana, y el de que además ignoraba que lo fueran. Así me lo hizo saber, por medio de preguntas directamente dirigidas que consiguieron sobresaltarme y permanecer atenta a lo que pasaba pero que, sin embargo, si llamaron mi atención sobre algo por encima de lo demás fue sobre la existencia de datos pertenecientes a mi vida más rutinaria. Recuerdo ese día porque me di cuenta de que existía ese bar, y porque a partir de entonces sé cuánto tardo en viajar en metro hasta llegar al trabajo.

 

Para eso sirvió, en lo que a mí respecta, todo lo que fuera que le pasó a aquella chica cuando fuera que le pasó. Qué raro es todo.

 

2- Todo lo que fuera que le pasó a aquella chica, cuando fuera que le pasó, sirvió para que yo me diera cuenta de que existía ese bar y de que cojo el metro, cada mañana, alrededor de las siete y media, sí; pero también para que comprendiera, aunque sólo a través de estas dos revelaciones sobre mi trayecto diario, qué fascinante debió ser todo aquello que le había pasado: ahora sé que cada mañana existe un bar donde gente que no ha pegado ojo ignora que son las siete y media mientras yo espero el metro en el andén. Ahora lo sé, pero entonces no lo supe inmediatamente, sino sólo una vez supe que existía un cierto bar a una cierta hora. Lo que pasó es que me di cuenta de lo que conllevaba la existencia de ese bar y esa hora, pero sin ser consciente de ello: por eso me sobrecogió tanto la información.

 

Lo que pasa es que pasar por la puerta de determinados sitios a determinadas horas nos hace partícipes de grandes historias, y eso mola un montón.

03/03/2010

Para imaginarte bien cómo se desarrolló la escena, empieza por imaginar que estás sentado en una silla. La silla en cuestión se encuentra en un habitáculo, a su vez, con ventanas a los lados y dos puertas que se abren aproximadamente cada siete minutos. Con cada apertura, y esto es importante, el habitáculo entra en contacto con el mundo exterior: por la puerta que está situada en un extremo de la habitación, hacia el que todos miran, entran personajes de fuera. Por la que está más bien en el centro, sin embargo, salen algunos de los que se encontraban dentro, en número variable según la ocasión. Tú estás sentado muy cerca de esta última puerta; tanto que sientes el fresco que se cuela por ella cada vez que pasan el número de minutos que cada vez resulte que transcurran entre contacto y contacto.

 

Si miras a tu alrededor sólo ves o grupos de personas temporalmente asentadas en su lugar dentro del prisma o aquellos que se disponen a abandonarlo con mayor o menor inmediatez.

 

Si miras con mayor atención eres capaz de hilar un poco más fino en lo que respecta a tres grupos de personas concretos, al menos si decides -que lo decides, ya te lo digo yo- atender a los prejuicios de que puedes y te sientes tentado a tirar en ese momento:

 

Delante de ti, lo que te parecen representantes del clásico estereotipo progres-pijos catalanes.

 

Una fila por detrás, una pareja que más bien computa como el típico matrimonio amargado/amargante -que no un matrimonio entre estos dos tipos de persona, entiéndase, sino una pareja que resulta ser ambas cosas porque es cada una a causa, precisamente, de ser la contraria, tú ya me entiendes-.

 

Otra fila más hacia el fondo, la típica señora de clase cultural media baja que construye su prestigio social a base de ser inapropiada y sobre todo públicamente ordinaria ante cualquier situación porque resulta que, en consecuencia, su grupo de compañeras de rutina y fans (de igual clase cultural pero mucho más educadas, que nada tiene que ver) le ríen todas y cada una de las actuaciones que lleva a cabo.

 

 

Paremos un momento. Decía, tres párrafos más arriba, que tu capacidad de detección de los tipos de persona que te rodean está principalmente basada en los prejuicios que eres capaz de rescatar aquí y ahora de tu bagaje cultural, pero te he mentido. Te he ocultado información porque hacerlo era importante para describir la escena: dónde estás, cómo es ese dónde en el que estás, con quién estás. Sin embargo, tienes una razón muy concreta para generar los juicios de valor que has generado, aunque aún no la conozcas: había entrado el revisor.

Intenta rebobinar: quedan dos minutos y medio para saber más sobre la gente que te acompaña, pero aún no sabes nada sobre ellos. Al menos no más sobre los grupos que acabarás descubriendo que sobre los demás compañeros de cubículo.

 

Y entra el revisor.

