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Cosas que hacemos y decimos la gente-por Blanca Gómez López

03/11/2007

Parada del 28 de Plaza de Cataluña. Origen de línea. Llego corriendo porque creo que se me va, pero no se me va; llega. Dadas las circunstancias, puedo dedicarme a plegar tranquilamente la bici, y, una vez hecho, incluso a sentarme un rato a mirar la plaza.

Poco rato mirada, llega una señora. En ese momento se abre la puerta del autobús, y el conductor baja. Para los que ya tenemos experiencia en el funcionamiento del origen de la línea 28, hecho que es el caso en ese momento para las dos personas que nos encontramos mirando cómo baja, este descenso es absolutamente familiar. Sabemos que el sujeto en cuestión se alejará unos metros, durante unos minutos, de su puesto de trabajo, con el sano objetivo, según se mire, de fumarse un cigarrito antes de retomar su labor. Sin embargo, nuestro conocimiento de la situación es imperfecto. O lo es, al menos, el de una de nosotras, porque discrepamos en un matiz: cuando el conductor desciende, nos sonríe, nos comenta que en cinco minutos nos vamos y deja tras de sí las puertas completamente abiertas, yo interpreto que podemos subir. La señora, no. Ahora bien: el origen de los acontecimientos que paso a contaros no es este malentendido inicial, o al menos no únicamente, sino otro que se deriva directamente de éste: el hecho de que yo, aun entendiendo que podíamos subir, prefiriera quedarme abajo esperando la vuelta de nuestro conductor, tomando el aire. Y es que es esta preferencia, en parte, la que supongo da las alas de la confirmación a la interpretación de nuestra señora -llamémosla V, que al fin y al cabo si por algo destacaba era por su voluminosidad-. En su cabeza todo indica que hemos de permanecer en la parada.

Dos minutos más tarde, aparece en escena la señora F -por flaca, no os vayáis a pensar, que mona sí que era- . Esta señora resulta que carece de lagunas en su know-how en lo que al 28 se refiere, de modo que automáticamente intenta subir al autobús (que sí, que la que tenía razón era yo). En ese momento, la señora V le indica, no con demasiada amabilidad -y es que las palabras “es que qué morro” fueron literalmente pronunciadas-, que el conductor nos ha dicho que esperemos y que, en todo caso, si alguien sube seré yo -yo, la que os habla, porque se ve que, al estar primero, pues eso-;que, en segundo lugar, subirá ella misma -V, que qué lío de frase, jo- y, sólo en último, subirá su interlocutora -sí, F, esto era fácil-. En este primer momento, mientras yo estoy comprendiendo la errónea interpretación de V de las palabras del conductor, F prefiere no discutir, y se limita a permanecer de pie en el lugar exacto en que ha sido sorprendida por la indicación. Ahora bien: esta limitación dura poco, porque F va muy cargada y se ve que, al pensárselo dos veces, le parece una chorrada seguir sufriendo con el único objetivo de evitar un conflicto que, de momento, no parece gran cosa. De modo que tras anunciar que a ella le parece que cuando la puerta está abierta es que se puede subir y que allá V si no lo hace, levanta sus bolsas del suelo y se dirige enérgicamente hacia la puerta. En este momento, la señora V hace lo contrario en lo que a bolsas se refiere y se lanza, y digo “se lanza” sin eufemismos, a interponerse entre la señora F y el autobús, mientras señala, a un elevado volumen, la falta de valores de F y su evidente intención de humillarnos al intentar sentarse dentro antes que cualquiera de nosotras dos. Yo me decido a intervenir, y le pregunto a V si le parece bien que subamos todos y que ya esté: no. No se lo parece, le parece en cambio que el conductor nos ha indicado que esperemos y que si yo intento ponerme de parte de F sólo estoy evidenciando mi debilidad y doblegación ante la agresión que se está intentando cometer contra mí.


F, asustada por la violencia de la actuación de V, deja el lugar.


V se queja amargamente de que la facilidad que tiene la gente para ponerse de parte de su propio agresor y de abandonar, a la vez y como consecuencia, a sus valientes defensores a su suerte.