 

Los a punto de pijos-progres entregan sus billetes sin decir nada. Eso sí: cuando el revisor se equivoca y se los pide por segunda vez, se quejan con un aire de superioridad que les delata. Con un aire, pero también un número de veces tan elevado que les acaba por etiquetar del todo, al menos en tu opinión.

 

El y la amargantes se limitan a entregar su billete. Dado que de momento no hacen comentario alguno sobre nada de lo que pasa allí dentro, te resulta muy difícil identificarles. Vamos, que hasta ese punto todavía no lo has hecho en absoluto. Diez segundos más tarde, sin embargo, el amargado cree ver a su vecino por la ventana de su derecha. Está comprando fruta, y son las ocho menos diez. La combinación de los dos últimos hechos mencionados les parece totalmente incomprensible y, a todas luces, públicamente reprobable a la y el amargados, de manera que deciden reprobarlo públicamente. Que qué horas, dicen.

Son ellos, ahora lo sabes.

 

La señora de las fans intercambia unas palabras con el revisor que no consigues descifrar del todo. Cuando éste os deja, ella celebra en un volumen ensordecedor haberle ganado una batalla cuyo contenido, de momento, te sigue sin resultar obvio. De sus gritos deduces que su título de transporte había caducado, y que finalmente le han sido perdonados los 100 euros de multa. Por sus gritos sabes que quiere que creas que estaría dispuesta a ir a la cárcel antes que a pagar los cien euros. Por medio de los siguientes averiguas lo que haría si se viera algún día efectivamente obligada a ingresar en prisión por esta causa: llamaría antes a su cuñada, para que le fuera a buscar la niña al colegio.

Caray si es ella.

 

Ahora sí. Ahora conoces del todo el escenario que te he presentado desde el principio. Estás allí, al lado de la puerta, contemplando la mitad delantera del espacio que compartís, sabiendo dónde se encuentra cada uno de los grupos detectados, inquieto, agazapado, observando. Pensando: ¿estaré en lo cierto? ¿serán realmente tan lo que parecen?... Y suponiendo que sí.

 

 

Pasan otros veinte segundos. Por la puerta delantera, la más alejada de ti, accede a la habitación un personaje que no sólo parece encontrarse en estado ebrio, también declara estarlo en un volumen muy similar al utilizado por la mujer del final de la sala para la mayoría de sus declaraciones.

 

Tú le miras interesado, que es básicamente lo que haces con todo lo que te rodea.

 

Los progres-pijos no comentan nada sobre su entrada ni sobre cosa alguna que tenga que ver con él, pero se apartan un poco cuando pasa por su lado, para no verse obligados a entrar en contacto físico.

 

El matrimonio que convive con la amargura clama al cielo. Jurarías que alguno de ellos incluso se ha santiguado, pero no has llegado a verlo con claridad (recuerda que están detrás. Mírales, si quieres. Están detrás. ¿Se ha santiguado? Apuesto a que ya no puedes saberlo, es demasiado tarde) .

 

La señora de volumen moralmente cuestionable decide hacer partícipes a todos los presentes de lsu opinión, descrita a través del enunciado “y por qué no nos emborrachamos todos y a tomar por culo”, gritándolo varias veces para su regocijo personal.

 

Tú sonríes, porque tenías razón. Todos son lo que parecen.

 

Pero, ¿habrá más? ¿Habrá más gente que es lo que parece, pero cuyo estereotipo definidor no reacciona ante revisores ni borrachos, de manera que pasan desapercibidos? Al fin y al cabo tú eres un friqui de la observación de los que te rodean y probablemente nadie se haya dado cuenta. Te atormentas más aún: ¿Habrá estereotipos que reaccionen ante cualquier estímulo? ¿y ante ninguno? ¿y sólo ante otro?; ¿Cómo interactuarían entre ellos los que hoy te han hecho disfrutar tanto?; ¿Cómo reaccionarían a la consciencia de la existencia del otro, sin interactuar? ¿Empezarían a comportarse incoherentemente con lo que se espera de ellos ante la evidencia de la existencia de estereotipos?

 

Les dejas, y vuelves a sonreír, porque te gusta que, a veces (claro), todos seamos lo que parecemos.