Llega el conductor. Imprudentemente, indica que podíamos haber subido al autobús, que para eso ha dejado las puertas abiertas. Ha debido oír algo, si bien no ha debido ver nada, porque su tono es afable.


En este momento, siento una enorme curiosidad por conocer la reacción de V. Hasta ahora no se ha mostrado nada conciliadora, pero su cruzada contra F siempre había tenido un criterio, por erróneo que éste que fuera. Siento curiosidad por el efecto que tendrá el conocimiento de ese error.

Pues bien: a V le parece fatal que el conductor, además de haber supuesto el origen del conflicto con la prohibición explícita por su parte de subir al autobús, ahora lo niegue, y lo niegue, además,con el único objetivo de poner en duda, públicamente, la siempre buena intención de V.


Cómo nos gusta a los humanos abrazar doctrinas, elaboradas o no, duraderas o efímeras. Abrazarlas mucho, exprimirlas, dar sentido a nuestra existencia con el juguillo que les sacamos. Si todo fuera eso, en fin, whatever works. Si consiguiéramos que tanto exprimir no nos abocara una y otra vez a creernos con derecho -o con verdad suficiente, supongo- a imponérselas al resto de los que nos rodean, cuanto mejoraría su deambular cotidiano por el mundo. Bueno, y si ese mismo exprimir nos permitiera a nosotros mismos ser capaces de interpretar correctamente las evidencias que contradicen la verdad de lo que creemos, cuánto mejoraría el nuestro también.

26/10/2007

Hace ya días, uno que llovía un montón, me encontraba yo realizando un trayecto de vuelta hacia casa en autobús. No recuerdo bien desde dónde, pero desde luego era hacia casa y era en autobús.

Dadas las adversas condiciones climatológicas difícilmente podrían haberse introducido más usuarios en aquel habitáculo. Esto lo digo para defender que mi intromisión en la conversación ajena que paso a relatar hoy es, en cierta medida, un poco menos impresentable de lo normal.

A mi lado, tan a mi lado como se puede llegar a estar, se encontraban dos niñas de unos once años de edad. Las dos era rubias y delgadas. Vosotros os preguntaréis qué diantres os importa eso, pero es que esto va hoy de roles sociales, de agrupaciones de roles sociales y de relaciones entre agrupaciones de roles sociales. Y claro, pues eso. Que sí os importa.


Entonces, pues eso de nuevo: que la conversación se desarrolló como sigue¹.


(1) Léase, en su totalidad, intentando recrear un cierto tono de pretendido escepticismo onceañero. Las protagonistas van a la misma clase, pero cuando no coinciden en el autobús, su relación no existe.


- A ver, que tú me caes bien, si yo siempre lo he dicho. Son el resto de las que van contigo, que son un poco creídas.

- Ya, bueno, en realidad no me extraña mucho, porque es que lo de alguna es un poco fuerte.


(...) Aquí me perdí cosas. Qué falta de profesionalidad por mi parte.


- Y luego está Marta, que he visto que a veces te vas con ella.

- Ya. Es un poco tonta, si la verdad es que sí, pero es que a veces la tengo que defender, porque es que éstos se pasan mucho.

- Bueno, no sé, es que son tan graciosos, también.

- No, si a mí son los que mejor me caen de la clase, está claro, pero es que a veces se pasan un montón.

- ¡Uy! Si yo bajo aquí. Bueno, ya nos veremos.

- Vale.


En fin: que todos hemos tenido once años. No voy a venir yo aquí hoy a pretender explicarle a nadie cuan complicado es tener once años a nivel social. Y digo complicado, eh, no difícil, que lo difícil sí depende más del lado del mundo en que le toque a uno jugar, y sin embargo no así la complejidad del juego.

Lo que me parecía hasta cierto punto revelador, y por tanto entretenido de expresar aquí, es el hecho de en qué medida -en mucha, es la tesis- este entramado social, que habíamos creído dejar atrás, se parece al sofisticado tejido social treintañero en que nos parece movernos hoy.