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10/02/2010

Otro día cualquiera, otro medio de transporte de la TMB. Volvía de trabajar en uno de esos vagones de metro que se comunican con los demás por dentro, de esos que crean una sensación de sociedad efímera entre sus pasajeros todavía mayor que la que existe en los clásicos, porque en los primeros hay más tipos de persona que en los segundos pero todavía unos tipos concretos, y porque se pierde la vista al intentar abarcarlos todos, y porque los de lejos a veces vienen y se dejan conocer mientras otros inicialmente más cercanos marchan para nunca más dejarse ver por según qué parte del vagón-mundo.

 

En el mío, en el vagón-mundo de allí-y-entonces, un par de adolescentes poblaban momentáneamente los alrededores de la puerta que yo tenía inmediatamente a la derecha. Tengo que decir que en todos los mundos que se generan en Barcelona y en torno a las tres de la tarde vive el correspondiente porcentaje de adolescentes, que invariablemente se dirigen a su centro de estudios para recibir sus dos últimas horas de clase. Y en casi todos, además, cualquier poblador de las cercanías de los territorios ocupados por ellos puede seguir sus conversaciones al pie de la letra sin hacer el menor esfuerzo. Vamos, que son un colectivo con un sistema autopropagandístico bastante bien gestionado y perfectamente ejecutado, eso hay que reconocérselo. Pues el mío no era la excepción. Mi mundo, digo, que como decía antes contaba con sus correspondientes quinceañeros a mi derecha, y que como digo ahora éstos además contaban con muy poca vergüenza a la hora de compartir sus sentimientos con el resto de nosotros. Supongo entonces que no les importará que yo los comparta a mi vez con vosotros, y en consecuencia os intento transcribir todo lo que dijeron entre el momento en que llamaron mi atención sobre ellos y aquel otro en el que abandonaban por fin el vagón:

 

Adolescente 1: -Es que qué cariño le hemos cogido a Adrián con el tiempo, al final es que es majo, y hombre, al fin y al cabo, además, es que es el primo de Iván...

A1, también, después de suspirar y meditar unos segundos: -Que a ver, que también te digo que Iván va primero, eso está claro...

A2: - Hombre, sí, sí, ¿no?, sí, al menos para nosotras...

A1: - Claro, claro, pero para nosotras está clarísimo...

A2: - Bueno, y para mucha gente más.

 

Antes de abandonarnos del todo, callaron durante unos segundos. Pocos, pero pocos porque pasaron pocos antes de que ocurriera lo de abandonarnos, pocos pero suficientes para que los interesados supiéramos que la conversación había acabado y que no iba a volver, en modo alguno, a comenzar.

 

Después, la interesada que aquí lo cuenta se quedaba un rato pensando qué tenía la frase “y para mucha gente más” para haber podido sentenciar de manera tan rotunda un tema que, hasta su pronunciación, parecía ser sólo una expresión constante de dudas e inseguridades. Desde el primer “Es” que he transcrito, y probablemente desde algún momento indeterminado de la divagación mental anterior de alguna de las articuladoras de palabras originales, ambas querían llegar a un acuerdo. Un acuerdo sobre quién era más importante para ellas, un acuerdo claro entre las partes pero que irrebatiblemente les diera la razón ante el mundo, además. Querían decir en alto que Iván va primero para nosotras, seguro, y que además es normal, porque Iván mola más. Pero el caso es que en un principio no lo acababan de conseguir, y que eso había llevado al reinado de la cautela antes, durante y después de cada frase de la conversación, no fuera que alguien la cagara y se desvanecieran de pronto las posibilidades de acuerdo... y es que qué, si la otra A no pensaba lo mismo... ...hasta que ah, es que Iván es más importante que Adrián “y para mucha gente más”. Ah.

 

Estaréis conmigo en que la frase en cuestión no aporta ninguna información, absolutamente ninguna, a la conversación. El contenido es una verdad a posteriori, quizás, pero una verdad cuya comprobación empírica conlleva vivir unos diez minutos en el planeta, y esta vez hablo del achatado por los polos, no de la tontería de metáfora de hace diez o quince líneas. Todo el mundo le importa más a un cierto número de personas que otra cualquiera, eso no voy a argumentarlo porque hasta ahí podíamos llegar. Y nuestras As lo sabían, además, porque no se les había ocurrido decir “y para todo el mundo”, no, eso no hubiera tenido sentido.

 

Ya seguro estáis conmigo en que la frase en cuestión no aporta ninguna información, absolutamente ninguna, a la conversación. Y, aún así, había sido suficiente para tranquilizar definitivamente a emisora y receptora, para permitirles decidir que ya habían decidido y demostrar que ya habían demostrado todo cuanto querían decidir y demostrar.