La propuesta es: yo hago el dibujo, y vosotros le ponéis los nombres que os parezca que corresponden en vuestro caso. Bueno, también deberíais entreteneros emparejando vuestros 1, 2, 3,4 y 5 con los de las niñas, y así, pues vemos el paralelismo que decía y las tonterías que me dedico a hacer en mañanas como hoy.

GRÁFICO ILUSTRATIVO

GRÁFICO ILUSTRATIVO

LEYENDA:

1 – Persona admirada -profesional o personalmente- con la que, por lo que sea, no congenias. Que no te vas a tomar cañas con el/ella, vamos.

2- Persona con la que te encanta tomar cañas. Te escucha, es encantador/a, puedes decir cualquier cosa que se te pase por la cabeza cuando está delante. Sin embargo, no le acabas de admirar en algún sentido, de manera que acabas por no llamarle demasiado. Sería un poco lo contrario de 1.

3 y 4: Tus amigos. A éstos les admiras y con éstos tomas cañas. Hay del tipo 3, sobre los que nunca has pensado nada que no puedas decirles, y hay del tipo 4, sobre los que a veces, no estando ellos presentes, comentas cosas que no te atreverías a expresarles directamente.

5: Grupo de gente con el que te relacionas de vez en cuando y a quienes admiras especialmente. Existe buen rollo -lo que estamos llamando aquí “poderse ir de cañas juntos”-, pero, cuando es el caso, no acabas de ser tú mismo, entre otras cosas porque también lo hacen, lo de las cañas, con gente que para ti son de categoría 1. Y claro.

20/10/2007

Esta mañana he volado de Sevilla a Barcelona. Llegaba yo pronto a facturar, aunque no por la razón por la que suelo hacerlo -la de que soy una histérica, vaya, aunque venida a menos-. Llegaba pronto porque venía desde Córdoba, recorrido que ha conllevado utilizar a su largo toda un serie de medios de transporte. Los medios, de manera individual, han sido relativamente eficientes. Pero claro: eran, además, “toda una serie”, conque qué más daba la eficiencia individual. Esta eficiencia es necesaria, pero no suficiente, para poder arriesgarse a llegar justo de hora a cada uno de ellos. Total, que entre la exacerbación de mi ánimo natural de prevención y los inevitable desajustes de horario, pues eso: que he llegado pronto, vaya. Que me lío.

En la cola de facturación cuyo cartel decía Economy no había nadie, si bien la señorita que sí atendía a los clientes Business me instaba a esperar a quien fuera que me tenía que atender. En efecto: la chica cuya atención me correspondía se encontraba escondida junto a la máquina de autofacturacion, bueno, en realidad no estaba escondida,sino más bien al contrario, y es que cuando finalmente he conseguido verla he comprobado que se encontraba agitando exageradamente ambos brazos para conseguir que yo me acercara.

El porqué de la máquina de heterofacturación -allí se completaba, el procedimiento- es un poco lo de menos. La cosa es que, en medio del mío -mi procedimiento-, me ha preguntado qué asiento quería. Le he dicho que cualquiera, pero que pasillo, y ella me ha asignado uno cuyo acompañante aún estaba libre. Al verla hacerlo, le he indicado si no prefería ponerme en la fila inmediatamente anterior, en la que el asiento de ventana estaba ocupado, de manera que las opciones de sentarse juntos para las posibles parejas de viajeros fueran mayores. En ese momento ha levantado la vista, muy seria, y me ha contestado: es que ese tío es un plasta. ¿Ese tío? ¿Qué tío? -esto no lo he dicho, claro-. Sin embargo, así y todo, la facturanta me ha contestado: el tío que se ha puesto en la 16, es que es muy pesado. Está deseando sentarse al lado de alguien que no sepa decirle que no, y así poder contarle su vida.

A continuación me he limitado a deshacerme en agradecimientos y a marcharme, tan contenta, con mi fila 17.

Nada más dejar el no-mostrador, se me han venido varias preguntas a la cabeza -por ejemplo, ¿como sabía ella lo que pretendía él? ¿tan claro lo había dejado con su comportamiento durante el proceso de compra del billete? -menudo crack, si ha sido así, por otra parte- . Pero sobre todo se me ha venido una más importante:

 

¿Qué gana el mundo con evitar que yo me siente al lado del señor pesado?

 

Lo que quiero decir es que, cuando uno intenta ayudar a alguien, ve el sentido de tal ayuda en el hecho de que ese alguien va a mejorar su calidad de vida, en el aspecto o momento que sea, sin que nadie pierda nada, o al menos sin que pierda tanto como ha ganado la persona ayudada -esto es, uno ha hecho del mundo un sitio un poco mejor, en términos Disney- . Sin embargo, estando el avión completo como estaba -cosa que ella sabía, porque ha sido ella quien me ha facilitado el dato-, salvarme a mí era únicamente salvarme a mí, esto es, alguien iba a tener que sentarse al lado del señor pesado de cualquier manera.

 

Esta decisión irracional -la de intentar ayudar a los pasajeros del vuelo en cuestión, sin hacerlo en realidad- se podría intentar explicar pensando en que la señorita de los brazos agitantes buscaba la justicia poética, esto es, que al menos le tocara sentarse en la fila 16 al último en llegar, y no a alguien al azar. Pero como todos sabemos que lo que ha experimentado esta señorita ha sido un instinto sin mayor importancia, me voy a atrever a intentar desentrañar la lógica interna del susodicho instinto -sin que tal intento, por favor, conlleve leer que pienso que los instintos son entidades con lógica interna; es por pura diversión-. Tal y como lo veo, la idea que puede racionalizar el hecho de evitarme a mí sentarme con Él es la siguiente: aparece una situación conflictiva -yo intentando elegir el asiento16A- y el sujeto -la señorita- tiene la posibilidad de determinar su resolución en mi favor -esto es, ayudarme-. Así, llega el siguiente incauto pasajero y con él aparece una nueva situación conflictiva. El sujeto-señorita va resolviendo a favor de las posibles víctimas todas y cada una de las situaciones, hasta que llega el último pasajero. Entonces ya no puede decidir, no se trata de una decisión, no depende de ella. Así que no hace nada. Está bien. Lo que hace de este proceso mental subyacente -suponiendo que tal proceso subyazca en absoluto, lo que es mucho suponer- uno totalmente irracional es lo que todos ya sabíamos a simple vista: que pare donde pare la señorita de ayudar a pasajeros, en el proceso siempre hay una víctima,y por tanto la ayuda, en términos globales, no ha existido.

En fin. Tanta palabrería para concluir lo que estaba claro: en resumidas cuentas, que con mi salvación no se ha ayudado al grupo “avión”. Sin embargo,a esa señorita el cuerpo le pedía salvarme. Que se lo pidiera tiene que ver con verme la cara, claro que sí, yo no soy “el que llegue el último”. Yo la estoy mirando, y además he sido amable, hasta quería dejar dos asientos juntos libres para el que llegara detrás. Pero no me digáis que no es guay que existan irracionalidades instintivas en beneficio de los demás, que parece que para solidarizarse con ganas hubiera que escuchar sobre todo al cerebro, y claro, pues es un rollo.

13/10/2007

Dos momentos de la vida reciente, sin ningún protagonista en común pero conmigo como testigo.
Dos momentos de mi vida reciente, entonces, en realidad:

Primer momento

Me habían llamado para entrar como voluntaria a lo de jugar a ser bibliotecaria. La manera de empezar no era sino la típica reunión jefecillos-novatos que tiene como objetivo la presentación mutua, por un lado, y un análisis unidireccional, que inevitablemente acaba siendo igual de mutuo, por el otro. La existencia de tal reunión, por sí misma, me parecía excitante, supongo que en gran medida porque se trataba de uno de los primeros actos que representaba pasos hacia mi integración en la sociedad barcelonesa, de modo que llegué sobrada de hora. Bueno; porque me parecía excitante  y porque la conexión a internet de casa no respondía y yo no estaba segura de la dirección, pero vaya, que esta otra circunstancia no hacía sino incrementar mi excitación, así que todo lo que pasaba vale, en realidad, como causa única de mi pronta llegada.
Llegué sobrada de hora, pero no la primera. Allí estaban ya, además de todos los anfitriones, tres de los otros cuatro que me acompañaban en el lado de las cosas.
A la hora que todo debía comenzar la cuarta en cuestión no había aparecido, conque, como la tensión hasta ese momento había hecho que todos deseáramos empezar cuanto antes, pues eso hicimos: empezar sin ella.
El desarrollo de la reunión no merece demasiada mención, en realidad. Lo que quiero destacar como comienzo de la verdadera anécdota es cómo ella, la cuarta, apareció media hora tarde.  Allí estaba, tan moderna, tan enfadada. No se disculpó por la hora, sí se quejó por el atasco. Entre dientes, eh, no a modo de excusa ni de nada que se le pareciera. Mientras -y quiero decir mientras, a la vez, al tiempo- , el monólogo de uno de los jefecillos proseguía. Proseguía y nos explicaba las tareas de que tendríamos que encargarnos los voluntarios, los posibles horarios en que nos podríamos encargar de ellas, el hecho de que menos de ocho horas semanales presenciales por nuestra parte no resultarían especialmente útiles ala asociación...
Ay. Lo que se le había ocurrido decir, al monologuista. Nuestra chica, en este momento exacto de la conversación, interrumpe el discurso para contarnos que, antes de que se dé malentendido alguno, ella ha de dejar caro que no podrá venir nunca, en persona, a la asociación. Que vive lejos, que  contaba con otro tipo de puesto, que ya bastante había hecho con venir a la reunión desde su pueblo, que qué infierno Barcelona, que un día nos vamos a morir todos, que tres horas para llegar.
La jefa más jefa se queda algo cortada y, tras comentar la jugada con algunas de sus compañeras, le dice a la chica que si quiere pueden buscar la manera de que haga lo que se llama hoy en día voluntariado virtual, que a veces se ha hecho, que son tareas que podría hacer desde casa.

Vosotros pensaréis que, después de aquello,a la cuarta no le quedaba más remedio que cambiar de humor, porque qué guay, había encontrado lo que buscaba. Pues ella no. Veinte minutos después, vuelve a interrumpir la reunión -esta vez sin esperar a que venga a cuento, que la verdad, siempre es un detalle- para hacernos saber que opina que es súper injusto que la gente de los pueblos no tenga oportunidades de hacer nada en su localidad, que en Barcelona todo y a 70 kilómetros -los 70 a los que se le había ocurrido vivir, a la criatura- , que eso, que nada de nada.


Segundo momento

Eran las nueve y media de la mañana, y era jueves. El grupo de disminuidos psíquicos con los que paso un rato cada vez que es jueves esperaban en el patio a que su monitor  y yo nos hiciésemos con todos los bocatas para poder salir, por fin, de excursión. Nos íbamos, de ídem, al castillo de Montjuic, y todos estaban bastante encantados, si tal cosa existe. Es que estaban bastante encantados, la verdad, por eso lo digo, cada uno de ellos practicaba esa cara de descreimiento de “no, a si a mí me da igual”, pero también la de “qué guay”, todos -ellos- , las dos -caras-, a ratos.
El cielo estaba despejado, pero no demasiado. Laura no paraba de repetir -en general Laura no para de repetir cosas, y en aquel momento tocaba aquélla- que qué haríamos si empezaba a llover, que dónde comeríamos, que qué haríamos si empezara a llover, que dónde comeríamos. Unos trescientos “qué más te da, si llevas impermeable, pues nos mojamos y listo” después, Adrià -el monitor- le contesta que se queda en el centro. “Laura no viene, que no está de acuerdo con mojarse si llueve”. Laura se calla, tiene que pensar cómo explicar lo que siente. Tras unos segundos, la conversación -por fin- se acaba, no sin antes desarrollarse de la siguiente manera:

-¿Y por qué no se quedan también los demás?
-Porque los demás no quieren quedarse, prefieren ir pase lo que pase
-Pues voy, si yo no quiero quedarme yo, yo lo que quiero es que se tengan que quedar todos, porque es que va a llover, si está claro.


Yo creo que Laura explicó mucho mejor la misma sensación que la moderna, ¿no?