 

Entonces es cuando decidí permitirme yo el mismo grado de autocomplacencia e inventar un argumento que descifrase el enigma lo más satisfactoriamente posible. Eso sí: como yo no soy tan artista, y sí un poquito más cuadriculada que nuestras chicas, me incliné por buscar uno que dijera algo, uno que explicara explicando, a poder ser. Y al final, justo antes de morir yo también en el mundo de puertas automáticas y reencarnarme en el de las escaleras mecánicas, encontré uno que me satisfizo:

Con una frase han reconstruido, traduciéndola, toda la conversación.

Desde el principio del diálogo, y sin saberlo, sí estaban de acuerdo, sí se entendían. Sólo al final se habían percatado. No habían dicho bien lo que las dos sabían, no se habían oído como querían oírse, pero se habían estado entendiendo. Se habían estado entendiendo y ni siquiera hacía falta, de hecho, decir nada concreto para confirmarlo, porque el entendimiento ya había tenido lugar. Sólo darse cuenta de lo que había pasado y rápidamente pronunciar las palabras que tradujeran con carácter retroactivo todo lo anterior.

 

Y esas palabras son nuestras cinco palabras,claro, si no de qué. Con ellas traducen todo. Cuando las oyen respiran tranquilas, porque entonces sí habían tenido la conversación que querían haber tenido desde el principio.

 

La habían cambiado, y sólo entonces la repasaron mentalmente. Era correcta. Correcta y más o menos así:

 

Adolescente 1: -Es que qué cariño le hemos cogido a Adrián con el tiempo, al final es que es majo, aunque hombre, al fin y al cabo, ha sido únicamente porque es el primo de Iván...

A1, también, después de suspirar y meditar unos segundos: -Que a ver, que nos importa mucho más que el primo por muy majo que el primo sea, eso está claro...

A2: - A nosotras sí, claro, opine lo que opine otra gente...

A1: - Y qué gente, también te lo digo.

A2: - Sí, porque son pocos, y no interesan nada, además.

 

Ambas sonrieron, habían ganado. Callaron unos segundos mientras pensaban que igual tampoco eran TAN pocos los que no interesaban, porque al fin y al cabo Iván sí necesitaba su amor. El de las As, digo. Iván era quien era, y probablemente quien siga siendo en algún lugar de esta ciudad, en buena parte gracias a ellas.

 

¿A que sí?

25/01/2010

Siguiendo con el hilo de la entrada anterior -el de las situaciones en las que todos ven y oyen cosas que ninguno comenta- me gustaría reflexionar esta semana sobre un tipo de estas situaciones, que, aún siéndolo, es también del todo diferente del anterior: si allí hablaba de escenarios que precisaban de un posicionamiento cuya descripción oral era inexplicable y humorísticamente evitada, aquí hablaré de aquellos en las que nadie tiene claro si la situación precisa nada: parece extraña, pero no estamos seguros. Nos gustaría comentarla, pero no sabemos si nadie más se ha fijado en lo que pasa. O de si pasa algo en absoluto, vaya.

Porque es que sí, es que estas situaciones también me encantan. Porque cuando las vives no puedes evitar verte desde fuera, y porque resulta que cuando lo haces el martes ya no parece aburrido: es acojonante, y sólo tú te das cuenta, con lo que forzosamente tienes que ser el protagonista del libro.

O algo.

 

A mí me pasó hace dos o tres martes, aunque aquel martes en concreto cayó en viernes, con lo que se me hace algo difícil calcular exactamente el número de martes de todos los tipos que han pasado desde entonces. Da igual, lo importante es que estaba en la sala de espera del odontólogo. Estaba en la sala de espera del odontólogo, que qué aburrido es esperar y qué tonterías dicen las revistas que yo no leo nunca, como... uy madre, qué hija de puta qué tipo se le ha quedado a ésta, ¿no? que no, que hala, que siempre me engancho, con lo bien que había quedado yo delante de mi monólogo interior. Vuelvo a empezar. Estaba en la sala de espera del odontólogo, que... un momento, ésa es la misma señora que hace diez minutos... ¿o no?

 

Lo hubiera jurado. La misma señora había salido de la misma puerta dos veces, sin entrar por ella. Había entrado en la habitación por esa puerta, hacía un rato... y entonces volvía a entrar.