23/09/2007

Era un día de julio, no recuerdo cual. Mi amiga Carmen me llevó a un concierto, el cual prefiero ni mencionar, más que porque exista razón alguna para no mencionarlo, porque no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que el sitio donde tenía lugar era uno muy pequeño, con pocas mesas, y que todas eran muy grandes. Una en concreto se encontraba ocupada únicamente por un chico, y nosotros éramos bastantes, de modo que el dueño -al preguntarle dónde sentarnos, no se vaya a pensar ninguno que preguntamos al dueño por la vida de sus clientes así, sin venir a cuento- nos aseguró que lo suyo suyo, lo que se estilaba en su bar, era informar al chico de que allí nos íbamos a sentar, en su mesa, todos juntos, y a continuación proceder a hacerlo. Nosotros hicimos lo propio, aunque, como se estila en la sociedad en general -dijera lo que dijera el dueño gordo aquel- preferimos, más que informar al chico en cuestión, preguntarle educadamente si estaba solo y si podíamos ocupar un lugar a su lado.

 

Él ya de entrada se puso nervioso. Era de esas personas que encuentran terrorífico el mero hecho de que un desconocido decida dirigirle la palabra. A pesar de todo, nos indicó que esperaba gente, “un persona, tal vez incluso dos”, para que supiéramos no sé bien qué, porque pese a su intento de poner las reglas lo que consiguió poner mejor fue cara de que hiciéramos lo que quisiéramos. El caso es que si nos sentábamos allí no cabían dos más. De modo que pensé que la advertencia no era tal sino más bien una especie de comentario post derrota, tipo “pero que sepáis que me habéis jodido”.

 

El concierto empezó, y el chico seguía solo -sólo con nosotros, vaya-. Es reseñable también el hecho de que “antes de que empezara pero después de que nos sentáramos allí” -la franja temporal que que puede ser así descrita- fue un rato, también, de considerable longitud. Vamos, que si había quedado de verdad con alguien, esa persona, tal vez incluso dos, llegaban más de una hora tarde.

 

Y ocurrió: En medio del concierto, apareció una chica. Se sentó a su lado, de modo que la vida en aquel banco -que es lo que era el mueble donde nos apoyábamos- comenzó a ser realmente incómoda. Sin embargo, era justo. Estábamos avisados. Pensé que si aquella chica llegaba tan tarde sólo eran posibles, entre ella y nuestro protagonista, dos tipos de relaciones: de novios/amigos íntimos -mucha confianza, sé que me perdonas siempre- o de prácticamente desconocidos -en realidad no quería quedar contigo, pesado, así que ahora te lo demuestro-. Su escueta conversación, al lo largo de los pocos temas -musicales- que le quedaban a la velada, me hizo decantarme por la segunda opción.

 

Pero este no es el tema. El tema es que, una vez se encendieron las luces, el chico comenzó a explicar a su compañera, prácticamente a gritos -ya que el verdadero destinatario de su comentario estábamos no solamente algo más alejados de él que ella, sino que además hablábamos los unos con los otros y en un tono no poco elevado, como resultaba el adecuado para poderse comunicar en aquella sala-, cómo sus compañeros de mesa “habían creído todo el rato que en realidad estaba solo”, y cómo por tanto “jamás hubieran dicho que hubiera quedado de verdad con nadie, y menos con una chica”.

 

Yo le oí, claro está. Nadie más lo hizo. Dudo siquiera que el resto de mis acompañantes se hubieran percatado de que al final había aparecido una chica. Pero él estaba convencido de que era el centro de atención de aquella mesa,de que todos habíamos pensado muy mal de él mucho rato, y luego mejor, o peor, pero mucho rato de “pensar” y mucho rato de “en él” -yo un poco, vale, pero yo estaba pensando que seguramente pudiera escribir algo, así que no soy válida como acierto de su versión de por qué el mundo le hacía caso-.

 

Es increíble la importancia que nos damos. Todos nos hubiéramos sentido aliviados de recibir un acompañante si hubiéramos estado en aquella situación. Me atrevería a decir incluso que la mayoría de nosotros hubiera comentado en voz alta el malentendido social en algún momento. Es que nosotros, yo, es en lo que están pensando todos, exactamente como cuando se folla con alguien por primera vez: prácticamente no damos pie con bola porque la absoluta totalidad de nuestros recursos está siendo utilizada en fabricar un personaje que guste al otro, porque éste “va a pensar” hasta la exacerbación. Pero el otro no piensa nada de nosotros, está demasiado ocupado preocupándose por lo que vayamos a pensar nosotros de él. Qué divertido.

08/09/2007

Hace ya más de un mes que terminó, gracias a lo que sea que las merezca, el proceso de oposición por el que he decidido pasar este verano. Pues bien: no tengo la menor intención de comentar nada al respecto de su diabólico funcionamiento, si bien reconozco que nombrarlo tenía el único objetivo de calificarlo así, y calificarlo así tenía a su vez el exclusivo objeto de proporcionarme placer. Pero el caso es que las personas sometidas a presión, competición obligatoria, absurdo administrativo y otros deportes favoritos del sector, actúan sólo, y digo sólo, como pueden, hecho que resulta ser origen de comportamientos, a veces, dignos de mención.

Uno de ellos, de los dignos, lo protagonizamos Pedro y yo.

 

De Pedro poco más sé que el hecho de que finalmente ha resultado que es profesor funcionario de Economía en bachillerato, de modo que no me incomoda lo más mínimo hacer público su nombre, aun sin conocerle.

 

La cuestión es la siguiente: el día en que tuvieron lugar los hechos todos los que nos habíamos presentado a aquel examen teníamos ya nuestra nota. Estábamos allí, sin embargo, para demostrar todos los puntitos -de esos que son fruto y prueba de que has trabajado y estudiado mucho y has sido muy muy bueno- que habíamos conseguido reunir de cara a la segunda fase de la oposición. A la salida de trámite tal, yo estudiaba cuidadosamente la lista de puntos ajenos, por fomentar y fundamentar mi autocompasión, más que nada. Total, que este chico, que pululaba por allí, entabló conversación, lo que inevitablemente derivó, a lo largo de los siguientes tres minutos, en preguntarnos mutuamente notas por un lado y puntos previstos por el otro.

 

Al efecto de que se entienda lo que allí ocurrió desvelaré antes que nada las notas y puntuaciones reales de cada uno de nosotros -porque al fin y al cabo todas son públicas, hecho que dota a la conversación de un poco más de surrealismo entrañable, la verdad-.

Él: 7,45 de nota, 6,45 de puntos, media -ponderada- de 6,6.

Yo: 7,94 de nota, 4,1 de puntos, media de 6,4.

 

Pues bien: empezamos a hablar, y varios factores fueron llevando la conversación por un camino de datos irreales, siempre tangenciales a los que sí eran, que merece la pena comentar. Ni únicamente hacia arriba ni únicamente hacia abajo: la malversación de los datos hacía que los allí citados fueran rodeando la realidad, sin tocarla, como si quisieran mantener la distancia por ambos lados, hacer un círculo perfecto a su alrededor, mintiendo cada vez en un sentido, por causas diferentes.

 

Primero fue él: Su nota era de siete. Su razón, el miedo a que pudiera parecer que entablaba conversación para quedar por encima.

 

La mía, ocho. La otra mía, necesidad de compensar como fuera  una baja puntuación que tendría inevitablemente que anunciar a continuación. 

 

Sus puntos: 7. Tiene miedo de que le ponga la cara que él está intentando no ponerse desde que conoce sus datos, ésa de “ni de coña, lo de la plaza”.

 

Los míos: 4. Por un momento le veo positivo respecto a las notas, y espero ver una cara de “seguro que sí” -socialmente probable, por otra parte- , sin tener que inflar nada más, más bien intentando bajar la media, acercarla a la realidad.

 

Las medias: insospechadas. No podemos decir la verdad, porque las que conocemos estaban calculadas en base a otros datos. Al final creo que fueron 7,3 la suya y 6,9 la mía, un poco lo que es al azar.

 

Eso sí: la distancia a las reales, en lo que a las medias finales se refiere, prácticamente la misma. Qué bonita la homogeneidad de comportamientos. Y sin habernos visto en la vida, eh.