 

Me despisto, tipo que se le ha quedado, anuncio de galletas -¿siguen existiendo? No en el Día, desde luego-, reflexión superficial sobre cómo debe ser trabajar como odontólogo... y entra otra vez. Esta vez sí que no ha salido, ¿nadie más lo ha visto? Les miro. Me miran: soy incapaz de saber si me miran con la misma curiosidad, la que a mí me corroe. Les miro más: ya no me miran. Mierda.

 

Martes acojonante, ya está.

 

Igual nadie dice nada porque nadie se ha dado cuenta. Yo tampoco digo nada, porque no estoy segura de haberme dado cuenta. Pero no puedo evitar preguntarme cuántas veces tendría que entrar alguien por esa puerta, sin salir por ella, para que alguien dijera algo. ¿Cuántas? ¿En qué momento la obviedad de lo surrealista vencería la timidez que genera lo que no se entiende? Da igual, de momento nadie dice nada.

 

Yo decido vigilar la puerta.

 

Dos minutos después decido que es más útil, o al menos más entretenido, vigilar a la señora.

 

La señora se ha sentado en un sillón cualquiera, como si acabara de llegar allí por primera vez y quisiera fingir la actitud normal de la última incorporación a la sala. No entiendo nada, por qué no hace más cosas raras...

...espera: se levanta. Lo sabía: en algún momento traicionaría su actuación. Se dirige a otra puerta, e intenta abrirla. Otra es la otra, la única que queda. No es por la que ella se dedica en cuerpo y alma a entrar sin salir cada cincuenta segundos, pero tampoco es por la que sale la gente normal, aquella por la que la enfermera nos va llamando uno a uno, privándonos -les, de momento- de la posibilidad de acceder alguna vez a la verdad.

La otra puerta está cerrada. La señora, visiblemente decepcionada, se sienta.

Otro que marcha, vaya apellido. La señora se vuelve a levantar. Vuelve a intentar abrir la misma puerta. La otra puerta sigue cerrada, sí. Claro. Han pasado dos minutos y nadie ha entrado ni salido por ella. Impertérrita, durante los siguientes seis lo vuelve a intentar otras dos veces. No sabría decir si los intervalos entre intentos son regulares o no, pero sí sé que cada vez que intenta abrir la puerta la ya Señora vuelve a sorprenderse y a decepcionarse una y otra vez, y siempre visiblemente.

 

Martes acojonante, aunque ya estaba.

 

Igual nadie dice nada porque nadie se ha dado cuenta. Yo tampoco digo nada, porque no estoy segura de si hay algo de lo que dársela. Pero no puedo evitar preguntarme si el hecho de que el primer comportamiento extraño vaya acompañado de un segundo debería ser un acelerador del empezar a decir. Esto es, imaginemos que la respuesta a mi primera pregunta fuera 34: que de hecho supiéramos que hace falta que alguien entre por la misma puerta 34 veces, sin salir por ella, para que otro alguien decida comentarlo, dados un escenario y un público concretos. Pues bien: cuando la entrada hubiera tenido lugar, digamos, 17 veces, ¿qué pasaría si el mismo alguien dejase de entrar por una puerta y empezase a intentar abrir otra compulsivamente, sorprendiéndose cada vez de que estuviera cerrada? ¿El comentario dichoso tendría lugar antes o después de la actuación número 34?

 

Me llaman. Me hago una limpieza dental, pero no vuelvo a ver a la señora. Cuando salgo, ya no está.

 

Mientras vuelvo a casa, pienso que la respuesta es probablemente antes: más sucesos extraños, más violento el silencio.

Sigo volviendo cuando se me ocurre que no, que es al contrario: si existen dos comportamientos extraños seguidos es que están obviamente ligados, de manera que juntos, aunque aumentan la curiosidad sobre su causa común, disminuyen la sensación de que no tengan ninguna, y así las ganas de intervenir: que la señora estaría perdida, qué sé yo.

 

Casi he acabado de volver cuando no puedo evitar reivindicar mi aventura: estarían ligados, pero no lo parecía. No tenían en común más que las puertas. En aquella sala el martes fue acojonante y nadie dijo nada, porque lo que sí pasa es que un comportamiento extraño aminora las ganas de comentar otro previo porque se anulan, como si la señora se hubiera dedicado en realidad a entrar y salir por la misma puerta. No salía, sólo entraba, pero no comentar uno de los hechos hacía aún más violento no haber comentado el primero. Eso es.