10/07/2007

Hace bastantes días ya que no cojo el Alvia Madrid-Barcelona. En cierto modo resulta un alivio, la verdad. Sin embargo, en otro modo no menos cierto es un hecho que estos días sin vivirlo me he dado cuenta de la cantidad de oportunidades de observación de la conducta humana que proporciona. Y yo soy adicta, claro está ya a estas alturas, y si cuento todo esto es con el objetivo de justificar que, pensando hace un rato qué podía contar aquí hoy, haya recurrido a este tren.

La cosa es que, en el último trayecto que hice, mi compañera de viaje resultó un pelín más pintoresca de lo normal -que la media, digamos, para evitar suspicacias-. Se trataba de la típica pseudo-hippie que ronda los cincuenta, portadora de ropa barata y desteñida -lo digo con admiración-  pero que lucha por quitarse años siéndolo a la vez de bastante maquillaje y mucha pintura de uñas -lo digo sin ella-.

Hasta ahí todo bajo control: La miro, la clasifico mentalmente tal y como os acabo de contar, sigo escuchando lo que fuera que escuchaba aquel día. Al rato, y según los acontecimientos del entorno van proporcionando las oportunidades, se comienzan a suceder los comportamientos que la convertirían en fuente especial de atención por mi parte:

 

1- Cuando sale y entra a su asiento -ella va dentro, tengo que levantarme tanto para dejarle efectuar una operación como la contraria- no dice ni mú. Pero ni mú ni mú, esto es: me empuja, y cuando yo le pregunto si quiere salir -con el objetivo de convertir la situación en una que yo pueda clasificar acorde a mi experiencia previa- ella no contesta, limitándose a empujar con más fuerza.

 

Pienso: “qué tímida”.

 

2- Cada vez que vuelve de donde fuera que hubiera ido -es que se levantó muchas veces, eh- , vuelve cantando a voz en grito, o más bien recitando letras -que nunca he oído-, todas con un denominador común: el buen rollo. O eso -lo del denominador común- o es que se trataba de estrofas diferentes de la misma canción, que también puede ser. En cualquier caso, lo que quiero que quede claro es que, además de cantar en un volumen considerable, la/s letra/s en concreto que decidía repasar resultaban especialmente vergonzosas- léase en el buen sentido- de cantar: que si “todos juntos”, que si “la felicidad a tu lado”...

 

La primera vez -y todas y cada una de las que lo vuelve a hacer- confirmo mi pronóstico: timidez extrema. Tanta, que como sabe que llama la atención per se toma la decisión de llamarla mucho más, para marcar los límites. Quiere dar miedo, creo.

 

3-Cuando un desventurado caballero, que se sienta dos filas más cerca de la pantalla de vídeo que nosotras, decide tomarse su bocata permaneciendo en pie, Ella decide que es momento de dirigirme la palabra. Como el conflicto se lo plantea otro, ahora sí: “¿Y este señor no se piensa sentar?”. Yo, que sigo concentrada en diagnosticar su miedo a los demás o su todo lo contrario, apenas muevo la cabeza. Segundos mas tarde, grita “¿Quiere usted sentarse, hombre, que no vemos nada!”.

 

En este momento, reconozco que me desconcierta. No sé. Ahora simplemente no entiendo su relación con el mundo. Dudo de todas mis conclusiones anteriores. Necesito una respuesta.

 

4- Cuando una no menos desventurada mosca comienza a resultar insistente en su deseo de sobrevolar nuestros asientos, la decisión de la protagonista no resulta otra que espantarla a revistazos. Coge la revista del corazón que ha ido hojeando todo el trayecto y la agita violentamente con el objeto de quéséyo. Por supuesto, en uno de estos vaivenes de su arma me golpea. La miro. Ni me mira. No abre la boca para pedir perdón, por supuesto.

 

Sé que muchos pensaréis que esta última intervención de nuestra estrella indica todo lo contrario. No obstante, yo me limito a relatar lo que pensé, literalmente, en aquel momento:

“Se confirma. Es tan tímida que ni siquiera se atreve a pedir perdón”.

Y lo digo con conocimiento de causa, creedme. No de la suya, sí de la causa.