12/01/2010

Me encantan esas situaciones en las que varias personas, cuantas más mejor, presencian un mismo acontecimiento, todas son conscientes de haberlo hecho, casi ninguna permanece interiormente indiferente ante aquello que acaba de ocurrir y, aun así, ninguna dice nada. Todas saben que el resto ha vivido lo mismo, todas saben de la adhesión de las demás a uno u otro bando - y me refiero no a que tenga que haber partes enfrentadas, sino a la simpatía o antipatía de cada uno hacia los bandos que representan las diferentes corrientes de opinión que automáticamente genera un hecho, y es que las más obvias e inmediatas no suelen resultar más de dos o tres-, nadie dice nada.

 

O sea: todos ven, todos sienten*, todos saben que no sólo son ellos los que sienten, nadie dice nada.

 

Os explico ya qué ha pasado, vale. Hace unos días, en la cola para subir al 28 en la parada que está cerca de la boca de metro de Vallcarca, un adolescente con pinta de vivir en los 90 y de ser de los que se cuelan en el autobús hizo honor a mis prejuicios y pasó junto a la máquina de cancelar billetes sin inmutarse, y, ya de paso, sin cancelar billete alguno. Iba con la música muy alta, como la señora que rompió la regla de oro nos hizo notar:

 

-Te has colado en el autobús, y eso no se hace, y llevas la música tan alta para poder hacerte el sueco.

 

Ella no lo dijo en forma de enumeración, sino más en plan indignada y con formas de señora sin el bachillerato venida a más en su vocabulario por el peso de la razón. Pero sí utilizó la expresión “hacerse el sueco”, que he reproducido fielmente y no por casualidad, sino para utilizarla a continuación hasta desgastarla y que me quede todo como más gracioso: sí, el chico se hacía el sueco. Sobre lo de no haber pagado, pero también sobre la bronca que le intentaba poner ahora en evidencia. Y no era sólo él quien se lo hacía: yo, que llevaba la música a un volumen indeterminado pero también existente, me hacía la sueca, exactamente igual, al respecto de ambas cosas -falta y reprobación-; el resto de los viajeros del autobús, que no sólo podían oír perfectamente todo lo que pasaba, como nosotros, sino que además no podían fingir que no lo hacían, porque no tenían dispositivos electrónicos a mano, se hacían los suecos sobre falta, reprobación, resoplidos posteriores de la señora ante la presencia de tanto farsante y, cómo no, rendición en última instancia de la pobre luchadora solitaria. Porque sí, la señora se rindió, haciéndose finalmente la sueca sobre sí misma y su inmediatamente anterior actuación. Aquí no había pasado nada, qué le íbamos a hacer.

 

Un montón de gente nos hacíamos los suecos ante lo que había pasado y ante el hecho de que todo el mundo se lo hacía, lo cual es hacerse el sueco sobre hacerse el sueco, rizando el rizo. Y al final reinó el silencio, y todos respiramos tranquilos, porque evidentemente es lo que pretendíamos desde el principio con nuestra actitud.

 

Pero antes de respirar, inquieta y durante mi actuación como testigo calzonazos, yo me preguntaba: ¿cómo puede ser que decir en voz alta que llevar música no “se vale” como excusa para fingir no enterarse de nada no sirva en absoluto para que, efectivamente, no se valga? ¿Qué extraño mecanismo lleva a que, tras ser mencionado explícitamente como mentira ruin, los dichosos casquitos a mí me siguieran valiendo de coartada? ¿Por qué el mundo es a veces menos estricto con las reglas acordadas que el desarrollo de cualquier juego infantil que se os ocurra, cuando en este último caso ya se presupone que básicamente existen para intentar saltárselas?

 

Y un poco después, pero siempre antes del silencio final, me pareció que había algo más raro todavía. ¿Cómo puede ser que decir en voz alta -y se dijo porque suena razonable, y lo suena porque todos pensamos que es extrañamente cierto- que, en cualquier caso, tiene algún sentido hacerse el sueco cuando se lleva puesta la música, dando a entender que resulta mucho más complicado en el caso contrario, no sirva para que el resto del autobús no fuera capaz de hacérselo?

 

Me encanta jugar a los días normales, porque no hay quien entienda las reglas.

 

*Me gustaría puntualizar aquí que aseguro que casi todas las personas se adherirían inmediatamente a una opinión sin conocerlas de nada, soy consciente, y es que cómo podría conocerlas, si de momento sólo estoy generalizando. Que la mayoría de ellas lo haga es simplemente una condición de partida: vamos, que para que “me encante”, como dice la frase introductoria de hoy, el hecho presenciado tiene que ser de tipo polémico, por un lado, y los testigos, por el otro, más de tipo humano.

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